El ego es el chivo expiatorio de la espiritualidad. Como no podemos culpar a nadie de todo lo que nos pasa, hemos elaborado este concepto del ego para echarle las culpas de todo. Esto genera mucha confusión, pues en realidad el ego no existe. No es más que una idea, la etiqueta que le ponemos a un movimiento al que hemos vinculado nuestro sentido del yo.
Si tenemos en cuenta que el ego es una idea que realmente no existe, veremos que muchas personas «espirituales» le echan la culpa, injustamente, de todo aquello de lo que les gustaría librarse. Interpretan erróneamente que lo que surge en ellos (un pensamiento, tal vez, una sensación, una predisposición o un momento de sufrimiento) es una prueba del ego, y así justifican su existencia. Creen que el ego existe porque muchas cosas lo evidencian. Nos encontramos con muchas cosas que prueban o evidencian la existencia del ego, pero nunca llegamos a descubrirlo.
Cuando exhorto a la gente a observar su ego, nunca lo encuentran. Un pensamiento o una emoción de rabia desencadenan la siguiente: «Vaya, tengo que librarme de eso, es mi ego». Es como si se utilizase todo lo que le sucede a las personas, especialmente a las interesadas en la espiritualidad, para probar la existencia de un ego que hubiese que aniquilar. Y, sin embargo, nadie lo encuentra. Sigo esperando que alguien me lo muestre. He visto muchos pensamientos, muchas sensaciones y emociones. He observado expresiones de rabia, de alegría, de depresión y de dicha, pero sigo esperando que alguien me enseñe el ego.
Muchas personas asumen que la existencia de todas esas cosas conlleva la presencia de un chivo expiatorio en su interior, de algo o alguien a quien podamos culpar. Así es como entendemos el ego. Pero eso no es el ego. Las cosas a veces son tan simples como aparentan. A veces un pensamiento no es más que un pensamiento, una sensación no es más que una sensación y una acción no es más que una acción, sin ningún ego de por medio. Pero el ego, si es que existe alguno, es el pensamiento de que está ahí. Todo surge espontáneamente y si existe algún ego, no es más que el movimiento concreto de la mente diciendo «es mío».
No obstante, este pensamiento de «es mío» suele surgir después de un pensamiento o de una emoción, como en el caso de «estoy confundido: es mío» o «estoy celoso: es mío»; también puede tomar la forma de «me pertenece», en respuesta a la aparición de cualquier experiencia. Creemos que el ego estaba presente y que fue el que generó ese pensamiento, sensación o confusión. Sin embargo, cada vez que nos ponemos a buscar el ego directamente, descubrimos que no existía con anterioridad al pensamiento, sino que surgió después de él. Es la interpretación de un determinado acontecimiento, de un pensamiento o de una emoción. La suposición que sigue al hecho es lo que «es mío». El ego es también la interpretación que dice «no es mío» después de un hecho: el rechazo de un pensamiento o de una sensación. Esa postura evidencia la existencia de alguien que no es dueño de esos pensamientos o sensaciones. Es el mundo de la dualidad. Es mi pensamiento, mi confusión, o lo que sea; o no es mi pensamiento ni mi confusión, no son míos. Ambos son movimientos o interpretaciones de lo que es. El ego no es más que esta interpretación, este movimiento de la mente y, por eso, nadie lo encuentra. Es como un fantasma. No es más que un movimiento condicionado de la mente.
Desde nuestra más tierna infancia recibimos mensajes del tipo «eres precioso», «eres inteligente», «has tenido buenas notas, eres bueno» o «no has tenido buenas notas, no eres tan bueno». El niño empieza a creérselo enseguida, empieza a sentirlo, a apropiarse de esa esencia emocional en forma de «yo». Del mismo modo, alguien que tenga un pensamiento enseguida empezará a sentir ese pensamiento. Si se pone a pensar en un día feliz y soleado, su cuerpo empezará a adquirir ese tono, sintiendo algo que en realidad no existe. Esto se complica mucho cuando alguien oye que debe librarse del ego, pues ¿quién va a librarse del ego? ¿Qué es lo que está intentando librarse del ego? Al creer que tenemos que hacer algo con él, seguimos alimentándolo.
