PRÓLOGO
En la época actual, son millones los individuos que buscan la cura. La vida interior de cada uno está pasando también por un desarrollo especial, dada la estimulación que, desde los niveles más sutiles de la consciencia, está descendiendo sobre el llamado «yo superior» del hombre -núcleo extremadamente inteligente y poderoso, que tiene su principal campo de actividad en la cuarta dimensión, nivel existente más allá del mental pensante.
Afírmase que, en este planeta, hay pocos centenares de individuos totalmente sanos -aunque desde el punto de vista clínico, al cual la ciencia y la medicina de hoy tienen acceso, ese número aparentemente sea mucho mayor. Sábese que un hombre de hoy, de evolución normal, tiene consciencia de sólo, aproximadamente, el diez por ciento de su ser total -por tanto, lo que ese hombre puede examinar en sus investigaciones y diagnosticar con sus técnicas no superó todavía esa cuota.
En el futuro, se abrirá para la medicina un campo más amplio cuando, en el actual globo ocular del ser humano, se abra la capacidad de ver la dimensión etérica y cuando ciertas glándulas, principalmente las de su cabeza, estén listas para un desarrollo superior. Además de ese proceso, que ya está en marcha, la influencia de la dimensión llamada «intuitiva» comienza hoy a hacerse percibir mucho más que en el pasado. Con esa nueva coyuntura, y otros hechos inéditos que están ocurriendo en el planeta, sábese que se darán grandes pasos en el campo de la cura.
Este libro quiere ayudar a abrir puertas hacia dimensiones que, en breve, serán conocidas por todos.
Trigueirinho
PRIMERA PARTE
LAS CAUSAS OCULTAS DE LAS DOLENCIAS
Dícese que el asunto de la cura es antiguo como la Tierra, lo cual es para mí verdad: hay enfermedad desde que el planeta existe. La razón de ello radica en el propio hecho de las fuerzas constructivas que, llegadas a través de los rayos solares, entran en contacto con la atmósfera terrestre. Esa atmósfera, por ser aún heterogénea y llena de elementos antievolutivos, está impregnada de fragmentos de tiempos remotísimos, que datan de la convivencia más íntima que había entre la sustancia de la Tierra y la de la Luna, cuando esta última era un planeta en pleno vigor y con tarea muy diferente de la que tiene hoy. Los rayos solares, deslizándose dentro de esa atmósfera, insertándose en su espacio, producen una fricción que genera lo que llamamos «dolencias».
Tal fenómeno no es exclusivamente físico. Su contraparte existe en otras dimensiones del planeta, haciendo de las enfermedades un hecho muy concreto en tres niveles de la realidad: físico-etérico, astral o emocional, y mental pensante. Además de la dimensión mental pensante, ese desequilibrio ya fue trascendido por las energías de planos más sutiles. Por tanto, las enfermedades son un hecho planetario, y no sólo una característica de los seres humanos o de los seres de otros reinos de la naturaleza, tales como el mineral, el vegetal y el animal. De manera que, aunque los hombres dejasen conscientemente de dar motivos para enfermarse, aunque consiguiesen modificar tantas condiciones desfavorables provocadas por los malos hábitos de vida, y aunque los demás seres tuviesen siempre ambientes adecuados para una vida saludable, seguirían sujetos a las dolencias, por ser éstas, como vimos, inherentes a la propia atmósfera física y psíquica de la Tierra. Por atmósfera psíquica entendemos, en este estudio, la vibración del plano mental pensante y del plano astral o emocional, que está en vías de ser purificada por hechos universales, que no son asunto de este libro.
Las actuales fuerzas lunares, siendo restos de un planeta que fracasó (1), evocan un pasado remotísimo, marcado por luchas subjetivas y objetivas que, finalmente, dieron por resultado la situación presente: existiendo la Luna como satélite de la Tierra y manteniendo sobre ésta algunas influencias directas, concretas, además de otras varias, indirectas y menos evidentes. Entre las visibles, se hallan las que producen la oscilación de las mareas y el ritmo del crecimiento y de la vida de las plantas; entre las influencias menos palpables, se puede citar la estimulación instintiva y emocional en el hombre, ese ser que ya superó el estado irracional, pero que aún no es libre de comportarse como aquellos que no piensan.
