En general, las personas desperdician su vida, tienen mucha energía, pero la malgastan, permanecen todo el día en la oficina, cavando en el jardín, ejerciendo de abogado, o llevando una vida de sanyasi que ha renunciado al mundo. El promedio de la vida de las personas, según parece, al final tiene muy poco valor, muy poca trascendencia; si uno mira hacia atrás, cuando tiene cincuenta, ochenta o noventa años, se pregunta qué ha hecho con su vida.
La vida tiene un extraordinario significado, con su gran belleza, su gran sufrimiento y su ansiedad, pero al final de todo, ¿qué hemos hecho en la vida? Dinero, sexo, el constante conflicto de la existencia, fatiga, penalidades, infelicidad, frustración, es todo lo que tenemos y, quizá, con alguna satisfacción ocasional, o puede que uno ame completamente a alguien, totalmente, sin ninguna implicación del “yo”.
Parece que en el mundo hay muy poca justicia, los filósofos han hablado mucho sobre la justicia, los trabajadores sociales hablan de justicia, la mayoría de las personas quieren justicia, pero ¿hay realmente justicia en la vida? Alguien es brillante, está bien situado, tiene una mente capaz, es bien parecido, tiene todo lo que él o ella quiere, mientras que otro no tiene nada; uno es muy educado, sofisticado, libre para hacer lo que él o ella quiere, mientras que otro es apocado, pobre de mente y corazón; uno es capaz de escribir y de hablar, es un buen ser humano, mientras que el otro no; uno es blanco y el otro es negro, uno es inteligente, consciente, sensible, de profundos sentimientos, ama la belleza de una puesta de Sol, la gloria de la Luna, la asombrosa luz sobre las aguas, se da cuenta de estas cosas, mientras que el otro no; uno es razonable, sensato, vital, mientras que el otro no.
De modo que uno se pregunta, con seriedad, ¿hay realmente justicia en el mundo? ¿Pueden los seres humanos tener justicia? Cuando uno mira a su alrededor parece que la vida, para algunas personas, es tan vacía, tan sin sentido. Ante la ley, supuestamente, todos somos iguales, pero algunos son más iguales que otros porque tienen dinero para pagar a un buen abogado; algunos han nacido altos y otros bajos. Este ha sido el problema de los filósofos, el amor a la verdad, el amor a la vida, pero quizá, la verdad está en la vida y no en los libros ni en las ideas, no está separada de la vida, tal vez, la verdad está en el lugar en que nos encontramos y en la manera como vivimos la vida.
Cuando uno observa todo esto en el mundo parece que hay muy poca justicia, por eso se pregunta: ¿dónde hay, entonces, justicia? Al parecer, la justicia sólo existe cuando hay compasión; la compasión es el fin del sufrimiento, la compasión no nace de ninguna religión ni pertenece a ningún culto. Uno puede tener supersticiones o inventar dioses, pero no por eso es compasivo, para tener compasión uno debe estar por completo, totalmente libre de cualquier condicionamiento; ahora bien, ¿es posible esa libertad?
Durante millones de años el cerebro humano ha sido condicionado, eso es un hecho y, al parecer, cuantos más conocimientos tenemos de las cosas de la Tierra y de los cielos más esclavizados estamos; pero sólo cuando hay compasión viene la inteligencia, y esa inteligencia tiene la claridad de la justicia. Hemos inventado las ideas del karma, de la reencarnación, y pensamos que inventando estas ideas, estos sistemas de algo que sucederá en el futuro, resolveremos el problema de la justicia, pero tan sólo hay justicia cuando la mente tiene claridad y es compasiva.
Nuestros cerebros son instrumentos muy complejos, nuestro cerebro, mi cerebro, es el cerebro de la humanidad, no sólo es el desarrollo que tiene desde que nacemos hasta que morimos, sino que ha evolucionado desde tiempos remotos y ha condicionado nuestra consciencia; esa consciencia no es personal, es la base en la cual los seres humanos se apoyan. Cuando uno observa esa consciencia con todo su contenido de creencias, de dogmas, conceptos, miedos, placeres, agonías, soledad, depresión y desesperación, se da cuenta de que no es una consciencia individual, el individuo no es el dueño de esa consciencia, estamos profundamente condicionados para pensar que somos individuos separados, pero nuestro cerebro no es suyo ni mío, no estamos separados.
