Lo conocí un lunes al mediodía, en la fuente de la plaza. Yo estaba sentado, con la mochila entre las piernas y el cuerpo hecho un nudo. No había pasado nada grave ese día. Solo… todo lo acumulado.
Él apareció sin que lo notara. Se sentó a mi lado como si ya nos conociéramos. Tenía una mochila también, raída, con los cierres rotos y una mancha de pintura azul en el costado. Llevaba los zapatos gastados y la mirada limpia.
No me preguntó qué me pasaba. Solo dijo:
— ¿Te cambio tu mochila por la mía?
Me reí con ironía.
— La mía pesa lo que no se ve.
— La mía también —dijo—. Pero tal vez nos venga bien cargar otra historia, aunque sea por un rato.
No sabía si estaba bromeando. Pero me atrapó el modo en que lo dijo. Como si habláramos de cambiar de alma por un día.
— ¿Qué llevas en la tuya? — le pregunté.
Abrió su mochila. Adentro había una taza rota, un cuaderno sin tapas, una bufanda muy vieja y una carta arrugada.
— Recuerdos que nadie me pidió que guardara. Cosas que ya no sirven… pero no puedo tirar. Pedacitos de errores. Pedacitos de amor.
— ¿Y por qué la querés cambiar?
— Porque a veces uno no necesita alivianar. Solo cambiar de forma el peso, para recordar que no todo lo que duele es tuyo para siempre.
Me quedé callado.
— ¿Y vos? —me dijo—. ¿Qué llevás?
Pensé en mi mochila. En las cosas que nadie veía: el cansancio de ser fuerte para todos, los silencios tragados, las metas que no eran mías, el miedo constante a fallar.
No se lo dije. No hacía falta.
— Está bien —dije—. Cambiemos.
Intercambiamos mochilas sin decir más.
Caminé toda la tarde con la suya. No era cómoda. No era linda. Pero era ligera de una manera rara. Como si por un momento, llevar otra historia me hiciera más liviano con la mía.
Cuando volví a la plaza al atardecer, él ya no estaba. Pero en el bolsillo lateral encontré una nota escrita a mano:
“Gracias por llevarme un rato.
Que esto te recuerde: tu carga no es vergüenza. Pero tampoco es condena.
Cuando no puedas más… cambia de mochila.
O mejor aún: abrila y mirá qué ya no es tuyo”.
Ese día entendí que a veces no hace falta terapia, ni explicaciones largas.
A veces solo hace falta alguien que te mire y te diga:
“Yo también cargo. ¿Lo compartimos un rato?”
#fblifestyle #fblifestyletyle
Fuente: Muro de Facebook de Ankor Inclán
Dejanos tu comentario sobre el cuento / la historia Te cambio tu mochila por la mía