La presencia de las enfermedades es, por tanto, una realidad planetaria que trasciende al propio hombre. Esa situación será resuelta en un futuro más o menos próximo, que dependerá de la influencia benéfica que otras energías puedan tener sobre la órbita física y psíquica de la Tierra.
Tales energías, algunas de las cuales son extraplanetarias, estuvieron siempre presentes, pero intensificarán cada vez más su acción, dado el grado de necesidad de cura en que actualmente nos encontramos.
En este momento cíclico, estrellas y planetas mucho más adelantados que la Tierra hacen incidir sobre nosotros su irradiación especial y benéfica; y no sólo esos «logos» (2) estelares y planetarios están haciendo tal trabajo creativo, sino también lo están haciendo los seres o entidades de evolución superior que viven y tienen su esencia en las órbitas internas de esos «logos». Esos seres mantienen su energía espiritual dirigida hacia todos los niveles de consciencia de la Tierra, y algunos tienen acción positiva sobre los propios niveles humanos de las criaturas.
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En este estudio, estamos considerando el nivel físico-etérico como la primera dimensión; al nivel astral o emocional, como la segunda; al mental pensante, como la tercera; y al mental abstracto, en el que tenemos consciencia del yo superior (3), como la cuarta. Además de ellas, está la dimensión intuitiva, seguida por la espiritual y por otras aún más elevadas. Esa clasificación de las diferentes dimensiones de consciencia la mencionamos aquí de modo deliberadamente facilitado. Ciertas fuentes la presentan más pormenorizada, teniendo en cuenta diversos subniveles vibratorios de cada uno de esos estados de ser.
La energía de inclusividad que anima al yo superior está también siendo activada especialmente en esta época por una energía semejante a ella, oriunda del centro interno del Sol, el catalizador del sistema en el cual el planeta Tierra existe y tiene su ser. De esta manera, con esa nueva energización, los yoes superiores están produciendo en las personalidades de los hombres una revolución que nunca se verificó anteriormente: cada individuo se está tornando capaz de manifestar consciencia de grupo sin perder, entretanto, la propia integridad como unidad viva. Esa faceta de la Consciencia Única traerá hacia la Tierra una nueva situación, pues, como planeta, ella también está siendo estimulada por energías aún más potentes, venidas de otras áreas internas (y externas) del universo.
Por tanto, hoy se cuenta, de modo más intenso, con la colaboración de otros seres espaciales como, por ejemplo, los de los planetas y de las estrellas de ésta o de otras galaxias. Los recursos internos de algunos cuerpos de este sistema solar ya se están exteriorizando. Dentro de cada uno hay una chispa esencial, que corresponde al Macrocosmos interno, siendo de él un reflejo; sin embargo, esa chispa de calidad cósmica no podría, sin el estímulo y la presencia de energías mayores, manifestarse o actualizarse, como empieza a ocurrir ahora. Eso es tan verdadero para un individuo de hoy como para el «logos» de un planeta con un grado de consciencia igual al de la Tierra.
Esa es la cooperación que ahora se está volviendo conocida y que empieza a ser ejercida también por aquellos que, dentro de la órbita terrestre, encuentran hombres y mujeres que aspiran a servir al mundo. Esa cooperación es reflejo de la inclusividad cósmica omnipotente y omnipresente. Las palabras humanas son pobres para describir esos estados de interrelación, porque ellas son fruto de la actividad mental y, por tanto, son separatistas. Aunque se usen palabras que tengan connotación más abarcante, tales como «vida», «amor», «síntesis» y otras que puedan tal vez intentar expresar estados interiores, no se consigue transmitir con claridad lo que ocurre más allá de los niveles de percepción normalmente conocidos. Muchas veces, transmitir realidades subjetivas se hace posible a través de imágenes significativas traídas a nuestra consciencia. En esas imágenes, la palabra no es necesaria. Intentaré describir una experiencia que tuve, en la cual una imagen que expresaba una realidad me curó y me indujo a cooperar más conscientemente con la evolución en general.