Nuestro cerebro ha sido condicionado por la educación, por la religión, a fin de pensar que somos entidades separadas, almas separadas, etc., pero en realidad no somos individuos, somos el resultado de miles de años de experiencias, de esfuerzos y luchas humanas, de modo que estamos condicionados y, por tanto, nunca somos libres. Mientras vivamos con o de un concepto, con una conclusión, con ciertas ideas o ideales, nuestros cerebros no serán libres y, en consecuencia, no habrá compasión. Si uno está libre de todo condicionamiento, lo cual significa estar libre de ser hindú, cristiano, musulmán o budista, libre de estar atrapado en una especialización, aunque la especialización pueda tener su lugar, libre de dedicar la vida a conseguir dinero, entonces puede conocer lo que es la compasión.
Mientras el cerebro esté condicionado, tal como lo está ahora, la humanidad no será libre; a través del conocimiento no hay avance, tal como algunos filósofos y biólogos afirman. El conocimiento es necesario para conducir un automóvil, para los negocios, para ir a algún lugar, para el desarrollo tecnológico, etc., pero ese conocimiento psicológico que uno acumula de sí mismo y que termina siendo memoria, como resultado de las presiones externas y de las demandas internas, no es necesario en absoluto.
Nuestras vidas están divididas, fragmentadas, rotas, nunca son un todo, nunca observamos de forma holística, siempre lo hacemos desde un punto de vista particular, nosotros mismos estamos divididos y, por consiguiente, nuestras vidas son en sí mismas contradictorias, nunca miramos la vida como un todo, de forma completa e indivisible. La palabra “todo” significa ser íntegro, sensato, también significa sagrado, esa palabra tiene un gran significado, no se trata de que varios fragmentos o partes se integren en nuestra consciencia humana, aunque nosotros siempre intentamos integrar varias contradicciones. Ahora bien, ¿es posible mirar la vida como un todo, ver el sufrimiento, el placer, el dolor, la tremenda ansiedad, la soledad, el ir a la oficina, el tener una casa, sexo, hijos, como actividades que no están separadas, como un movimiento holístico, una acción unitaria? ¿Es realmente posible o debemos vivir siempre en fragmentos y, por tanto, estar en perpetuo conflicto?
¿Podemos observar la fragmentación y la identificación con estos fragmentos? Observar, no corregir, no superarlos, no escaparnos o reprimirlos, sino observarlos, no se trata de lo que uno pueda hacer, porque si intenta hacer algo al respecto, entonces estará actuando desde un fragmento y, en consecuencia, cultivando más fragmentación y división. Sin embargo, si puede observar holísticamente todo el movimiento de la vida como un único movimiento, no sólo terminará el conflicto con su energía tan destructiva, sino que también de esa observación surgirá una forma de afrontar la vida totalmente nueva.
Me pregunto si uno se percata de lo fragmentada que es la propia vida cotidiana, y si uno se da cuenta, ¿no debe, entonces, preguntarse si es posible unificarlo como un todo? Pero ¿quién será la entidad, el “yo”, que unificará estas partes y las integrará, no es también esa entidad un fragmento? El pensamiento en sí mismo es un fragmento, porque el conocimiento de algo nunca es completo, el conocimiento es memoria acumulada y el pensamiento es la respuesta de esa memoria, por consiguiente, es limitado; el pensamiento nunca puede generar una observación holística de la vida.
