Artículo La causa del sufrimiento es la irrealidad – 6ta. Parte

La causa del sufrimiento es la irrealidad – 6ta. Parte
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Secreto 5  – La libertad doma la mente

¿Amas a tu mente? No he conocido a nadie que lo haga. Las personas con cuerpos o rostros hermosos suelen amar el don que recibieron de la naturaleza (aunque también puede ocurrir lo contrario: las personas más hermosas físicamente pueden aislarse por inseguridad o temor de ser considerados vanidosos). La mente es la parte de nosotros más difícil de amar porque nos sentimos atrapados en ella; no siempre, sino cuando tenemos problemas. El temor, de alguna manera, logra pasearse por la mente a voluntad. La depresión oscurece la mente; la ira la hace estallar en confusión incontrolable.

Las culturas antiguas tienden a repetir la noción de que la mente es inquieta y poco fiable. En India, la metáfora más común compara a la mente con un elefante salvaje, y se dice que calmar la mente es como amarrar al elefante a una estaca. En el budismo, se la compara con un mono que se esfuerza por ver el mundo con los cinco sentidos. Los monos son célebres por ser impulsivos e inconstantes, capaces de hacer cualquier cosa sin previo aviso. La psicología budista no pretende domar al mono sino conocer sus costumbres, aceptarlas y entonces trascender a una conciencia más elevada, más allá de la inconstancia de la mente.

Las metáforas no te llevarán a donde puedas amar la mente; debes encontrar por ti mismo la experiencia real de paz y calma. El secreto para hacerlo es liberar la mente. Cuando es libre, la mente se tranquiliza. Renuncia a su inquietud y se convierte en un canal para la paz. Esta solución parece oponerse al sentido común, porque nadie afirmaría que un elefante salvaje o un mono pueden domarse liberándolos. Dirían que el animal libre sólo se haría más salvaje, pero este secreto se basa en la experiencia: la mente essalvajeporque tratamos de confinarla y controlarla. En un nivel más profundo hay un orden completo. Ahí, pensamientos e impulsos fluyen en armonía con lo que es correcto y mejor para cada persona.

Entonces, ¿como podemos liberar a la mente? Primero debemos comprender cómo quedó atrapada. La libertad no es una condición a la que podamos acceder abriendo simplemente una puerta o rompiendo unos grilletes. La mente es su propio grillete, como dijo el poeta William Blake al contemplar a las personas en las calles de Londres:

En el sollozo de cada hombre,

En el grito temeroso de cada infante,

En cada voz, en cada prohibición,

Escucho las esposas que forjan la mente.

En su intento por comprender cómo la mente se atrapa a sí misma, los antiguos sabios hindúes concibieron el concepto clave samskara (derivado de dos palabras sánscritas que significan “fluir juntos”). Un samskara es un surco en la mente que permite a los pensamientos fluir en la misma dirección.

La psicología budista hace un uso sofisticado del concepto al describir los samskaras como huellas en la mente que tienen vida propia. Tus samskaras personales, desarrollados a partir de recuerdos, te fuerzan una y otra vez a reaccionar de la misma manera limitada, privándote de libre albedrío (esto es, de elegir como la primera vez).

La mayoría de las personas desarrollan una identidad con base en samskaras sin saber que lo están haciendo. Pero las pistas son inconfundibles. Piensa en las personas propensas a ataques de ira.

Estos arranques constan de varias etapas: primero hay algún síntoma físico: compresión en el pecho, inicio de dolor de cabeza, taquicardia, respiración superficial. Entonces se produce un impulso. La persona siente que la ira se acumula como el agua tras un dique. La presión es tanto física como emocional; el cuerpo quiere deshacerse del malestar y la mente desea liberar los sentimientos reprimidos. En este momento la persona busca una excusa para lanzar un ataque a gran escala. La excusa puede fabricarse a partir de cualquier pequeña infracción: una actividad no realizada por los hijos, un mesero lento, un dependiente poco obsequioso.

Finalmente aparece la erupción de cólera, y sólo hasta que se calma, la persona se da cuenta del daño que ha hecho. El ciclo termina con remordimientos y el propósito de no estallar de nuevo. La vergüenza y la culpa entran en Juego prometiendo aplacar el impulso en el futuro; por su lado, la mente reflexiona racionalmente sobre la insensatez de ventilar la ira con tal imprudencia.

A quienes sufren ataques de ira les resulta difícil reclamar el poder de elegir. Cuando el impulso comienza a producir humo, la presión debe hallar escape. Con frecuencia, sin embargo, hay connivencia, un acuerdo tácito de que la ira tome el control. En algún momento de su pasado, estas personas decidieron adoptar la ira como un mecanismo para enfrentar las dificultades. La vieron en acción en sus familias o en la escuela; relacionaron poder con intimidación, e identificaron a esta última como el único medio para acceder al poder. Estas personas suelen ser incapaces de expresarse verbalmente, y sus explosiones de enojo se convierten en sustituto de palabras y pensamientos. Una vez que adquirieron este hábito dejaron de buscar otras vías. La cólera que quisieran controlar está unida a ellas por la necesidad y el deseo; no saben cómo obtener lo que desean sin ella.

