En el corazón del Sahel, donde la tierra se agrieta como si tuviera sed de otra vida, y el cielo es una promesa rota durante meses, vivía una niña llamada Aïssata que decía algo que hacía reír a los adultos:
— Tengo lluvia en los bolsillos.
No lo decía como broma. Lo afirmaba con la seriedad de quien sabe algo que los demás olvidaron.
Su madre, costurera, decía que era solo una forma de distraerse del calor.
Su abuela, en cambio, le creía.
— A veces, los niños traen respuestas que no pidieron.
Aïssata caminaba descalza. Recogía piedras planas y semillas secas, y las guardaba en los bolsillos del vestido. Decía que eran gotas dormidas. Que un día despertarían.
— ¿Y qué harás cuando despierten? —le preguntaban los otros niños.
— Regaré a los tristes.
Durante una de las peores sequías en años, los pozos se vaciaron, los árboles dejaron de cantar, y los ancianos empezaron a mirar el cielo como si hubiera dejado de pertenecerles.
Una mañana, Aïssata desapareció.
No se fue lejos. Solo caminó hasta el baobab solitario en el extremo del pueblo. El árbol estaba muerto desde hacía cinco estaciones. Su tronco era un susurro seco.
Allí se sentó.
Vació sus bolsillos. Uno a uno.
Piedras. Semillas. Ramitas.
Y comenzó a enterrarlas.
Con las manos. Con los codos. Con la frente.
No dijo palabras mágicas. No cantó.
Solo trabajó.
— ¿Qué haces? —le preguntó un niño que la vio desde lejos.
— Estoy enseñándole al árbol lo que olvidó.
— ¿Qué cosa?
— Cómo volver a recibir.
Esa noche, el cielo rugió.
Pero no llovió.
No todavía.
Al día siguiente, más niños se acercaron. Y cada uno llevó algo en los bolsillos: botones, conchas, trozos de tela, historias.
— ¿Para qué?
—Para que el árbol no se sienta solo —dijo Aïssata.
El tercer día, alguien llevó una botella con el último trago de agua.
La vació sobre una raíz.
— Mi madre no sabe que lo hice —susurró—. Pero creo que ella entendería.
La abuela de Aïssata, al ver a todos los niños bajo el árbol seco, bajó su cabeza y se arrodilló. No para rezar.
Para recordar.
Recordó las canciones que cantaban antes de sembrar. Recordó cómo los ancestros hablaban con los árboles. Cómo creían que los baobabs eran bibliotecas del alma.
Esa noche, cayó una llovizna leve.
Apenas unas gotas.
Pero suficiente para que la tierra dejara de crujir al pisarla.
Y al amanecer… el baobab tenía un brote. Pequeño. Terco. Vivo.
Los ancianos no sabían qué decir.
Pero uno de ellos, ciego desde hacía años, se levantó, tocó el brote y dijo:
— No es agua. Es fe lo que volvió.
Aïssata sonrió.
Metió las manos en los bolsillos vacíos y dijo:
— Ahora puedo empezar otra vez.
Y se fue a buscar nuevas gotas.
Porque entendió que a veces, la lluvia tarda en llegar no por falta de nubes…
Sino porque el corazón de la tierra estaba esperando que alguien volviera a hablarle.
Fuente: Facebook de Ankor Inclán
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