EL SUEÑO DE LA FLOR
La cura espiritual puede efectuarse de diferentes modos y, durante mi vida, tuve oportunidad de entrar en contacto con algunos de ellos. Viajé por centros de energía para la transformación planetaria, a fin de hacer averiguaciones, y mientras dormía pasé también por marcadas experiencias, pues, como se sabe, durante nuestro sueño pueden ocurrir verdaderos procesos terapéuticos. Además de eso, pude conocer la actividad contemplativa de un ser evolucionado que, mientras permanecía acostado en un sofá iba conscientemente, como yo superior, a los más distantes puntos de la Tierra, impulsado por el propio ritmo interior de trabajo. Donde llegaba su vibración amorosa, se hacía presente, casi visible, una energía transformadora, sin que con ello hubiese interferencia alguna en la libertad de otros. Aquellos que estuvieran abiertos hacia la cura podían experimentarla dondequiera que se encontrasen y cualesquiera que fuesen las condiciones de su ambiente y su situación vivencial.
La belleza de un proceso de cura, que no es nada más que la propia purificación de la materia, consiste en el hecho de que la esencia de la vida se halla también en el centro de cada átomo, de cada partícula. Esa esencia, llamada «divina» por muchos filósofos, es omnipresente. Por tanto, una persona que cura no es propiamente el agente responsable de la cura: ella representa y cataliza aquello que está en todas partes y dentro de cada uno de nosotros. Incluso sabiendo eso teóricamente, y a pesar de haber efectuado indagaciones y experiencias, yo nunca había «vivenciado» esa realidad. Participaba de trabajos de cura en un nivel poco material, pero aún no tenía el conocimiento directo de lo que eso venía a ser, hasta que me sucedió el «sueño de la flor».
Mi mente vivía indagando si la cura era posible en cualquier ambiente y en cualquier situación; empero, antes de recibir yo iluminaciones sobre eso, me puse a luchar en demasía para que cierto ambiente, en el cual yo habitaba junto con un grupo, se librase de todos los compromisos que aún tenía con los hábitos de la vida común, hábitos que la mayoría de las personas tiene. Poco antes de encaminarme hacia la sala en la que hacíamos diariamente meditación grupal, me aquieté y tuve un sueño.
Vi un vasito de plástico, muy blanco, con una plantita que empezaba a florecer. Gradualmente, el fondo neutro de aquel cuadro se fue transformando en un felpudo, de esos en los que las personas se limpian los zapatos antes de entrar en su casa; de aquél, y no ya del vasito, salía ahora la plantita, con su brillante florecilla. El felpudo permaneció en mi campo visual, mostrando que puede ser el suelo en el que una flor es capaz de nacer.
Reflexionando sobre esa imagen, pude comprender que «la flor crece» del ejercicio de nuestra propia purificación y a partir de nuestras limitaciones (representadas por el felpudo que se usa para limpiar los pies) -y no a partir de una situación externa de total pureza, pureza ésta que no puede existir aún sobre la faz de la Tierra. Lo que se anhela es encontrar el equilibrio entre la realidad concreta (el felpudo) y la búsqueda incesante y persistente de autoperfección. Es necesario amarse uno mismo para poder sabiamente amar al prójimo: un amor único, verdadero, sin autoconmiseración, que ocurre dentro de una sola Unidad que lo incluye todo.
Aquella misma mañana, al llegar al refectorio comunitario, ante la mesa del desayuno provista de todo lo que era necesario para alimentar a los cuerpos físicos allí presentes, experimenté una gratitud profunda, que yo no sabía explicar por qué surgía ni a quien se dirigía. Tampoco sabía cosa alguna sobre mí mismo ante aquel sentimiento. Venía de adentro, a través de un canal que había sido abierto por la imagen soñada. Quedaba la abertura, y no se necesitaba nada más. Todo lo hacía la energía de cura. El sueño, con su duración de pocos segundos, tuvo inmensa repercusión interior y está presente mientras escribo estas líneas, tantos años después.