Ésta es la anatomía del samskara en toda su variedad. Podemos sustituir la palabra ira con muchas otras: ansiedad, depresión, adicción sexual, abuso de estupefacientes, compulsión obsesiva, y todas demostrarán cómo los samskaras privan a las personas de libre albedrío. Incapaces de eludir sus recuerdos tóxicos, se adaptan a ellos agregando más y más capas de impresiones. Las capas más bajas, colocadas en la infancia, continúan enviando sus mensajes, razón por la cual los supuestos adultos se sienten como niños impulsivos y asustados cuando se ven en el espejo. El pasado todavía no ha sido elaborado lo suficiente; los samskaras gobiernan la mente con base en un caos de experiencias viejas y caducas.

Los recuerdos almacenados son como microchips programados para enviar el mismo mensaje una y otra vez. Cuando te descubres mostrando una reacción fija, el mensaje ya fue enviado: no tiene caso tratar de cambiar el mensaje. No obstante, así es como la mayoría de las personas intenta domar a la mente. Reciben un mensaje que no les gusta y su reacción es una de estas tres:

Manipulación – Control – Negación

Si los analizas cuidadosamente, resulta claro que estos tres comportamientos se presentan después del hecho: consideran el desorden de la mente como causa de angustia, no como síntoma. Estas supuestas soluciones tienen terribles efectos negativos.

La manipulación consiste en obtener lo que quieres ignorando o dañando los deseos de los demás. Los manipuladores utilizan el encanto personal, la persuasión, la coacción, las artimañas y la falsa información. La idea subyacente es: “Debo engañar a las personas para obtener lo que quiero”.

Cuando están realmente inmersos en sus maniobras, los manipuladores incluso llegan a imaginar que están haciendo un favor a sus víctimas. Después de todo, ¿a quién no le gustaría ayudar a una persona tan divertida? Puedes descubrirte cayendo en este comportamiento cuando no escuchas a otras personas, ignoras lo que quieren y crees que tus deseos no tienen un costo para los demás. También hay señales externas. La presencia de un manipulador trae tensión, estrés, quejas y conflicto ante una situación. Algunas personas practican manipulaciones pasivas: montan escenarios del tipo “pobre de mí” para provocar lástima en los demás. O pueden buscar culpables haciéndoles pensar que lo que quieren está mal. La manipulación termina cuando dejas de asumir que tus deseos son lo más importante. Entonces puedes reconectarte con los demás y confiar en que sus deseos pueden coincidir con los tuyos. Cuando no hay manipulación, las personas sienten que lo que desean cuenta. Confían en que estás de su lado; no eres visto como actor o vendedor. Nadie se siente engañado.

El control consiste en imponer tu manera de hacer las cosas a situaciones y personas. El control es la gran máscara de la inseguridad. Quienes utilizan este comportamiento sienten un miedo mortal a dejar a los demás ser como son, así que el controlador constantemente hace exigencias que mantienen a los demás fuera de equilibrio. La idea subyacente es: “Si siguen prestándome atención, no se irán”. Cuando te descubres urdiendo excusas para tu comportamiento y culpando a los demás, o cuando sientes que nadie te agradece o reconoce lo suficiente, la culpa no es de ellos: estás exhibiendo una necesidad de controlar. Las señales externas de este comportamiento provienen de quienes tratas de controlar: se sienten tensos y recelosos, se quejan de no ser escuchados, te llaman perfeccionista o Jefe intransigente. El control empieza a capitular cuando aceptas que tu punto de vista no es necesariamente el correcto. Puedes detectar tu necesidad de controlar si adviertes cuándo te quejas, culpas, insistes en que sólo tú tienes la razón y esgrimes una excusa tras otra para demostrar que estás libre de culpa. Una vez que dejas de controlarlas, las personas que te rodean empiezan a respirar con libertad, se relajan y ríen, se sienten libres de ser quienes son sin esperar tu aprobación.

La negación es rehuir el problema en lugar de enfrentarlo.

