El 13 de febrero de 1972, un geólogo francés de 33 años llamado Michel Siffre descendió 134 metros —unos 440 pies— hacia las entrañas de Midnight Cave, en Texas.
No llevaba reloj.
No llevaba calendario.
No tenía ninguna señal del mundo exterior para distinguir el día de la noche.
Y no volvería a ver la luz del sol en seis meses.
No era locura. Era ciencia.
Siffre quería responder una pregunta que nadie antes había investigado con tanta radicalidad: ¿Qué ocurre con la mente humana cuando se eliminan todos los marcadores del tiempo?
Al principio, intentó mantener una rutina. Dormía cuando tenía sueño, comía cuando tenía hambre, y avisaba por radio cada vez que “despertaba” o “se iba a dormir”.
Arriba, su equipo anotaba cada registro sin decirle jamás la hora, el día, ni cuánto tiempo llevaba bajo tierra.
Pero pronto comenzó lo extraño.
Su sensación de “un día normal” empezó a deformarse. Lo que él vivía como un ciclo de vigilia y sueño resultó ser 36 horas despierto seguidas de 12 horas de sueño.
Su cuerpo había abandonado por completo el ritmo terrestre de 24 horas y había creado uno propio.
Las semanas se volvieron irreconocibles.
El tiempo dejó de ser una línea y se convirtió en una especie de niebla.
Incluso su percepción más básica empezó a fallar: él contaba dos minutos… pero en realidad habían pasado cinco.
El tiempo, descubrió, no era una constante: era una construcción de la mente.
Y mientras su reloj interno se deshacía, la soledad comenzó a devorarlo.
La depresión lo alcanzó.
Su único consuelo fue un ratón que vivía en la cueva. Le hablaba. Lo seguía. Lo observaba como quien se aferra a una presencia mínima para no perderse del todo.
Cuando accidentalmente lo mató al intentar atraparlo, se derrumbó emocionalmente.
Su equipo fallaba.
La humedad destruyó sus revistas y libros —sus últimas anclas.
Escribió en su diario: «Estoy viviendo el punto más bajo de mi vida. Estoy desperdiciando mi vida en esta estúpida investigación».
Y aun así, se quedó.
Se quedó porque un científico no abandona justo cuando lo desconocido empieza a revelar sus grietas.
Cuando finalmente su equipo le anunció que el experimento había terminado, Siffre quedó desconcertado: había perdido casi un mes entero.
Creía que había pasado mucho menos tiempo del real.
El hombre que emergió de la cueva no era el mismo que había entrado.
Llevaba marcas mentales, físicas y una nueva comprensión perturbadora: sin señales externas, la mente humana flota hacia un tiempo propio, extraño, casi inhumano.
Pero lo que trajo de regreso cambió la ciencia para siempre.
Sus hallazgos ayudaron a fundar la cronobiología humana, la ciencia que estudia nuestros ritmos internos.
Demostró que llevamos un reloj biológico independiente del sol, capaz de deformarse, estirarse y perder precisión cuando el mundo exterior calla.
La NASA usó sus investigaciones para preparar astronautas.
Sus datos ayudaron a comprender el jet lag (1), el trabajo nocturno y los efectos devastadores del aislamiento prolongado.
Michel Siffre descendió a la oscuridad para estudiar el tiempo.
Pero lo que descubrió fue algo mucho más profundo: que la mente construye su propia realidad… y que sin el mundo para sostenerla, esa realidad puede perderse en un territorio desconocido.
Hay verdades que solo nacen en la penumbra.
Y Siffre tuvo el valor de ir a buscarlas.
Las llamadas corren por cuenta de Mi Encuentro Conmigo.
(1) El jet lag (o desfase horario) es un trastorno temporal del sueño y malestar que ocurre al viajar rápidamente entre diferentes zonas horarias, desajustando el reloj biológico interno (ritmo circadiano) con la hora local, causando fatiga, insomnio, irritabilidad y problemas de concentración, hasta que el cuerpo se readapta, generalmente a razón de un día por cada hora de cambio. Fuente: IA de google.
Fuente: La Casa del Saber
Dejanos tu comentario sobre el cuento / la historia Michel Siffre