— “¡Ponme la cadenita!” —dijo el niño con los ojos llenos de esperanza…
Aquella mañana fue como tantas otras:
— ¡Levántate ya! ¡Lávate la cara! ¡Péinate! ¡Ponte la camisa… rápido!
— ¡No hay tiempo para desayunar! Toma el jugo en el camino, pero no lo vayas a tirar.
— ¿Qué te dije, tonto? ¡Ya te manchaste! Me tienes harto. Nunca haces nada bien.
El niño guardaba silencio. No podía decir “papá”. Tenía miedo.
En la escuela no se concentraba. Siempre distraído. Siempre triste.
Se preguntaba por qué otros niños eran felices… y él no.
Esa tarde, en un acto de valentía, le habló:
—Hoy la maestra me preguntó: “¿En qué trabaja tu papá?”
Y no supe qué decir…
— Entreno perros —respondió el hombre, sin levantar la vista.
— ¿Y qué les enseñas? —preguntó curioso el niño.
— A ser obedientes. A no hacer destrozos. A proteger. A guiar a ciegos. A rescatar vidas. A ser pacientes, valientes y leales. Y todo eso… sin pedir nada a cambio.
— ¿Y cómo los entrenas?
— Solo les pongo una cadenita. Camino con ellos, les hablo, los corrijo sin lastimarlos y luego los acaricio… Porque necesitan sentir que no estoy enojado con ellos. Pero requiere paciencia… mucha paciencia.
El niño tragó saliva. Sus ojitos se llenaron de lágrimas.
Levantó la vista, y con voz temblorosa dijo:
— Ponme la cadenita, papá… Quiero aprender contigo. Quiero que me corrijas sin gritar. Que me acaricies después. Que me tengas paciencia… Yo cuidaré la casa, aprenderé a proteger a los demás. Y si un día tú quedas ciego… yo seré tus ojos. Solo… ponme la cadenita.
El padre rompió en llanto. Y en ese abrazo… nació otra cadenita, invisible, pero real. Una hecha de amor, comprensión y ternura. Una que, si se cuida, nunca se rompe.
Que no se nos olvide: los nuestros también necesitan tiempo, cariño y paciencia. Porque el amor no se grita… se demuestra.
Tomado del muro de facebook de Raúl Puerto Ramírez
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