Así pues, ¿es posible observar los diversos fragmentos de nuestra vida cotidiana y mirarlos como un todo? Uno es profesor, maestro, ama de casa, o un sanyasi, todo esto son fragmentaciones de la vida diaria, y ¿puede uno observar todo el movimiento de la propia vida fragmentada con sus motivos separados y divididos, puede uno observarlos sin el observador? El observador es el pasado, es los recuerdos acumulados, el observador es el pasado y el pasado es tiempo, por tanto, el pasado está mirando estos fragmentos, pero el pasado al ser memoria, en sí mismo también es el resultado de fragmentos anteriores.
De modo que… ¿puede uno observar sin el tiempo, sin el pensamiento, sin los recuerdos del pasado y sin la palabra? La palabra es el pasado, la palabra nunca es la cosa, y nosotros siempre miramos a través de la palabra, a través de explicaciones que son una actividad de las palabras, nunca tenemos una percepción directa; sin embargo, la percepción directa transforma las mismas células cerebrales. Nuestro cerebro se ha condicionado a través del tiempo y de la actividad del pensamiento, está atrapado en este círculo, pero cuando hay una observación pura de cualquier problema se produce una transformación, una mutación en la misma estructura de las células.
Nosotros hemos creado el tiempo psicológico, el tiempo como logro, somos unos maestros del tiempo interno que el pensamiento ha procesado, por eso debemos comprender la naturaleza del tiempo que el hombre ha creado; pero ¿por qué los seres humanos en lo psicológico, internamente, han creado el tiempo, tiempo para llegar a ser bueno, para liberarse de la violencia, para alcanzar la iluminación, para lograr algún estado elevado de la mente, o para meditar? Si uno actúa dentro del campo del tiempo está generando contradicción y, en consecuencia, conflicto, porque el tiempo psicológico es conflicto.
En realidad, es un gran descubrimiento si nos damos cuenta del hecho de que uno es el pasado, el presente y el futuro, lo cual es tiempo como conocimiento psicológico, y eso genera una división en nuestra consciencia, entre nuestra vida actual y el tiempo restante que es la muerte. Es decir, uno vive con los propios problemas y la muerte es algo que debe evitarse, posponerse, colocarla a gran distancia, aunque observar holísticamente todo el movimiento de la vida es vivir con ambas, con la vida y con la muerte, pero como nos aferramos a la vida y eludimos la muerte, ni siquiera queremos hablar de ella, sin embargo, la muerte forma parte de la propia vida superficial y psicológica de uno, y aun así seguimos tratando de distanciarnos de ella.
¿Qué es la muerte, no es una parte de la propia vida de uno? Puede que uno esté temeroso, que quiera evitar la muerte y prolongar la vida, pero al final la muerte siempre está ahí.
¿Qué es el vivir, lo cual es nuestra consciencia? La consciencia es su propio contenido y el contenido no es diferente de la consciencia, la consciencia es lo que uno cree: las propias supersticiones, los dioses, los rituales, la envidia, la ambición, la competitividad, la profunda soledad, el apego, el sufrimiento, todo esto es la consciencia de uno, uno es todo esto. No obstante, esa consciencia no es sólo de uno, es la consciencia de la humanidad, uno es el mundo y el mundo es uno, uno es la consciencia con su contenido.
Ese contenido es la base sobre la cual se apoya toda la humanidad, por tanto, en lo psicológico, en lo interno, uno no es un individuo. Externamente, uno puede tener un aspecto distinto al de otras personas, puede ser amarillo, moreno, negro, alto o bajo, ser una mujer o un hombre, pero internamente, en lo profundo somos similares, quizá con alguna variación, pero esa similitud es como un hilo que mantiene juntas las perlas de un collar.
Debemos comprender lo que es el vivir y entonces, podremos preguntar qué es el morir; lo que sucede antes de morir es más importante que lo que sucede después de la muerte, es decir, antes del final, mucho antes del último minuto, ¿qué es el vivir? ¿Es el vivir un esfuerzo y un conflicto en el cual no hay ninguna relación de unos con otros, es el vivir esa profunda sensación de soledad interna? Para escapar de eso que llamamos “vivir” vamos a las iglesias, a los templos, rezamos y adoramos, pero eso no tiene ningún valor; si uno tiene dinero se satisface con extravagancias, ya conocen todos los trucos que utilizamos para evadirnos de nuestra propia consciencia, del estado real de nuestra mente, y a eso lo llamamos “vivir”.
