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Cuento / Historia Miedo a la alegría

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“EL DÍA QUE ENTENDÍ QUE NO LE TENÍA MIEDO A LA TRISTEZA… SINO A LA ALEGRÍA”

Me llamo Elina, tengo 41 años, nací en Riga y vivo en Dublín desde hace cinco.

Y esta es la historia del día en que comprendí que no evitaba el dolor, como creía, sino algo mucho más inquietante: la posibilidad de volver a sentir alegría y perderla otra vez.

Durante años me describí como prudente.

No me hacía ilusiones grandes.

No celebraba antes de tiempo.

No esperaba demasiado de nadie.

Decía que era realista.

La verdad era otra.

Después de una pérdida que me dejó sin palabras —no una tragedia pública, sino una suma de despedidas pequeñas y silenciosas— aprendí a vivir en modo seguro. Si algo bueno aparecía, lo miraba con distancia. Si alguien prometía algo, sonreía sin creer del todo. Pensaba que así me cuidaba.

Y funcionaba… a medias.

No sufría grandes caídas, pero tampoco grandes subidas. Mi vida se volvió estable, correcta, funcional. Desde fuera parecía calma. Desde dentro, era una habitación con las ventanas cerradas.

El quiebre llegó una tarde en el parque. Estaba sentada mirando a un grupo de niños jugar bajo la lluvia fina. Reían sin cálculo, corrían sin pensar en el final. Sentí una punzada inesperada en el pecho. No era tristeza. Era nostalgia por algo que no sabía nombrar.

Pensé: “Yo ya no me permito eso”.

No porque no pudiera, sino porque no quería pagar el precio si se terminaba.

Empecé a observarme. Cada vez que algo bueno asomaba —una invitación, una idea, un plan— aparecía una voz suave y convincente: “No te ilusiones”, “mejor no esperes nada”, “así no duele”. Y yo obedecía.

En terapia lo dije sin rodeos:

“Si me alegro y luego se rompe, no sé si podré sostenerlo”.

La terapeuta me miró y respondió algo que me descolocó:

“Entonces no es la tristeza lo que te da miedo. Es el contraste”.

El contraste.

La caída después de la luz.

Entendí que había aprendido a vivir en una línea plana para no volver a sentir el golpe de perder algo hermoso. Había confundido cuidado con renuncia. Estabilidad con anestesia.

No se trataba de estar triste.

Se trataba de no volver a sentir demasiado.

Decidí probar algo incómodo: permitir una alegría pequeña sin plan de emergencia. Nada grandioso. Una clase de baile a la que siempre quise ir. Fui con la idea de “ver qué pasa”. Y pasó algo simple: me divertí.

La alegría apareció limpia, sin drama. Y en lugar de disfrutarla, me tensé. Pensé en cuándo se acabaría, en si me decepcionaría después. Me di cuenta de que mi cuerpo sabía bailar, pero mi mente estaba vigilando.

Aun así, volví.

Semana tras semana, fui notando algo nuevo: la alegría no siempre exige permanencia. A veces, es solo presencia. Un momento. Un gesto. Un respiro. No todo lo que empieza tiene que prometer continuidad para valer la pena.

Poco a poco, dejé de protegerme del futuro y empecé a habitar el ahora. No con ingenuidad, sino con permiso. Si algo dolía después, dolería. Pero al menos no me habría negado lo que estaba vivo en el momento.

Hubo días en los que el miedo volvió. Días en los que quise cerrarme otra vez. Pero ya sabía nombrarlo. No era fragilidad. Era memoria.

Hoy sigo siendo cuidadosa. No vivo en euforia ni hago promesas grandilocuentes. Pero ya no me escondo de la alegría por temor a perderla. Aprendí que el dolor no se evita apagando la luz; solo se hace más oscuro el camino.

Entendí que la alegría no es una garantía.

Es una invitación.

Y que decirle que sí, aun sabiendo que puede irse, es una forma profunda de confianza.

Si estás leyendo esto, y sientes que te cuesta disfrutar sin pensar en el final, quiero decirte algo con calma: no estás rota. Estás protegiéndote de un golpe que ya conoces. Y aun así, puedes aprender —poco a poco— que la alegría no siempre viene a quedarse… pero cuando llega, merece ser recibida.

 

Historia que nos envía una seguidora anónima – Narrada por Ankor Inclán

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Fuente: Facebook de Ankor Inclán

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