En el mar de Andamán, entre Tailandia y Birmania, existe un pueblo al que llaman “los nómadas del mar”. Los moken no aprendieron a leer en libros, pero saben leer el agua como si fuera un texto antiguo. Sus casas flotan. Sus hijos nadan antes de caminar. Su memoria no está escrita: se transmite en relatos que parecen cuentos… hasta que un día salvan vidas.
Kabeng tenía diez años cuando el mar se retiró.
No fue una retirada normal. El agua retrocedió de golpe, dejando peces saltando sobre la arena y el fondo marino al descubierto. Los turistas miraban fascinados. Algunos se acercaron a recoger conchas. Kabeng, en cambio, sintió miedo.
Había escuchado esa historia muchas veces, siempre alrededor del fuego, contada por los ancianos moken como si fuera una advertencia suave: “Cuando el mar se va sin despedirse”, decían, “vuelve enfadado”.
Kabeng empezó a gritar.
“No miréis. Corred. Subid”.
Los adultos moken no dudaron. Comenzaron a llamar a los niños, a los ancianos, a cualquiera que estuviera cerca. Algunos turistas no entendían nada. Otros se rieron. El mar estaba tranquilo. El cielo, azul.
Pero los moken ya estaban subiendo a terreno alto, empujando, insistiendo, tirando de manos desconocidas.
Minutos después, el océano regresó convertido en pared.
El tsunami de 2004 arrasó la costa del sudeste asiático. Más de doscientas mil personas murieron. En las comunidades moken, casi nadie.
Los científicos llegaron después, con preguntas y grabadoras. Querían entender cómo una tribu sin tecnología había anticipado una de las mayores catástrofes naturales de la historia reciente. La respuesta no estaba en sensores ni satélites. Estaba en la tradición oral.
Los moken tienen una palabra para esa retirada del mar: laboon. No es una observación casual. Es una señal codificada en generaciones de experiencia. El conocimiento no se guarda en archivos; se guarda en la memoria colectiva.
Pero la sabiduría moken no termina ahí.
Los niños de esta tribu, desarrollan una capacidad visual bajo el agua que desconcertó a los investigadores. Mientras los humanos pierden enfoque al sumergirse, los niños moken pueden ver con nitidez peces pequeños y detalles que otros no distinguen ni con gafas. No es magia. Es adaptación. Pasan horas buceando, cazando con arpones simples, entrenando ojos y pulmones desde la infancia.
“Nosotros no dominamos el mar”, explica un anciano llamado Salama, “Le pedimos permiso cada día”.
Los moken no poseen la tierra. No levantan muros. Sus barcos-casa, llamados kabang, se mueven siguiendo las estaciones, los peces, las corrientes. Cuando un lugar se vuelve hostil, se marchan. No por miedo, sino por respeto.
El problema, es que el mundo moderno no entiende a quienes no se quedan quietos.
Durante décadas, gobiernos y empresas intentaron asentarlos, escolarizarlos a la fuerza, prohibir su estilo de vida nómada. Les ofrecieron casas en tierra firme. Muchos enfermaron. Otros regresaron al mar en cuanto pudieron.
Después del tsunami, algunos dijeron que los moken eran “primitivos con suerte”. Otros comenzaron a escuchar.
Kabeng creció. Hoy enseña a los más pequeños las mismas historias que lo salvaron aquel día. No habla de tsunamis. Habla del mar como de un ser vivo. Les enseña a observar el silencio del agua, la forma de las olas, el comportamiento de los peces.
“Si el mar cambia”, les dice, “no discutas con él”.
En un mundo obsesionado con controlar la naturaleza, los moken sobreviven porque hicieron algo distinto: aprender a obedecerla.
Y quizá por eso, cuando el mar habló, ellos ya sabían escuchar.
#fblifestyle
Fuente: muro de facebook de Ankor Inclán
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