El ego es un movimiento. Es un verbo. No es algo estático. Es el movimiento mental que surge después del hecho. Los egos están siempre en medio. En el camino psicológico, en el espiritual, en el de conseguir más dinero o un coche mejor. Ese sentido del «yo» se está formando continuamente, se está moviendo siempre y continuamente intenta conseguir algo. O, si no, hace todo lo contrario: retrocede, rechaza, niega. Para que este verbo siga moviéndose tiene que haber movimiento. Tenemos que ir hacia delante o hacia atrás, tenemos que acercarnos a algo o alejarnos de algo. Tenemos que culpar a alguien y, generalmente, nos autoinculpamos. Tenemos que dirigirnos a alguna parte porque, si no, no seríamos nada. Así que si no formamos el verbo (llamémoslo «egocentrarse»), deja de funcionar. En cuanto el verbo se detiene, deja de existir verbo alguno. En cuanto dejas de correr, eso que se llama correr deja de existir, desaparece. No sucede nada. La sensación del ego tiene que moverse continuamente porque, en cuanto se detiene, desaparece, como cuando tus pies se paran y el acto de correr deja de existir.
Cuando lo interiorizamos y empezamos a ver que no existe ningún ego, sino sólo el verbo «egocentrarse», empezamos a ver el ego como lo que en verdad es. Esto detiene de forma natural nuestra persecución o huida. Esta parada se tiene que producir suavemente y de una forma muy natural, porque si hacemos por detenernos, el movimiento surgirá otra vez. En cuanto intentamos hacer lo adecuado a nivel espiritual para librarnos del ego, lo perpetuamos. Si nos damos cuenta de que esto no es más que «egocentrarse», podremos detenernos sin hacer nada.
Podrías encontrar un centenar de encinas y todas ellas tendrían personalidad, pero ninguna tendría ego. Así que el fin de este verbo llamado ego no tiene nada que ver con el fin de la personalidad. No tiene que ver con nada que nos permitiera señalarla con el dedo: con ningún pensamiento, sensación o ego. Si tuviésemos que detenernos, o si el mundo necesitase detenerse para ser libre, estaríamos ante un grave problema. Lo que se detiene es el movimiento de convertirse en algo, de acercarse a algo o de alejarse de algo.
Con sólo observar veremos que nada de lo que surge contiene una naturaleza de ego o de «yo». Si surge un pensamiento, será sólo un pensamiento. Si lo que surge es confusión, no irá asociada a ninguna naturaleza del «yo». Si nos limitamos a observar veremos que todo surge espontáneamente, y que no hay nada que contenga inherentemente una naturaleza del «yo». La naturaleza del ego sólo surge después del pensamiento.
En cuanto nos creemos lo que aparece después del pensamiento entendemos el mundo desde una perspectiva concreta: «Estoy enfadado, confundido, ansioso, feliz, deprimido; no estoy iluminado o, peor aún, estoy iluminado». De pronto, este pensamiento creencia del yo tiñe todo lo que vemos, todo lo que hacemos y todas nuestras experiencias. La gente piensa que la espiritualidad es un estado alterado, pero el estado alterado es la ilusión. La espiritualidad tiene que ver con el despertar, con ningún otro estado.
Mi maestro me dijo una vez: «Si esperas que la mente se detenga, puedes seguir esperando toda la vida». De pronto me vi en la necesidad de reorientar mi camino hacia la iluminación. Había invertido mucho tiempo en intentar detener la mente y comprendí que tenía que buscar otra forma de actuar.
La instrucción espiritual «limítate a quedarte quieto» no se dirige ni a la mente, ni a las sensaciones, ni a la personalidad. Se dirige a lo que surge tras el pensamiento y se apropia del crédito y de la culpa cuando dice «es mío». ¡Detente! Ahí es donde debes pararte. Limítate a detener eso. Y entonces, en ese momento, siente la disolución de la sensación del yo. Cuando la sensación del yo se disuelve no sabe qué hacer, si ir hacia delante o hacia atrás, a la derecha o a la izquierda. Esa parada es lo que importa. Lo demás no es más que un juego. Cuando te detienes de esta forma, surge otro estado del ser, un estado no dividido. ¿Por qué? Porque dejamos de luchar contra nosotros mismos.