A partir de esa experiencia vi que yo ya no necesitaba salir en busca de la cura, pues se me mostró que ella puede ocurrir donde estamos y en la situación en la que nos encontramos. La tranquila expectativa en la cual si quisiéramos, podemos colocarnos, es la verdadera situación que nos predispone para la cura. En mi caso, a través de ella ocurrió cierta ampliación en el trabajo que estaban efectuando, hacía algún tiempo, mis cuerpos físico-etérico, emocional y mental que, de allí en adelante, se sintonizaron más con la energía proveniente de un nivel más profundo de mi ser, y se tornaron más atentos a esa energía que debería estar siempre a disposición de todos aquellos con los que yo tomaba contacto.
Procesos como ese no son controlables por la mente humana, y es bueno que así sea, pues no siempre el yo consciente está preparado para saber lo que ocurre en los planos interiores de la vida; el ritmo de la energía de cura no debe ser perturbado por la curiosidad, por el egoísmo, por la censura, por la crítica, ni siquiera por la admiración devocional. En la mayoría de los casos, cuanto más inconsciente sea el proceso de cura, mejor.
Cuanto más olvidado de sí mismo esté el ego humano en el momento de la alineación del ser con las energías curativas, más libremente pueden ellas descender hacia los niveles mental, emocional y físico-etérico del individuo.
Ilustraré con otro ejemplo práctico el aspecto elevado e inconsciente de la cura. Durante cierto período en el que desarrollábamos determinado trabajo grupal, acostumbrábamos recibir personas individualmente para coloquios orientados a estimular el proceso evolutivo de aquellas que estuvieran dispuestas a asumirlo. Un domingo surgió, para una reunión, alguien que estaba subjetivamente sofocado por los resentimientos. No conseguía hablar de sus amarguras, tan fuertes y profundas eran éstas; y puesto que le provocaban mucho dolor, evitaba referirse a ellas. Presto a pasar por una crisis de salud física, que vendría a ser un reflejo de lo que existía en su mundo psíquico, aquel individuo fue invitado entonces, por uno de nosotros, a comparecer allí nuevamente en otra fecha para una conversación. Al llegar el día señalado, fue recibido por uno de los participantes de aquel grupo de trabajo que estaba libre de resentimientos, cuya vibración era, por tanto, muy distinta de la de aquel individuo. La conversación giró sobre asuntos varios, y no sobre los problemas que lo atormentaban.
Asistí a ese coloquio, y noté que el proceso de cura que acabó por ocurrir fue «vivenciado» de modo enteramente inconsciente. Luego de entrar, el individuo encontraba un ambiente interesante, con un bello acuario de fondo azul y peces ornamentales de rara belleza, y era recibido despreocupadamente, como si nada grave estuviera ocurriendo. Alrededor de una hora después el encuentro terminaba, habiéndose tratado los más variados asuntos sin que se hubiera profundizado ninguno de ellos en especial.
Sin embargo, era casi visible la energía que se había creado, y también la irradiación que provenía de la persona que sufría de amarguras propias. De allí en adelante, el individuo, que había estado prisionero, participaba el hecho de que, inexplicablemente, había dejado de sufrir la tortura de aquellos sentimientos oscuros. Según percibía, él se había liberado tras aquel encuentro tan simple.
Adviértese que transmitimos al otro lo que, de hecho, somos dentro de nosotros mismos. Si no tenemos amarguras, llevamos a los otros una energía de liberación que subjetivamente los ayuda a que se purifiquen. Ese proceso no es consciente y, por ello, podrá ser facilitado si no lo contaminamos con la mente racional.
También percibí, después de esa experiencia, cuan abarcante es el movimiento en un proceso de cura; éramos tres, reunidos para aquel trabajo, y el individuo prisionero usufructuaba a aquellos que estaban más libres que él. Por una misteriosa unión, que se da en niveles inconscientes, unos usufructúan la situación interior de otros. Es como si, en cierto sentido, la Fe (4) trajera consigo créditos morales insondables. Si la tengo, puedo irradiarla, y el otro, al ser estimulado así, podrá verla surgir en sí mismo. En el libro La Energía de los Rayos en Nuestra Vida2 di a conocer algunas ideas básicas sobre la Fe, energía típica del yo superior, venida de la cuarta dimensión.