Los psicólogos consideran a la negación el más infantil de los tres comportamientos, porque está íntimamente relacionado con la vulnerabilidad. La persona se siente incapaz de resolver problemas, como un niño. El temor está vinculado con la negación, al igual que una necesidad infantil de amor ante la inseguridad. La idea subyacente es; “No debo considerar lo que, por principio de cuentas, no puedo cambiar”. Puedes descubrirte practicando la negación cuando experimentas falta de concentración, fallas de memoria, postergación, renuencia a confrontar a quienes te dañan, fantasía, falsas esperanzas y confusión. La principal señal externa es que los demás no confían en ti o no te buscan cuando se requiere una solución. Al desconcentrarte, la negación te defiende con la ceguera. ¿Cómo se te podría acusar de fallar en algo que ni siquiera ves? La negación se supera enfrentando las verdades dolorosas. El primer paso es expresar cómo te sientes. Para la persona que presenta una profunda negación, los sentimientos que la hagan pensar que está insegura son, en general, los que debe enfrentar. La negación comienza a ceder cuando te sientes concentrado, alerta y dispuesto a participar a pesar de tus temores.

Cada uno de estos comportamientos intenta demostrar un imposible: la manipulación que puedes forzar a cualquiera a hacer lo que quieres; el control que nadie puede rechazarte a menos que tú lo dispongas; la negación que las cosas malas desaparecerán si no las ves. Lo cierto es que las demás personas pueden negarse a hacer lo que quieres, abandonarte sin una buena razón, y provocar problemas, los veas o no. Es imposible predecir durante cuánto tiempo seguiremos intentando demostrar lo contrario, pero sólo cuando admitimos la verdad, el comportamiento termina por completo.

Lo siguiente que debemos saber sobre los samskaras es que no son silenciosos. Esas profundas impresiones en la mente tienen voz; escuchamos sus reiterados mensajes como palabras en nuestra cabeza. ¿Es posible distinguir cuáles voces son verdaderas y cuáles falsas? Ésta es una pregunta importante porque es imposible pensar sin escuchar algunas palabras en nuestra cabeza.

A principios del siglo XIX un oscuro pastor de Dinamarca conocido como Maestro Adier, fue expulsado de su iglesia. Se le condenó por desobedecer a las autoridades, pues afirmó que había recibido una revelación directamente de Dios. Muchos pensaron que Adier había perdido la razón. Desde el púlpito aseveró que si hablaba con voz aguda y chillona estaba transmitiendo una revelación, y que si lo hacía con su voz normal, grave, se trataba de él.

Este extraño comportamiento hizo dudar a la congregación de la cordura del pastor y no tuvieron más alternativa que echarlo. Las noticias del caso llegaron al gran filósofo danés Sóren Kierkegaard, quien formuló la pregunta fundamental: ¿es posible demostrar que alguien escucha la voz de Dios? ¿Qué comportamiento o indicio externo permitiría distinguir entre una revelación auténtica y una falsa? El infortunado clérigo probablemente sería declarado esquizofrénico en nuestros días. Kierkegaard concluyó que Adier no hablaba con la voz de Dios; sin embargo, también opinó que nadie sabe de dónde provienen las voces interiores. Simplemente las aceptamos, así como al torrente de palabras que llena nuestras cabezas.

Una persona profundamente religiosa puede afirmar incluso que cada voz interna es la voz de Dios. Pero hay algo indudable: todos escuchamos las voces internas de un coro que clama.

Fastidian, elogian, engatusan, juzgan, advierten, sospechan, descreen, confían, se quejan, expresan esperanza, amor y miedo, sin ningún orden particular. Es demasiado simplista afirmar que todos tenemos un lado bueno y uno malo; todos tenemos miles de aspectos configurados por nuestras experiencias pasadas. Es imposible calcular cuántas voces estoy escuchando. Siento que algunas se remontan a mi infancia; suenan como huérfanos de mis experiencias más remotas y me suplican que los recoja. Otras son voces adultas y ásperas, y en ellas escucho a personas que me juzgaron o castigaron. Cada voz cree que merece toda mi atención, sin importarle que las otras piensen lo mismo. No hay un yo central que se eleve por encima del alboroto y sofoque ese tumulto de opiniones, exigencias y necesidades. Aquella voz a la que en determinado momento presto más atención se convierte en Mi voz, sólo para ser desalojada cuando desplazo mí atenciónLa anarquía de este incesante ir y venir prueba cuan fragmentado estoy.

¿Cómo puede domarse este coro que clama? ¿Cómo puedo recuperar un sentido del yo adecuado a una realidad? La respuesta, de nuevo, es la libertad, pero en un sentido muy peculiar. Debes liberarte de las decisiones. La voz que habla en tu cabeza desaparecerá una vez que dejes de elegir. Un samskara es una elección que recuerdas del pasado. Cada elección te cambió un poco. El proceso inició cuando naciste y continúa hasta hoy. En vez de combatirlo, todos creemos que debemos seguir haciendo elecciones; como resultado, seguimos agregando nuevos samskaras y reforzando los viejos. (En el budismo, a esto se le llama rueda de samskara porque las mismas reacciones regresan una y otra vez. En sentido cósmico, la rueda de samskara lleva a las almas de una vida a la siguiente, las viejas huellas nos impulsan a enfrentar los mismos problemas aun más allá de la muerte).

