Artículo La Cuestión Sobre el Sufrimiento y El Dolor

La Cuestión Sobre el Sufrimiento y El Dolor
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Capítulo 8 del Libro “Caminos Para La Cura Interior” 

El sufrimiento, aunque no forme parte de la natura­leza del yo superior, es inherente a la personalidad del hombre por causa de sus vinculaciones con el pasado y del ejercicio de la fuerza del deseo aún no elevado hacia obje­tivos superiores. La energía propia de su alma, sin embar­go, es la Alegría, un estado de ser totalmente unificado con él propósito de la Creación. Es de ese estado, que no proviene de la personalidad, sino de regiones más profun­das, que emerge la beatitud en la que la paz va más allá de toda comprensión, y en la que hay entrega completa del ser interior al camino cósmico abierto frente a ella.

Empero, circunstancialmente, mientras el individuo está encarnado, el sufrimiento y el dolor, en sus diversos aspectos, forman parte de su vida. Comprender sus cau­sas hasta donde es posible, y remover o transmutar los elementos que las vitalizan y mantienen, debería ser una de las metas por él contemplada.

Cuando la humanidad consiga elevar el propio deseo hacia objetivos superiores, evolutivos, que trascienden las necesidades normales y comunes creadas por la imagina­ción o por los condicionamientos del pasado y, principalmente, cuando prescinda de lo que es superfluo, lujoso y paliativo, el sufrimiento humano disminuirá cuanto sea permitido por la ley cíclica. Además de eso, cuando el hombre perciba que la actitud ante el sufrimiento y el dolor influye sobremanera en su actuación y sus efectos, mucho de lo que hoy aún le ocurre será eliminado. Esas son realidades vinculadas inclusive con el código genético aún vigente en el reino humano; eso será cambiado en un futuro próximo.

Otro punto importante, vinculado directamente con ese asunto, y más de una vez enfatizado, necesita tam­bién ser reconsiderado en este estudio. Se trata del prin­cipio básico producido por la ley de causa y efecto: mien­tras provoquemos el sufrimiento, lo tenemos en nuestra propia vida. En ese particular, el hecho de que la huma­nidad aún asesine animales le produce consecuencias in­calculables.

El animal, cuya tendencia innata le hace tener al hom­bre (que, en la escala de la evolución, ocupa el lugar in­mediatamente superior a él) en la misma consideración que hoy tenemos a nuestro propio «dios», sufre un profundo impacto, de repercusión insondable, al ser ase­sinado por él. En el momento de la matanza, percibe que los aspectos exteriores de su ser serán destruidos, SABE lo que va a ocurrir y, porque ya desarrolló suficientemente el cuerpo emocional en su ciclo evolutivo, sufre. La cues­tión del dolor nunca la empezaremos a aclarar si ese punto básico e inicial no estuviera, por lo menos como una semi­lla, en nuestra consciencia.

El número de seres humanos encarnados hoy en día que no están más vinculados con el uso de la carne en su alimentación es mayor de lo que podemos imaginar; em­pero, los yoes superiores ya preparados para ser vegeta­rianos, frugívoros o naturistas llegan la mayoría de las veces a ambientes terrestres aún condicionados por hábi­tos alimenticios retrógrados y por supersticiones arraigadas en cuanto al modo correcto de mantener al cuerpo. Por ello, muchos tardan en reconocer su propia condi­ción interior.

La ingestión de productos de origen animal —en espe­cial, carne— produce inercia en las células físicas, impi­diendo que su potencial aún no revelado se manifieste plenamente. Es un poderoso obstáculo para el trabajo evolutivo que el hombre de hoy busca conscientemente llevar adelante. La carne tiene una vibración caracterís­tica de un ciclo ya superado por él —el estado instintivo— y, cuando la usa en su alimentación, lo mantiene en un punto que ya no condice con los nuevos pasos que está por dar: el dominio de la intuición, el ejercicio de la tele­patía superior, y la experiencia de la consciencia supramental, pasos que, de esa manera, pueden ser perjudica­dos y hasta retardados. Mientras no se sustituya la anti­gua forma con que los hombres tomaban contacto con los animales, la vibración instintiva quedará circulando en los cuerpos de sus personalidades durante mucho más tiempo del que sería necesario, ocupando espacio e im­pidiendo que la luz de la intuición y otras luces, de etapas – aún más avanzadas, puedan instalarse en ellas,