La muerte es el final de todas las cosas conocidas, es el final de todos los apegos, de todo el dinero que ha acumulado y no puede llevarse, esa es la razón de que sienta miedo, pero el miedo es parte de su vida y cualquier cosa que haga, por muy rico, por muy pobre, por muy alta que sea su posición social y por mucho poder que tenga, siempre está ese final al que llamamos “la muerte”.
Pero… ¿qué es eso que muere? Muere el “yo” con todas las acumulaciones que ha almacenado en la vida, con todo el dolor, la soledad, la desesperación, las lágrimas, las risas, el sufrimiento que es el ‘yo’ con sus afirmaciones, toda esa acumulación es el “yo”, y aunque uno pretenda tener un espíritu, un atman, un alma más elevada, algo eterno, esa pretensión es un invento del pensamiento, y el pensamiento no es sagrado.
Así que nuestra vida es ese “yo” al que nos aferramos, al que estamos apegados, y la muerte es el final de eso. Tenemos miedo de lo conocido y de lo desconocido; lo conocido es nuestra vida y tenemos miedo de la vida, y lo desconocido es la muerte de la cual también tenemos miedo.
La muerte es la negación completa del pasado, del presente y del futuro, que constituyen el “yo”, y al estar temerosos de la muerte creemos que hay otra vida para vivir, creemos en la reencarnación, lo cual es una bonita, una hermosa y confortable proyección inventada por las personas que no comprenden lo que es el vivir, que ven la vida como sufrimiento, como un constante conflicto, una interminable desdicha, con alguna esporádica sonrisa o alegría, y que dicen: «Tendré una nueva vida, después de la muerte me reuniré con mi esposa o mi esposo, con mi hijo o con mi Dios», pero siguen sin comprender lo que son ni a lo que están apegados. Uno debe investigar con mucho detenimiento y profundidad los propios apegos, porque la muerte no permite llevarse nada cuando uno muere.
¿Puede el cerebro, la consciencia humana, estar libre de ese miedo a la muerte? Como uno es un experto del tiempo psicológico, ¿es posible vivir con la muerte y no mantenerla como algo separado que hay que evitar, que posponer, que olvidar? La muerte es parte de la vida, ¿puede uno entonces, vivir con la muerte y comprender el significado de terminar? Eso quiere decir comprender el significado de la negación, negar es terminar con los propios apegos, con las propias creencias, y si uno lo hace, si termina con ellos, surge algo completamente nuevo; por tanto, ¿puede negar todo apego mientras uno vive? Eso significa vivir con la muerte.
La muerte es un final y tiene una extraordinaria importancia en la vida, no se trata del suicidio ni de la eutanasia, sino de terminar con los propios apegos, el propio orgullo, el propio antagonismo o el odio hacia otro. Si uno mira la vida holísticamente, entonces el vivir, el morir, la agonía, la soledad y el sufrimiento son todo un solo movimiento; si uno mira holísticamente hay libertad total de la muerte, hay una sensación de terminar y, por tanto, deja de haber continuidad, hay libertad del miedo de no tener la posibilidad de continuar, aunque el cuerpo finalmente perecerá.
Cuando un ser humano comprende el pleno significado de la muerte tiene esa vitalidad, esa plenitud que yace detrás de la comprensión, ese ser humano está fuera de la consciencia de la humanidad. La vida y la muerte son una sola cosa cuando uno empieza a morir en vida, entonces uno vive codo con codo con la muerte, y si uno comprende esto, esa es la cosa más importante que puede hacer, porque el pasado, el presente y el futuro dejan de existir, tan sólo queda el terminar.
Charla pública en Bombay, la India
6 de febrero de 1982
Tomado del libro Krshnamurti Esencial.
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