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Cuento / Historia Cillian Murphy

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Cuando me subí al escenario a recoger mi Oscar por «Oppenheimer», lo único que pude pensar fue en mi abuela, que me regaló la primera obra de teatro a los 10 años.

Y luego pensé en todas las noches que quise rendirme.

A los 20 años, tocaba en bandas de rock en Cork, Irlanda. Mi padre trabajaba en educación, mi madre era profesora de francés. No sobraba el dinero.

Grabé un demo con mi banda. Una discográfica me dijo: «Tu voz no vende. Dedícate a otra cosa». La banda se separó. Yo me quedé sin rumbo.

Entonces descubrí la actuación. Hice un casting para una obra local. El director me dijo: «Eres demasiado flaco. Los protagonistas tienen presencia». No me dieron el papel.

A los 22, trabajaba como camarero en Dublín. Limpiaba mesas hasta las 3 de la madrugada. Un día, un cliente me escupió la comida porque le faltaba sal. Me quedé en silencio. Esa noche escribí en mi diario: «Esto no puede ser todo».

Un productor me vio en una obra indie. Me dio un papel pequeño en «28 días después». Rodamos con tres cámaras y sin presupuesto. Dormíamos en el suelo del set.

Veinte años después, Christopher Nolan me llamó para ser el padre de la bomba atómica. Perdí 12 kilos. Aprendí sánscrito. Casi me da un infarto en el rodaje.

Hoy, tengo un Oscar. Pero sigo siendo el chico flaco al que le decían que no servía.

El éxito no es un destino. Es una lista interminable de «no» hasta que llega un «sí».

Cillian Murphy

 

Fuente: El Relicario del Saber

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