Una relación verdadera y actual necesita desarrollarse entre nosotros y los animales, relación en la cual los últi­mos se beneficiarán con nuestros servicios y con nuestra gratitud por el papel que tuvieron en el desarrollo de la humanidad. Se sabe que para que un reino de la naturaleza » tenga una evolución especial y rápida, como ocurrió con el humano hasta que alcanzó el ciclo mental-intuitivo, es necesario que algún otro reino, en el mismo sistema solar, renuncie a ciertos pasos importantes, habiendo así un equi­librio. Eso fue lo que se dio en el reino humano y en el reino animal. Para que el primero pudiese haber acelerado de modo excepcional su proceso evolutivo, el reino animal permaneció en ritmo mucho más lento del que le habríasido posible. La distancia entre la consciencia de un animal de mediano desarrollo y la de un hombre no sería tan grande si el reino animal, como grupo, no hubiese acep­tado esa condición, dándonos paso, de esa manera, hacia los caminos superiores por los cuales nos encauzamos.

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El sufrimiento y el dolor tienen funciones espiritua­les, morales y físicas para el hombre terrestre. Es posible que esa situación no sea la misma en planetas más avanza­dos que el nuestro, en los cuales existe también humani­dad, tal vez en otras dimensiones. Pero en el esquema planetario en que vivimos, ellos son, empero, importantes elementos para la evolución del hombre, a pesar de que no representen la tendencia de sus yoes superiores, como se vio.

El valor espiritual y evolutivo del sufrimiento y del dolor se encuentra en el hecho de que el hombre es llevado por ellos a concentrar sus fuerzas mentales en descubrir el motivo que lo llevó a tenerlos, y ser ayudado con ello a desidentificarse de su propio ego humano, núcleo que, como se sabe, está lleno de vicios y hábitos pasados. Separarse del ego, aunque sea rápida y temporariamente, pro­duce considerable beneficio al Espíritu cósmico que ha­bita dentro del hombre, que puede así confirmar en él el verdadero origen no-egoico y no-terrestre de su naturaleza.  Tal proceso, repetido sistemática y cíclicamente en el curso de su vida, produce transformaciones profundas y benéficas en su consciencia.

A través de la concentración, aunque sea momentá­nea, en un estado que no es del ego humano, la Fe puede descender de la cuarta dimensión hacia el yo consciente, y puede manifestarse la energía de la Voluntad-Poder, que nos posibilita mantener el orden, el coraje y la calma. En situaciones normales de felicidad, o de tranquilidad aparente, esa energía, aún escasa para el hombre común, tiene menos ocasión de llegar hasta el área en la que él es cons­ciente; sólo es capaz de atraerla una necesidad mucho mayor.

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Desde el punto de vista moral, puede decirse que en el hombre no existe un carácter maduro y firme si él no se hubiera enfrentado aún con ciclos de sufrimiento y dolor. Quien ciertamente ya lo formó, lo conquistó así a través de experiencias vividas en el pasado, en la encarnación actual o en las anteriores. El éxtasis, que ocurre cuando el hombre se deslumbra por la manifestación de todo su pro­pio potencial interior, sólo es posible cuando ya existe en él suficiente desarrollo en ese sentido; en caso contrario, allí medraría el orgullo.

Por carácter formado entendemos la capacidad de asu­mir el momento presente sin la menor vacilación; eso nada tiene que ver, en esencia, con aquello que denominamos temperamento. Mientras el temperamento es resultado de una situación circunstancial, que cambia a cada instante según el rayo energético del individuo o del ambiente que lo rodea, el carácter es resultado de una evolución superior. El temperamento produce elementos que continuamente deben ser trabajados y elevados, en cada encarnación, in­clusive por la fusión y la mezcla con temperamentos opues­tos que existen dentro del mismo ser. En el libro La Ener­gía de los Rayos en Nuestra Vida, expuse exhaustivamente ese asunto, de forma que se pudiese ver cómo el carácter del individuo se desarrolla a través del trabajo en el tempe­ramento.

Desde el punto de vista evolutivo y espiritual, el sufri­miento y el dolor, cuando se los acepta, son factores que impulsan el progreso; empero, cuando son rechazados por las capas superficiales del ser, dejan de producir ese hecho y pasan a constituir sólo una purificación de residuos de acciones, sentimientos y pensamientos negativos del pa­sado. Hablar del propio sufrimiento, compartiéndolo con otras personas por mero desahogo, o reaccionar contra su presencia, impide que el valor moral y espiritual, que sería producido por él, se instale en el carácter del indivi­duo. En ese caso, lo que él experimenta no pasa de ser un mero hecho físico o psicológico.