Kierkegaard escribió que la persona que ha encontrado a Dios se libera de las elecciones. ¿Pero qué se siente que Dios tome decisiones por uno? Creo que tendríamos que estar profundamente conectados con Dios para responder esa pregunta.

No obstante, en un estado de conciencia simple, las elecciones más evolutivas parecen llegar espontáneamente. Aunque el ego agoniza con cada detalle de una situación, una parte más profunda de tu conciencia sabe qué hacer, y sus elecciones surgen con elegancia y coordinación perfectas. ¿No es cierto que todos hemos experimentado destellos de claridad en los que súbitamente sabemos qué hacer? Conciencia sin elecciones es otra manera de nombrar la conciencia libre. Al liberar a tu elector interno, reclamas tu derecho a vivir sin fronteras, actuando según la voluntad de Dios con total confianza.

¿Quedamos atrapados por el simple hecho de elegir? Ésta es una idea sorprendente porque se opone a un comportamiento de toda la vida. Todos hemos vivido la vida con una elección a la vez. El mundo exterior es como un enorme bazar que ofrece una deslumbrante colección de posibilidades, y todos compramos de acuerdo con lo que consideramos mejor para nosotros. La mayoría de las personas se conocen a sí mismas por lo que trajeron en su bolsa de compras: casa, empleo, cónyuge, auto, hijos, dinero. Sin embargo, cada vez que elegimos A en lugar de B, nos forzamos a dejar atrás alguna parte de la realidad única. Nos definimos por preferencias selectivas y completamente arbitrarias.

La alternativa consiste en dejar de concentrarnos en los efectos y buscar las causas. ¿Quién es tu elector interno? Esta voz es una reliquia del pasado, suma de viejas decisiones que persisten más allá de su tiempo. En este momento vives con la carga de tu yo pasado, que ya no está vivo. Debes proteger los millares de elecciones que integran el yo muerto. No obstante, el elector podría tener una vida mucho más libre. Si las elecciones ocurrieran en el presente y fueran plenamente valoradas justo ahora, no habría nada a qué aferrarse y el pasado no se acumularía hasta convertirse en una carga aplastante.

La elección debería ser un flujo. De hecho, el cuerpo indica que es la manera más natural de existir. Como vimos antes, las células sólo conservan el alimento y el oxígeno necesarios para sobrevivir unos cuantos segundos. No acumulan energía porque nunca saben qué pasará a continuación. Las respuestas flexibles son mucho más importantes para la supervivencia que el aprovisionamiento. Desde cierto punto de vista, esto las hace completamente vulnerables; sin embargo, por más frágil que parezca una célula, no pueden ignorarse dos billones de años de evolución.

Todos sabemos elegir; pocos sabemos dejar ir. Pero sólo dejando ir cada experiencia podemos abrir espacio para la siguiente. La habilidad en dejar ir puede aprenderse; una vez aprendida, disfrutarás vivir mucho más espontáneamente.

Dejar ir

Cómo elegir sin quedar atrapado

Aprovecha al máximo cada experiencia.

No te obsesiones con decisiones correctas o incorrectas.

No defiendas una imagen propia.

Supera los riesgos.

No tomes decisiones si tienes dudas.

Ve las posibilidades en todo lo que pase.

Encuentra la corriente.

Aprovechar al máximo cada experiencia.

Vivir plenamente se exalta por todas partes en la cultura popular. Basta encender la televisión para ser asaltados por mensajes como: “Es lo mejor que un hombre puede tener”, “Es como tener un ángel a tu lado”, “Cada movimiento es suave, cada palabra es la justa. No quiero perder ese sentimiento jamás”. “Tú miras, ellos sonríen. Tú ganas, ellos se van a casa”. ¿Qué se está vendiendo aquí? Una fantasía de placer sensual total, estatus social, atracción sexual, y la imagen de un triunfador.

Por cierto, todas estas frases provienen del mismo comercial de rastrillos para afeitar, pero vivir plenamente es parte de casi todas las campañas publicitarias. Lo que no se menciona, sin embargo, es qué significa en realidad experimentar algo plenamente. En vez de buscar sobrecargas sensoriales que duren por siempre, descubrirás que las experiencias necesitan abordarse en el nivel del significado y la emoción.

El significado es esencial. Si este momento te importa en verdad, lo vivirás plenamente. La emoción incorpora la dimensión de sintonía y participación: una experiencia que toca tu corazón hace que el significado sea mucho más personal. La sensación física pura, el estatus social, la atracción sexual y el sentirse como un ganador son, en general, superficiales, razón por la cual las personas las ansían repetidamente. Si convives con atletas que han ganado cientos de juegos, o con solteros sexualmente activos que se han acostado con cientos de parejas, descubrirás rápidamente dos cosas: 1) La cantidad no cuenta mucho; en el fondo, el atleta no suele sentirse como un ganador; el conquistador sexual no suele sentirse profundamente atractivo o valioso. 2) Cada experiencia ofrece recompensas progresivamente menores; la emoción de ganar o seducir es cada vez menos excitante y dura menos.