Al oír estas palabras, la mente podría preguntarse: «¿Qué es un estado no dividido del ser?». Así se perdería lo que estuviera sucediendo en ese momento. Sentimos un estado del ser no dividido; no podemos encontrarlo en ningún campo abstracto ni conceptual, pues ese campo sería un estado dividido. Cuando nos damos la oportunidad de disolvernos y nos quedamos en ese estado indefenso, sin resistencias, sin tratar de probar nada ni de negar nada, entramos en contacto con lo no dividido. Cuando estamos, literalmente, en el cuerpo, y más allá del cuerpo, surge un estado en el que ese cuerpo deja de estar en lucha consigo mismo. Aunque la mente siga teniendo pensamientos, éstos no estarán enfrentados entre sí. Investiga sobre tu verdadera naturaleza, sobre lo que en verdad eres, pues esa curiosidad te permitirá acceder al estado no dividido. En ese estado comprenderás que no sabes quién eres, entre otras cosas. Antes de eso, cuando sabías quién eras, estabas dividido infinitamente. Desde aquí, sin división alguna, la sensación del yo pensada, restringida y oprimida no tiene cabida. Te conviertes en un misterio.
La división nos permite sentir el yo más fácilmente. Cuando estamos enfadados, por ejemplo, está ahí. Pero cuando sólo hay rabia y no nos identificamos con ella, incluso la rabia termina desapareciendo. Es una energía que surge y desaparece. ¿Y entonces yo qué soy? Si no soy «mi» rabia, si «yo no soy» lo que está dividido, ¿entonces qué soy?
Permite que el misterio del ser se desvele de un modo experiencial. Empieza por ser, en vez de pensar. Por el simple hecho de ser esta conciencia presente, según se vaya desvelando el misterio, nos iremos haciendo cada vez más brillantes. Entonces el sentido de identidad empezará a desaparecer tras la división y el conflicto interno. La mente descubre que no puede aferrar su identidad a ningún sitio, así que la identidad empieza a deconstruirse y se transforma en apertura. Misteriosa y paradójicamente, cuanto más se deconstruye la identidad, más vivos y presentes nos sentimos. El yo se transforma en una especie de azúcar disuelto en agua, hasta que deja de existir y, a pesar de eso, nosotros seguimos existiendo. Buda podría haber dicho: «Todo el azúcar queda disuelto: no queda nada del yo». Ramana Maharsi podría haber dicho: «El azúcar queda disuelto en el agua, así que el azúcar y el agua son lo mismo: el Ser es lo único que existe».
La libertad suprema del ego inexistente es darse cuenta de que es irrelevante. Mientras siga creyendo que es relevante, seguirá «formándose». Las mejores intenciones del mundo sólo sirven para alimentarlo. «Cada día me libero más y llegará un día en el que me libere por completo y no tenga nada de ego.» ¿A qué te suena eso? Es el ego. Pero si en un instante de visión somos capaces de ver que el yo es irrelevante, el juego se acaba. Es como si un jugador de Monopoly creyera que su vida depende de ganar la partida y, de pronto, se diese cuenta de que ganar o no ganar es irrelevante: no importa. Tal vez siguiera jugando. Tal vez se fuera a por un bocadillo. Esta vida no se basa en ganar la partida espiritual; se basa en despertar de la partida.
Nosotros también estamos formados por «condicionantes». No es el ego. Los condicionantes son condicionantes; no son condicionantes del ego. Son una especie de programas instalados en un ordenador. El hecho de instalar un programa no implica que el ordenador tenga ego. Simplemente recibirá unos condicionantes temporales. Al llegar a la edad adulta, el cuerpo-mente ha sido totalmente condicionado. Ha culpabilizado al ego de esos condicionantes aunque éstos no procedieran de él. El ego es lo que surge después del pensamiento y en pos del condicionante, que es donde se produce la verdadera violencia.