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En ciertos casos, para que la cura acontezca, es necesario que estén juntos aquel que va a ser el instrumento de cura y aquel que necesita ser curado. Y hay circunstancias en las que es útil la presencia de una tercera persona cuya energía, combinada con la de quien «cura» o con la de quien quiere ser liberado, puede ayudar.
El lado imprevisto y misterioso de la cura no se limita, sin embargo, a hechos así visibles. Hay ejemplos en los cuales el individuo es curado sin que lo perciba: la alegría interior pasa a estar presente en su mirada y la carga de ansiedad deja de existir en su mente y en su corazón.
Para que la cura interior ocurra, no siempre se necesitan intermediarios aquí en la Tierra, como lo fueran en el ejemplo que citamos. Es esencial que construyamos voluntariamente un puente de comunicación entre nuestro yo consciente y el núcleo de amor-sabiduría que habita dentro de nosotros, núcleo que está formado por la energía inclusiva y sintética que predomina en este sistema solar y, por tanto, en el planeta en el que vivimos. Esa energía, esencia de cada ser, se encuentra en el vórtice de las fuerzas evolutivas de la cuarta dimensión y es representada en cada uno de nosotros por el yo superior. Tarde o temprano, tomamos conocimiento de ella en una encarnación o en otra, a través principalmente, de la pura y simple aspiración a encontrarla. Deseando manifestar ese amor que a todo y a todos incluye, acabamos por reconocerlo dentro y fuera de nosotros y, a partir de entonces, nos ponemos a servir al mundo y a ser administrados por los aspectos superiores de las mismas leyes que rigen el nivel humano de nuestro ser.
Hasta sin la ayuda palpable de intermediarios, un individuo puede comenzar a construir ese puente. La ayuda que él necesita se halla principalmente en niveles más elevados de su propia consciencia, en los que él está unido con los demás hombres, puesto que el sistema solar se mantiene integrado exactamente por la misma fuerza de cohesión que existe entre todos los seres vivos que lo habitan y entre todas las energías que lo mueven. En los niveles de consciencia más sutiles a los cuales nos referimos, nuestros yoes superiores son auxiliados para que perciban cuáles son sus caminos cósmicos, a través de indicaciones efectuadas por quien ya los encontró.
Es como si recorriéramos una ruta desconocida, pero llena de señales indicativas. Somos libres para seguirlas o no. Ora están en niveles más concretos aquí en la Tierra, ora en planos sutiles de esta misma vida. Quien los sigue camina más fácilmente, y quien no les da importancia, alcanza la meta, junto con la mayoría, al final de grandes ciclos evolutivos del mundo. Sin embargo, todos llegan a donde tienen que llegar.
Un ejemplo interesante puede darse como ilustración de ese asunto. Conocí cierta vez a un ser altruista que mantenía una especie de curso filosófico para personas que estaban en busca de autoconocimiento. El grupo era pequeño, pero fiel a su meta interior. Sus miembros estaban más o menos en el mismo nivel de interés por el Espíritu, y se sentían perfectamente cómodos efectuando juntos sus investigaciones subjetivas. Un día, durante una meditación, golpeó la puerta un individuo que buscaba a alguien. Como había equivocado la dirección, se le informó que aquel a quien buscaba no vivía allí, y él entonces siguió su peregrinación por las calles adyacentes.
Uno de los presentes tuvo la percepción de que el individuo que había golpeado la puerta y ya se había ido le era conocido. Entonces, interiormente, el coordinador supo que se trataba de alguien que otrora fuera componente de aquel mismo grupo. Siglos atrás estaban todos juntos; algunos siguieron las señales indicativas, pero él no las había seguido. Sin embargo, el hecho de que hubiera golpeado la puerta, aunque por un motivo distinto, era ya un indicio de que estaba reencontrando el antiguo camino perdido.