Experimentar plenamente éste o cualquier momento significa participar de manera total. Por ejemplo, conocer a una persona puede ser una experiencia totalmente efímera y sin sentido a menos que accedas a su mundo, encuentres algo que sea significativo en su vida e intercambies al menos un sentimiento sincero. La sintonía con otros es un flujo circular: tú te proyectas hacia las personas y las recibes cuando responden. Observa cuan pocas veces sucede esto. Te mantienes apartado y te aíslas; envías sólo las señales más superficiales y recibes poco o nada.

El mismo círculo debe estar presente aun cuando no haya nadie más. Analiza la manera en que tres personas pueden contemplar la misma puesta de sol. La primera está obsesionada con un negocio y no repara siquiera en ella, aunque sus ojos están registrando los fotones que caen en su retina; la segunda piensa: “Bonita puesta de sol. No hemos tenido una así en mucho tiempo”; la tercera es un pintor que empieza inmediatamente un boceto del paisaje. Las diferencias entre las tres es que la primera persona no envió ni recibió nada; la segunda permitió que su conciencia recibiera la puesta de sol pero no pudo transmitir nada; su respuesta fue automática; la tercera fue la única que cerró el círculo: interiorizó la puesta de sol y la convirtió en una respuesta creativa que envió su conciencia hacia el mundo para dar algo.

Si en verdad quieres experimentar plenamente la vida, debes cerrar el círculo.

Decisiones correctas e incorrectas

Si te obsesionas por tomar la decisión correcta, estás asumiendo que el universo te recompensará por una cosa y te castigará por otra. Ésta es una asunción equivocada porque el universo es flexible: se adapta a todas tus decisiones. Correcto e incorrecto son sólo ideas. Inmediatamente escucho fuertes objeciones emocionales a esto. ¿Qué hay del marido perfecto? ¿Qué hay del empleo perfecto? ¿Qué hay del auto perfecto? Todos estamos habituados a actuar como clientes con las personas, los empleos y los autos: queremos el mejor rendimiento por nuestro dinero. Pero en realidad, las decisiones que calificamos correctas e incorrectas son arbitrarias. El marido perfecto es uno entre cientos o miles de hombres con quienes podrías compartir una vida satisfactoria. El mejor empleo es imposible de definir, pues resulta bueno o malo según decenas de factores que entran en juego después de elegirlo. (¿Quién sabe de antemano cómo son los colegas, cuál es el clima corporativo, si tendrás la idea correcta en el momento indicado?) Y el mejor auto puede verse involucrado en un accidente dos días después de comprarlo.

El universo no tiene un programa definido. Una vez que tomas cualquier decisión, él opera alrededor de esa decisión. No hay correcto o incorrecto, sólo una serie de posibilidades que pueden cambiar con cada pensamiento, sentimiento y acción que experimentes. Si esto suena demasiado místico, considera de nuevo tu cuerpo. Todos los signos vitales importantes —temperatura corporal. Frecuencia cardíaca, consumo de oxígeno, nivel hormonal, actividad cerebral, etcétera— cambian en el momento en que decides hacer algo. El metabolismo de un corredor no puede ser tan lento como el de alguien que está leyendo, porque sin un consumo mayor de aire y una frecuencia cardíaca más alta, el corredor se sofocaría y sufriría un colapso o espasmos musculares.

Las decisiones son señales que indican a tu cuerpo, mente y entorno que se muevan en determinada dirección. Puede suceder que después te sientas insatisfecho con la dirección elegida, pero obsesionarse con las decisiones correctas o incorrectas es lo mismo que no seguir ninguna.

No olvides que tú eres el elector: eres mucho más que cualquier decisión individual que hayas tomado o tomes en el futuro.

Defender una imagen propia

A lo largo de los años has construido una imagen idealizada que llamas “yo” y defiendes. Esta imagen incluye todas las cosas que deseas te conciernan. De ella están desterrados todos los aspectos vergonzosos, culpables y amenazantes que ponen en peligro tu confianza en ti. Pero esos mismo aspectos que intentas rechazar regresan como las voces más insistentes, más exigentes de tu cabeza. Ese destierro da lugar al caos de tu diálogo interno y, por tanto, tu ideal se erosiona aun cuando haces todo lo posible por verte bien y sentirte bien contigo mismo.

Para sentirte en verdad bien contigo mismo, renuncia a tu imagen propia. Inmediatamente te sentirás más abierto, permeable y relajado. Vale la pena recordar un comentario sorprendente del renombrado maestro espiritual hindú Nisargadatta Maharaj: “Si te observas, sólo tienes un yo cuando tienes problemas”. Si esto te parece increíble, imagina que vas caminando por un vecindario en una zona peligrosa de la ciudad. A tu alrededor hay personas cuya mirada te pone nervioso. El sonido de acentos extraños te recuerda que eres diferente a ellas y sientes peligro. La percepción de amenaza provoca que te batas en retirada; te apartas y constriñes. Esta táctica abre una brecha aún mayor entre tú y lo que temes.