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Dentro de los motivos de sufrimiento moral más cono­cidos, se hallan algunas situaciones de «separación». No obstante, ellas son sólo aparentes. En verdad, no es posible que dos seres estén realmente separados, puesto que cada Espíritu Individual es una pequeña prolongación del Espí­ritu Único, dentro del cual todos están esencialmente uni­dos. Sólo en las dimensiones físico-etérica, emocional y mental tenemos la ilusión de la ausencia del otro, cuando éste deja de ser percibido por nuestros sentidos corporales.

La experiencia de la «separación», que incluso tiene importante función en la formación del carácter, lleva finalmente al hombre a reconocerse unido indisoluble­mente con todo y con todos, y a saber que nada ni nadie está ausente de él en realidad. Tal percepción se alcanza a través de la correcta comprensión y aceptación del dolor producido por la separación aparente.

Las personas que tienen la propia mente trabajada transforman ese sentimiento en motivo de reflexión. A través del raciocinio y del estudio sobre los diversos aspectos de una separación, su capacidad de ponderación crece y su discernimiento se depura, hasta que ellas lleguen a un estado de consciencia más elevado, en el que el amor desinteresado y altruista es posible. El amor incondicional no se desarrollaría en ellas si el sentido de posesión continuase confirmándose. Habiendo desarrollado la pon­deración y perfeccionado el discernimiento, el hombre verá desde otro ángulo los impulsos, deseos y sentimien­tos, al igual que los diversos trastornos que lo afligen, y así será inducido a curarse en diversos niveles.

A su vez, el sufrimiento físico disminuirá en intensidad si no le damos importancia excesiva y sólo lo tratamos según sea necesario. Por otro lado, crecerá si lo alimenta­mos con miedos, dudas o rechazos —energía extra que sobre él colocamos. Ya sea que lo produzca alguna enfer­medad, un accidente o cualquier otra molestia, el sufri­miento, en general, viene a advertirnos que algo que está fuera de orden sea reexaminado y transformado en nues­tra vida. Empero, puede ocurrir que, en vez de volvernos hacia ese descubrimiento, seamos inducidos por nuestro cuerpo emocional a hallar satisfacción en aguzar el dolor, por no sentirnos compensados por la ayuda o por la com­pasión que a través de él obtenemos de nuestros seme­jantes. Cuando nos encauzamos por ese camino, el sufri­miento físico acaba por no cumplir totalmente el papel que tiene en nuestra evolución.

La primera de sus tareas, según la sabiduría antigua, es preparar al cuerpo para que sea menos susceptible a los desequilibrios, en las encarnaciones que se suceden. Por la acción de un dolor, muchos residuos de antiguos compor­tamientos desarmoniosos son «quemados» en las células, lo que las inmuniza contra futuras consecuencias que la ley del karma por cierto nos produciría.

La segunda tarea del sufrimiento físico es la de inducir al cuerpo a que aprenda a no pasar más por dolores agudos, siendo cumplida tras el comienzo de la conveniente expulsión o transformación de los referidos residuos. Por tanto, sólo puede desempeñársela si, por lo menos hasta cierto punto, se llevó adelante la primera, con la ayuda de nues­tra comprensión. Si tuviéramos una actitud correcta ante e! dolor, esto es, si no nos quejáramos y no nos tornára­mos ansiosos por vernos libres de él, observaremos que ira á desaparecer cuando alcance cierto grado de inten­sidad. Saber que el cuerpo físico, al igual que los demás cuerpos de! hombre, es capaz de soportar perfectamente lo que le cabe como experiencia inevitable, o sea, como experiencia enviada por los niveles superiores de su consciencia, puede auxiliarnos para que nos ubiquemos correc­tamente en relación con ello.

Una tercera tarea de la actuación del dolor se halla en un ciclo más sutil del desarrollo de la consciencia, y por él el individuo puede pasar sólo tras haber experimentado la consecución de las dos primeras. En ese ciclo, el sufri­miento pasa por una metamorfosis y aparece como un sen­timiento de comodidad nunca antes experimentado, ni siquiera dentro de la mayor felicidad que pueda haber esta­do al alcance del hombre. Así, él aprende a percibir que la Alegría divina existe en cualquier situación y que puede hacerse aún más visible en los momentos de los cuales, al principio, parecía estar ausente.

Para nosotros se abrirá una etapa aún más avanzada que esa si aquellas tres primeras fueran desempeñadas por el sufrimiento físico. En ellas, las células manifiestan la luz que existe en su centro, irradiándola. A ese respecto, veremos una interesante experiencia que cierta vez me rela­taron.

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