Pero, tarde o temprano, todas las líneas convergen hacia el mismo punto. Aunque hasta el momento presente no se nos haya dado la oportunidad de encontrar de nuevo a aquel compañero que se demorara más en sus pasos, sabemos que un día eso ocurrirá. Entonces estaremos todos, él incluido, mucho más experimentados que hoy.
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Los contactos positivos que tuvimos en encarnaciones anteriores con personas evolucionadas sirven, cuando las reencontramos en el presente en el plano físico, como puerta abierta hacia una relación sabia y elevada. En ésta, la energía del amor incondicional puede operar, y puede establecerse un verdadero proceso de cura. La confianza desarrollada en otras vidas nos predispone para que nos abramos al actual «curador» que, irradiando su fuerza interior, estimula los más puros núcleos de nuestro ser.
Evidentemente, en la cura está siempre presente la ley evolutiva, y la energía de las dimensiones superiores no tiene que quedar limitada al proceso normal del karma del individuo. Principalmente en esta época, están aconteciendo cambios, la ley se vale al máximo de la oportunidad de operar como energía curadora. Ese es uno de los resultados del fluir de esa energía de síntesis desde los planos cósmicos hacia los niveles terrestres, que está ocurriendo hoy en día.
¿QUE ES LA CURA?
La cura puede operarse habiendo concordancia entre la voluntad profunda de un individuo y la voluntad superficial de su yo consciente. Al armonizar la personalidad con la propia VIDA, que es su esencia interior, se procura la cura, y sus efectos se tornan visibles en los planos físico-etérico, emocional y mental, ora instantáneamente, ora en plazos mediano o largo. Por tanto, no se puede decir de manera exacta que un individuo cure a otro, pero sí que cada cual se cura a sí mismo en la medida en que efectúa esa unión en sí mismo. Aquel que llamamos «curador» es tan sólo un intermediario para que cierta energía incida sobre aquel que será curado, ayudándolo a tomar la decisión de integrarse. En verdad, ese es el aspecto de cura que más habla respecto del tema de este libro. En libros siguientes se abordarán otros aspectos.
La vida, cuando no incluye la búsqueda de esa unión entre nuestra voluntad consciente y nuestra voluntad profunda, lleva naturalmente hacia la decrepitud y las dolencias. Por ello, cualquier proceso terapéutico, para operar de hecho, debería incluir el trabajo fundamental del «paciente», tratando de VER en qué puntos su voluntad personal necesita armonizarse con la voluntad de los niveles supramentales de su ser.
Si no se busca esa unión, el yo superior, pasada la mitad del tiempo reservado para la encarnación, se va retirando de los niveles externos de la vida. para concentrarse preferentemente, en sus realidades internas. El reflejo exterior de eso es la personalidad que pasa a sentirse incompleta, solitaria, insegura y hasta medrosa.
Cuanto tal proceso está en acción, en caso de que aquella no tenga condiciones para rever sus propias actitudes y reacciones bajo esa luz, tan sólo podemos ayudarla a que se mantenga en paz y en contacto con los valores morales, afectivos e intelectuales que haya logrado desarrollar hasta entonces. Ese es el caso de aquellos que, físicamente ancianos, se envuelven en resentimientos o con antiguas situaciones deprimentes. Aunque estén ya entregados a ese estado, pueden ser estimulados a mantener vivos los valores ya conquistados, pues de esa forma no se abandonarán por entero a un proceso degenerativo.
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Puede convertirse en un «curador» todo terapeuta que procure ayudar a alguien a establecer el contacto entre los dos aspectos opuestos de la energía de la voluntad (la voluntad personal y la voluntad del yo profundo).
Pero, para serlo verdaderamente, en el sentido amplio y espiritual de ese término, necesita estar -él mismo con esa unión hecha en sí mismo, por lo menos hasta cierto grado. A medida que realiza el trabajo de armonía en sí mismo, se torna capaz de ayudar a los otros a que se armonicen. Cada hombre irradia lo que de hecho es, y esa irradiación, cuando alcanza cierto grado de calidad, se torna benéfica y curativa. Toda alma (o yo superior) liberada de apegos es transmisora natural de esa energía transformadora.