Pero esa retirada al yo aislado y constreñido no te protege de nada. Es imaginaria. Y al aumentar la brecha impides que ocurra lo único que podría servirte: la expansión a una sensación mayor de tranquilidad. Maharaj sostiene que lo que llamamos “yo” es una contracción alrededor de un núcleo vacío, cuando en realidad fuimos hechos para ser libres y expansivos en nuestra conciencia.

Se dedica mucho tiempo en la autoayuda a convertir una mala imagen propia en buena. Aunque esto suena razonable, todas las imágenes propias tienen el mismo inconveniente: te recuerdan quién fuiste, no quién eres. La idea misma del yo está cimentada en recuerdos, y esos recuerdos no son tú. Si te liberas de tu imagen propia, serás libre de elegir como si fuera la primera vez.

La imagen propia mantiene la realidad a raya, particularmente en el nivel emocional. Muchas personas no admiten lo que en realidad sienten. Su imagen propia les dicta que, por ejemplo, estar enojados o mostrar ansiedad no es permisible. Estos sentimientos no se ajustan a “el tipo de persona que quiero ser”. Ciertas emociones parecen demasiado peligrosas para conformar tu propia imagen ideal, por lo cual adoptas un disfraz que las excluye. La ira y el temor reprimidos pertenecen a esta categoría, pero también la alegría inmensa, el éxtasis y la espontaneidad despreocupada. Te liberas del control de la propia imagen cuando:

Sientes lo que sientes.

.  Las cosas dejan de ofenderte.

Dejas de evaluar cómo te hace ver una situación.

No excluyes personas a las que te sientes superior o inferior.

Dejas de preocuparte de lo que piensen de ti los demás.

.  Dejas de obsesionarte por el dinero, el estatus o las pertenencias.

Dejas de sentir la necesidad de defender tus opiniones.

Superar los riesgos

Mientras el futuro siga siendo impredecible, toda decisión implica algún nivel de riesgo. Por lo menos, ésa es la historia aceptada universalmente. Se nos dice que ciertos alimentos nos ponen en riesgo de sufrir ataques al corazón y cáncer, por ejemplo, y lo más lógico es cuantificar el riesgo y mantenernos cerca de los números más bajos. Pero la vida no puede cuantificarse. Por cada estudio que demuestra un hecho cuantificable sobre las cardiopatías (por ejemplo, que las personas que beben un litro de leche al día son 50 por ciento menos propensos a sufrir ataques al corazón severos), hay otro estudio que demuestra que el estrés eleva el riesgo de sufrir cardiopatías sólo si la persona es susceptible a él (hay quienes lo disfrutan).

El riesgo es mecánico

Supone que no hay inteligencia detrás de las situaciones, sólo un cierto número de factores que producen cierto resultado. Tú puedes superar los riesgos si sabes que hay inteligencia infinita operando en la dimensión oculta de tu vida. En el nivel de esta inteligencia, tus elecciones siempre están respaldadas. El propósito de evaluar los riesgos sería ver si tu línea de acción es razonable; el análisis de los riesgos no debe desestimar los factores más importantes, evaluados en el nivel de la conciencia profunda:

–  ¿Siento que esta elección es adecuada para mí?

–  ¿Me interesa lo que conduce a esta elección?

–  ¿Me agradan las personas implicadas?

  ¿Esta decisión es buena para mi familia en conjunto?

–  ¿Esta decisión es apropiada en esta etapa de mi vida?

  ¿Me siento justificado moralmente para tomar esta decisión?

–  ¿Esta decisión me ayudará a crecer?

–  ¿Tendré oportunidad de ser más creativo y sentirme inspirado por lo que estoy a punto de hacer?

Cuando estas cosas salen mal las elecciones no resultan

Los riesgos pueden ser pertinentes pero no decisivos. Quienes pueden evaluar sus elecciones en el nivel profundo de la conciencia se alinean con la inteligencia infinita, y por tanto tienen más posibilidades de éxito que quienes hacen muchos cálculos.

En caso de duda

Es difícil dejar ir cuando no sabes si tomaste la decisión correcta. La duda persiste y nos ata al pasado. Muchas relaciones terminan en divorcio debido a la falta de compromiso, pero esa falta de compromiso no se desarrolló con el tiempo; estaba presente desde el principio y nunca se resolvió. Es importante no tomar decisiones fundamentales si tienes dudas. El universo favorece las acciones cuando han comenzado. Esto significa que al tomar una dirección, pones en marcha un mecanismo que es muy difícil revertir. ¿Puede una mujer casada sentirse soltera simplemente porque así lo desea? ¿Puedes sentir que no eres hijo de tus padres simplemente porque crees que sería mejor tener otros? En ambos casos, los lazos con una situación, una vez dada, son fuertes. Sin embargo, cuando tienes dudas, detienes momentáneamente al universo: no favorece ninguna dirección en particular.