Cuando nos damos cuenta de que los condicionantes son una especie de programa proporcionado a través de los códigos genéticos, de la sociedad, de los padres, de los maestros, de los gurús, etc., empezamos a reconocer que los condicionantes no tienen ser alguno. A la mente le asusta esto, pues si los condicionantes no tienen ser, no podemos echarle la culpa a nadie. Autoculparnos o culpar a cualquier otra persona tiene tan poco sentido como echarle la culpa a nuestro ordenador del disco que le hemos metido. Observa el momento presente para ver tus condicionantes y verás que ahí no hay culpa alguna. Los condicionantes forman parte de la existencia. Si nuestro cuerpo no tuviese condicionantes ni programación dejaríamos de respirar, el cerebro se ablandaría y la inteligencia dejaría de existir: eso es otro condicionante.
Los condicionantes se mantienen firmemente anclados en nosotros porque los interpretamos como algo nuestro. Entonces, evidentemente, nos inculpamos, culpamos a los demás y procuramos librarnos de ellos porque pensamos «yo los creé», «yo no los creé» o «puedo librarme de ellos», y a la mente no le gusta eso. Ésta se engaña creyendo que puede librarse de los condicionantes, pero cuando la verdad se hace presente, nos sentimos cada vez menos divididos. Si no reivindicamos los condicionantes como nuestros, surgirán en un estado no dividido, al que podríamos denominar estado del ser no dividido. Cuando los condicionantes se encuentran con un estado no dividido, se produce una transformación alquímica. Ocurre un milagro sagrado.
Cada vez que surge algo podemos tener la experiencia de «yo soy esto» o «aquí estoy otra vez: yo no soy eso». Ambos son movimientos de la mente posteriores al pensamiento, y se conocen mejor como ego. Pero en el estado no dividido pueden suceder dos cosas. La primera, un despertar de nuestra verdadera naturaleza, que es un estado no dividido, este ser no dividido. Lo segundo que puede ocurrir es que el condicionante, la confusión heredada inocentemente a través de la ignorancia, se reunifique consigo mismo. Cuando los condicionantes surgen en una persona cuyo ser no está dividido, por lo que no se apropia de ellos ni los niega, puede ocurrir un proceso alquímico sagrado a través del cual los condicionantes se reunifican solos. Al igual que el barro en el agua, los condicionantes se hunden sin hacer nada. Es una especie de milagro natural.
Esto conlleva una gran delicadeza, pues si se da la más mínima apropiación o el más mínimo rechazo de apropiación, el proceso se corrompería de un modo u otro. Tenemos que mostrarnos suaves y abiertos interiormente, pues esta sensación de no división es muy suave; no podemos ser tan bruscos como un martillo que estuviese clavando una punta. Por esta razón, las enseñanzas espirituales hacen hincapié en la humildad, que nos ayuda a penetrar en la verdad de nuestro ser de forma suave y humilde. No podemos asaltar las puertas del cielo. En cambio, tenemos que desarmarnos cada vez más. De ese modo, la conciencia pura del ser se hará cada vez más brillante y comprenderemos lo que somos. Somos ese brillo.
Cuando se hace muy brillante vemos que somos este brillo, este resplandor, y empezamos a comprender, desde nuestra experiencia, en qué consiste todo este nacimiento en forma de ser humano. Este brillo se da sentido a sí mismo, a cada gota de confusión, a cada gota de sufrimiento. El Ser sagrado dará sentido a todo lo que el yo evitaba. Este brillante Ser comienza a descubrir su verdadera naturaleza y desea liberarse de todo, disfrutarlo todo y amarse en todos sus sabores. Lo verdaderamente sagrado es el amor por lo que es, no el amor por lo que podría ser. Este amor libera lo que es.
El verdadero corazón de todos los seres humanos ama lo que es. Por eso no podemos escapar de nosotros mismos en forma alguna. No porque seamos un desastre, sino porque somos conscientes, y con este nacimiento le damos sentido a todo. Independientemente de lo confundidos que estemos, le daremos sentido a todas las partes que hayamos dejado fuera de la partida. Es el nacimiento de la compasión y del amor verdadero. Desde hace mucho tiempo, las tradiciones espirituales dicen que para llegar al amor debemos deshacernos de muchas cosas. Pero eso es un mito. En realidad, lo que nos libera de verdad es el amor.
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