Conocí a alguien que, procurando convertirse en un servidor del mundo, experimentó una cura claramente efectuada a través de la unión de los aspectos de la energía de la voluntad. Se llamaba Binah. Estaba sumida en profundas preocupaciones, concomitantemente brotó en su cuerpo un proceso infeccioso y, en el trabajo diario, una gran crisis vivencial. Hacía casi treinta años que ocupaba una función administrativa en una institución religiosa ortodoxa y dogmática cuando esos conflictos empezaron a incomodarla. El yo superior había terminado su ciclo de aprendizaje junto al ambiente en el que ella vivía y junto al grupo humano del que ella formara parte hasta entonces; ahora estaba lista para dar una contribución mayor al proceso de la cura planetaria, pues los yoes superiores van ampliando gradualmente su visión de la propia tarea en la Tierra o en otros puntos de la galaxia. En aquel período en que Binah vivía el final de una importante fase de su largo trayecto, surgían en el planeta núcleos de fuerzas conflictivas, y se efectuaba un llamado interior a todos los individuos para que se entregasen al plan evolutivo en la proporción en que les fuese posible. Binah percibía ese llamado interior, y empezaron a surgir en su mente aquellas preocupaciones aparentemente sin causa.
Entonces tuvo un sueño, en el cual torrentes de cieno corrían por los ambientes de la entidad en la que ella moraba. Se lo llevaban todo. La sensación de Binah, en el plano en el que ocurría el sueño, era la de que si no se fuese de allí, el cieno también se la llevaría.
Después de ese sueño, todo quedó claro para ella. Seguidamente, tendría que vivir el proceso de desapego, pues, durante mucho tiempo, se habían creado lazos humanos, algunos de ellos fuertes. Restos de dogmatismo, que aún actuaban en su personalidad, contribuían también para que no fuese fácil su remoción física de aquel sitio. Mientras Binah se abría cada vez más hacia el centro profundo de su ser, la infección en el cuerpo físico pasaba a estar bajo el control de los médicos, los mismos que antes afirmaban que era irreversible y sin cura. Más tarde, cuando finalmente quedó claro que ella debería incorporarse a un nuevo trabajo grupal altruista, sus antiguas compañeras adujeron: ¿cómo Binah abandonaría aquella institución que le daba seguridad y amparo, para aventurarse a formar parte de un grupo idealista, pero que no ofrecía garantía alguna de continuidad, de persistencia, o hasta de estar en el camino cierto? ¿No sería aquel estado infeccioso una señal de que debería quedarse quieta y permanecer en el ámbito protector de su conocido ambiente de trabajo y ascética?
Binah seguía abriéndose hacia el centro de su propia consciencia y, obedientemente, pasaba por las crisis psicológicas de su cuerpo emocional. Y también, como era inevitable, proseguía su tratamiento de salud que, según los médicos, debería acompañarla hasta el final de la encarnación. En un momento dado, las crisis alcanzaron su apogeo; se hacía necesaria una operación y se intensificó el conflicto interior. Binah se retiró de la entidad y viajó hacia el nuevo hábitat, que poca o ninguna impresión de seguridad exterior le ofrecía. Amparada por una certidumbre que no sabía de dónde venía y acordándose del sueño de los torrentes de cieno, llegó a la pequeña localidad del interior en la que tendría comienzo la nueva fase de su proceso espiritual y humano.
Poco a poco, el tratamiento de salud dejó de ser necesario, y algunos meses después Binah alcanzaba el apogeo de su capacidad física. Efectuó una nueva consulta con uno de los médicos que la acompañara anteriormente, y éste no pudo comprender cómo había ocurrido aquella cura. Binah le explicó que había habido una unificación de la voluntad profunda con el ritmo y la forma de la vida exterior, pero ese no era asunto que pudiera perdurar mucho en las conversaciones, puesto que el verdadero proceso era por demás secreto e inconsciente para ser tratado así. En realidad, nada había que comprender, y sólo había que vivirlo, como hacen los lirios del campo y los pájaros del cielo.