Esta pausa tiene un aspecto bueno y otro malo. El bueno es que te das espacio para tomar conciencia de más cosas, y con más conciencia, el futuro puede ofrecerte nuevas razones para actuar de una u otra manera. El aspecto malo es que la inercia no es productiva: sin elecciones no puedes crecer ni evolucionar. Si las dudas persisten, debes liberarte del estancamiento. La mayoría de las personas lo alcanza zambulléndose en la siguiente elección, viviendo la vida al azar: “Esto no funcionó. Lo mejor será que haga otra cosa, no importa qué”.

Por lo general, las personas que eligen de manera arbitraria (incursionando imprudentemente por la casa vecina, el próximo empleo, la siguiente relación que se presenta) resultan ser calculadoras en exceso. Pasan tanto tiempo evaluando los riesgos, analizando pros y contras, y valorando las peores situaciones posibles, que ninguna elección parece correcta y la frustración los impulsa a terminar en el punto muerto. Irónicamente, estos saltos irracionales a veces funcionan. El universo tiene más cosas guardadas para nosotros de las que podemos predecir, y las malas elecciones con frecuencia se resuelven favorablemente porque nuestras aspiraciones ocultas saben a dónde vamos.

Aun así, la duda resulta destructiva para esa cualidad que la conciencia intenta llevar a ti: el conocimiento. En un nivel profundo, tú eres el conocedor de la realidad. La duda es síntoma de que no te has vinculado con tu conocedor interno.

Normalmente significa que te estás dejando fuera de ti mismo cuando debes hacer una elección. Tu decisión estará basada en factores externos. Para la mayoría de las personas, los factores externos más fuertes se reducen a lo que otras piensan, porque adaptarse es el camino de la menor resistencia.

Pero adaptarse es como asumir la inercia. La aceptación social es el menor común denominador del yo: es tú como unidad social en vez de tú como persona única. Descubre quién eres en realidad; que adaptarte sea lo último que pienses. Ello ocurrirá o no ocurrirá, pero en cualquier caso ya no tendrás más dudas sobre ti.

No existe una fórmula para eliminar las dudas porque el encuentro con el conocedor interior es una tarea personal. Debes comprometerte a expandir tu conciencia. No dudes de esto. Si miras hacia dentro y sigues el camino que lleva a tu inteligencia interna, el conocedor estará ahí esperándote.

Ver las posibilidades

Sería mucho más fácil dejar ir los resultados si cada elección resultara bien. ¿Y por qué no debiera ser así? En la realidad única no hay oportunidades malgastadas, sólo nuevas oportunidades. Pero a la personalidad centrada en el ego le gusta que las cosas estén conectadas. Llegar en segundo lugar hoy es mejor que haber llegado en tercer lugar ayer, y mañana quiero llegar en primero. Esta clase de pensamiento lineal refleja una concepción burda del progreso. El crecimiento real ocurre en muchas dimensiones. Lo que te ocurre puede influir en tu manera de pensar, sentir, relacionarte con los demás, comportarte en una situación determinada, adaptarte al entorno, percibir el futuro o a ti mismo. Todas estas dimensiones deben evolucionar para que tú lo hagas. Intenta ver las posibilidades en todo lo que ocurra. Sí no consigues lo que esperabas o deseabas, pregúntate; “¿Hacia dónde debo ver?” Esta actitud resulta muy liberadora. En una dimensión u otra, todos los sucesos de la vida se resuelven en una de dos cosas: o son buenos para ti, o plantean lo que necesitas ver para crear el bien en ti. En la evolución ganas de todas maneras, aseveración que proviene no de un optimismo ciego sino de lo que, de nuevo, observamos en el cuerpo. Todo lo que ocurre dentro de una célula es parte de su operación saludable o una señal de que se debe rectificar. La energía no se gasta al azar ni caprichosamente sólo para ver qué ocurre. La vida también se corrige a sí misma de este modo. Como elector puedes actuar por capricho; puedes seguir caminos arbitrarios o irracionales. Pero la maquinaría subyacente de la conciencia no se altera. Ella sigue obedeciendo los mismos principios:

  Adaptarse a tus deseos.

–  Mantener todo en equilibrio.

–  Armonizar tu vida individual con la vida del cosmos.

–  Hacerte consciente de lo que haces.

–  Mostrarte las consecuencias de tus actos.

–  Hacer tu vida tan real como sea posible.

Como tienes libre albedrío, puedes ignorar estos principios por completo. Todos lo hacemos en un momento u otro. Pero no puedes alterarlos. La vida depende de ellos. Son la base de la existencia, aunque tus deseos vayan o vengan, y la base de la existencia es inmutable. Una vez que asimilas esta verdad, puedes alinearte con cualquier posibilidad que se cruce en tu camino, confiando en que la ganancia segura es la actitud que la vida ha mostrado durante billones de años.

Encontrar la corriente de la alegría

Mi imaginación quedó cautivada por un episodio de las aventuras de Carlos Castaneda, cuando su maestro Don Juan lo envía con una bruja que tiene la capacidad de adoptar la percepción de cualquier criatura. La bruja permite a Castaneda sentirse exactamente como una lombriz de tierra.

¿Qué percibe él? Enorme excitación y poder. En vez de ser la minúscula criatura ciega que la lombriz parece a ojos humanos. Castaneda se siente como una excavadora que aparta cada grano de tierra como si se tratara de una roca: es imponente y poderoso. En vez de parecerle un trabajo pesado, la excavación es motivo de euforia, la euforia de alguien que puede mover montañas con su cuerpo.

En tu vida hay una corriente de alegría igualmente elemental e inamovible. Una lombriz nada más se conoce a sí misma, por lo que no puede desviarse de la corriente de la alegría. Tú puedes dispersar tu conciencia en cualquier dirección, y con ello, distraerte de la corriente. No podrás dejar ir tu imagen ni tu mente inquieta hasta que sientas, sin lugar a dudas, una alegría palpable en ti mismo. El renombrado maestro espiritual J. Krishnamurti comentó de pasada algo que me resultó conmovedor. Las personas no se dan cuenta, dijo, de cuan importante es despertar cada mañana con una canción en el corazón. Cuando leí eso, hice una prueba. Pedí en mi interior escuchar la canción, y durante algunas semanas, sin otra participación de mi voluntad, percibí una canción; era lo primero que venía a mi mente cuando despertaba.

Pero también sé que Krishnamurti hablaba metafóricamente: la canción significa alegría en la existencia, una alegría independiente de buenas o malas elecciones. Pedirte esto a ti mismo es lo más fácil y lo más difícil. Pero no permitas que pase de largo, no importa cuan compleja se haga tu vida. Mantén ante ti la visión de liberar tu mente, y cuando lo logres, serás acogido por una corriente de felicidad.

CAMBIA TU REALIDAD PARA ALBERGAR EL SEXTO SECRETO

El sexto secreto trata sobre la vida sin elecciones. Como todos tomamos nuestras decisiones muy en serio, adoptar esta actitud requiere un cambio importante. Puedes empezar hoy con un sencillo ejercicio. Siéntate unos minutos y evalúa algunas de las elecciones más importantes hechas a lo largo de los años. Toma una hoja de papel y traza dos columnas encabezadas así: “Buena elección” y “Mala elección”.

En cada columna escribe al menos cinco elecciones relacionadas con los momentos que consideres más memorables y decisivos de tu vida hasta ahora. Probablemente empezarás con los momentos decisivos que compartimos casi todas las personas (la relación importante que se vino abajo, el empleo que rechazaste o que no obtuviste, la decisión de elegir una profesión), pero asegúrate de incluir elecciones privadas que sólo tú conoces (la pelea de la que huiste, la persona que no te atreviste a confrontar, el momento de valor cuando venciste un temor profundo).

Cuando tengas tu lista, piensa en una cosa buena que haya resultado de malas elecciones y una cosa mala que haya resultado de elecciones buenas. Este ejercicio permite desechar etiquetas y entrar en contacto con la flexibilidad real de la vida. Si prestas atención, comprobarás que no sólo una sino muchas cosas buenas resultaron de malas decisiones, mientras que muchas cosas malas están enmarañadas en decisiones buenas. Por ejemplo, puedes tener un empleo maravilloso pero estar involucrado en una relación terrible en el trabajo, o haber chocado tu auto mientras te dirigías a él. Puedes estar feliz de ser madre pero saber que ello restringe drásticamente tu libertad personal. Puedes ser soltero y estar muy satisfecho de todo lo obtenido por ti mismo, pero también te has perdido del crecimiento que resulta de estar casado con alguien a quien amas profundamente.

Ninguna de las decisiones que has tomado te lleva en línea recta adonde estás ahora. Echaste un vistazo a algunos caminos y avanzaste algunos pasos antes de dar marcha atrás.

Seguiste algunos caminos sin salida y otros que se perdieron luego de muchas intersecciones. En última instancia, todos están conectados con los demás. Libérate de la idea de que tu vida consiste en elecciones buenas y malas que conducen tu destino en línea recta. Tu vida es producto de tu conciencia. Toda elección deriva de esto, así como todo paso hacia el crecimiento.

 

Tomado de El Libro de Los Secretos.

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