Varias experiencias interiores y exteriores indujeron a Binah a ejercitar el desapego. En su nuevo ambiente, aprendió, en la práctica, que el trabajo efectuado en favor de la humanidad y de las criaturas en general ha de ser ofrendado a la Vida Única, y no directamente a los hombres o a las ideas. Los comentarios críticos de aquellos que no la comprendían la indujeron a pasar por pruebas definitivas en su nuevo ciclo de vida, y su personalidad tuvo la ocasión de crecer en silencio, casi siempre sin tener a quién recurrir en procura de alivio.
Así, no tuvo otro camino que el de la oración, el del silencio interior, el de la apertura hacia el centro de la propia consciencia. Se amplió su visión interior, y ella percibió, a partir de una nueva actitud, cuánto de cura necesitaba el planeta. Veía las limitaciones terrenas que se reflejaban en todas las personas, desde las más simples hasta las más evolucionadas, que también vivían allí en su ambiente de pruebas. La necesidad general de alineación de la personalidad con niveles más elevados de consciencia se tornó clara, y Binah, alcanzando cierta madurez psicológica, se lanzó decididamente hacia el servicio altruista, al principio mediante la ayuda que se puso a ofrecer a aquellos que no podían comprender aún su proceso más íntimo.
Es preciso expresar explícitamente, en este relato, que ella mantenía un comportamiento de aceptación de todo lo que ocurría, sin creer, no obstante, que aquel ciclo fuese fijo. Ella sabía que algo cambiaría, o mejor dicho, que algo estaba en continua mutación en todo el planeta. La propia incomprensión de aquellos que creían conocerla, teniendo tan sólo como base su aspecto exterior de antiguo miembro de una entidad dogmática y desactualizada, un día pasaría por una metamorfosis.
Hoy, la infección no la molesta más, y Binah sigue en el trabajo que corresponde a su voluntad profunda. Con el tiempo, aprendió que los sitios físicos en los que pueda estar tienen importancia secundaria cuando la irradiación del alma fluye libremente por todo lo que está alrededor.
(1) EVOLUCIÓN CÍCLICA DE UN PLANETA O ASTRO (FRACASO LUNAR): Puede ocurrir que algún planeta no llegue a cumplir el plan de evolución que estaba trazado para él, como ocurrió con la Luna, que vino a convertirse en un satélite de la Tierra. No obstante, aunque ese antiguo planeta no haya realizado completamente el plan que al principio le estaba destinado, lo que hoy es su «cadáver» puede estar cumpliendo algún otro papel dentro de la armonía del universo. La Luna es aún un misterio.
Existe también el conocimiento esotérico de que otros astros, como la Luna, fracasaron, o sea, de que no pudieron expresar aquello para lo que fueron proyectados. Esos astros, explotando, pasaron a convertirse en asteroides deshabitados que giran alrededor de su Sol. También se usa el término «pasado lunar» para referirse al pasado animal del hombre terrestre, ya que su evolución, al principio, estuvo vinculada con el antiguo planeta que hoy llamamos Luna.
(2) LOGOS: El ser interior de un planeta, de un sol o de una estrella. Cualquiera de esos astros, en su esencia profunda e inmaterial, es un logos, así como el hombre, en su realidad interior, es un espíritu, una Mónada. Todos los logos se desarrollan, y cada uno de ellos está en un grado diferente de evolución.
(3) YO SUPERIOR: Núcleo en la consciencia del individuo que representa, para los niveles de su personalidad, la energía superior. Es la vinculación entre la parte cósmica y la parte terrestre del ser humano. El desarrollo de ese núcleo es el ciclo que la humanidad vivió en los últimos dos mil años.
(4) FE: Energía del yo superior. Es la consciencia de existir como ser inmortal. Al ser esto así, por su acción el hombre se torna invulnerable a las influencias externas negativas, por más fuertes que sean.
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