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Artículo La Matriz Divina – 6ta. Parte

CAPITULO SIETE

COMO COMPRENDER LOS REFLEJOS DE LAS RELACIONES:

MENSAJES DESDE NUESTRO INTERIOR

«La vida es un espejo que refleja al pensador los pensamientos que él le entrega»

Ernest Holmes (1887-1960), fundador de la Ciencia de la Mente

«El reino está en tu interior y en tu exterior…

No hay nada escondido que no llegue a manifestarse»

Palabras de Jesús, registradas por Didymos Judas Tomás, en la biblioteca Nag Hammadi

Además de ser el contenedor de nuestras experiencias, la Matriz Divina nos ofrece el espejo cuántico que manifiesta en nuestro mundo lo que hemos creado por medio de nuestras creencias. A través de nuestras relaciones con los demás, nos presenta los más claros ejemplos de lo que en realidad son esas creencias. Algunas veces nuestros espejos son obvios y nosotros decimos: «¡Y qué! Así funcionan las cosas». Y en otras ocasiones, nos sorprenden reflejándonos la sutil realidad de un juicio muy distinto a lo que pensábamos que creíamos. Revelan nuestros puntos ciegos.

Independientemente de lo que nos enseñan nuestros espejos, es pasando tiempo con los demás que se activan las emociones y los sentimientos apropiados, en el momento preciso de nuestras vidas, para ayudarnos a sanar nuestras mayores penas y nuestras heridas más profundas. Nuestras relaciones nos muestran nuestras alegrías y amores, así como nuestros miedos. Pero, debido a que casi nunca nos quedamos «estancados» en la alegría, las relaciones puramente agradables generalmente no activan las lecciones más profundas de la vida.

Las relaciones son nuestra oportunidad de vernos en todas las formas imaginables. Desde las mayores traiciones a nuestra confianza, hasta los intentos más desesperados de llenar nuestro vacío, todas las personas (incluyendo colegas, compañeros de clases y compañeros de vida) nos muestran algo sobre nosotros mismos. Si tenemos la sabiduría de reconocer los mensajes que nos están siendo reflejados, descubrimos las creencias que causan el sufrimiento en nuestras vidas.

He conocido personas que me han dicho que han decidido hacer una pausa en todo tipo de relaciones, o que jamás volverán a tener una, porque es demasiado doloroso para ellos. La verdad es que siempre nos estamos relacionando con alguien o con algo. Incluso, si vivimos en una montaña y jamás vemos a otro ser humano, aún así tenemos una relación con la montaña y con nosotros mismos. En esas interacciones, se manifiesta el verdadero reflejo de nuestras creencias fundamentales.

¿La razón? nuestros espejos en el mundo jamás cesan; siempre están en acción. ¡No hay escapatoria! Y los espejos jamás mienten.

Clave 19: Nuestras verdaderas creencias se reflejan en nuestras relaciones más íntimas.

La Matriz Divina ofrece una superficie neutra que simplemente refleja lo que se proyecta en ella. La cuestión es si comprendemos o no su lenguaje. Quizá una mejor pregunta es: ¿reconocemos el mensaje que nos estamos enviando nosotros mismos por medio de la Matriz Divina?

En el siglo XX, el fundador de Ciencia de la Mente, Ernest Holmes afirmó: «La vida es un espejo que le refleja al pensador los pensamientos que él le entrega». Numerosas tradiciones antiguas reconocieron esta conexión y valoraron los reflejos de las relaciones como el sendero a la totalidad y a la unión con la Divinidad. Por ejemplo, los textos coptos, gnósticos y esenios que se han descubierto como parte de la biblioteca de Nag Hammadi en 1945, nos muestran una serie de espejos que enfrentaremos en algún punto de nuestras vidas. Aunque pueden estar siempre presentes, parece que hay un orden en la forma en que los reconoceremos.

En estas tradiciones espirituales, se creía que cuando sanamos nuestros sentimientos de dolor, controlamos los patrones que permiten que exista el sufrimiento. Es decir, para superar el miedo que puede existir hoy en nuestras vidas, primero debemos conquistar los patrones que permiten su existencia.

LOS CINCO ESPEJOS ANTIGUOS DE LAS RELACIONES

El primer espejo:                                   Refleja el momento

 El segundo espejo:                              Refleja lo que juzgamos en el momento

                   El tercer espejo:        Refleja lo que hemos perdido, entregado o nos han quitado

El cuarto espejo:                                Refleja nuestra Noche Oscura del alma

   El quinto espejo:                               Refleja nuestro mayor acto de compasión

Figura 12. Los espejos de nuestras relaciones listados en el orden en que por lo general los aprendemos. Usualmente, los espejos más obvios son los que reconocemos primero, permitiendo que el poder de los más profundos y más sutiles, emerja y se aclare.

En las siguientes secciones, exploraremos los cinco espejos de las relaciones desde el más obvio hasta el más sutil. La resolución de cada uno en secuencia es la ecuación codificada que permite nuestra máxima sanación en el menor tiempo posible. Las investigaciones científicas han demostrado que cuando cambiamos la forma en que nos sentimos respecto a lo que nos ha ocurrido en el pasado, cambiamos la química de nuestros cuerpos en el presente. Vivir en un universo en donde lo que sentimos respecto a nosotros se refleja en el mundo que nos rodea, se convierte en algo más importante que nunca para reconocer lo que nos están diciendo nuestras relaciones y aprender a leer los mensajes de la Matriz Divina.

EL PRIMER ESPEJO: REFLEJA EL MOMENTO

«Lees el rostro del cielo y de la tierra, pero no has reconocido a aquél que está ante ti,

y no sabes cómo interpretar este momento»

Evangelio de Tomás

Los animales son grandes espejos para activar las emociones sutiles que llamamos «problemáticas». En la inocencia de ser lo que son, pueden encender poderosas emociones de control y juicio respecto a la forma en que las cosas deberían o no deberían ser. Los gatos son un ejemplo perfecto.

Mi primera experiencia con gatos comenzó en el invierno de 1980. Trabajaba para una compañía de petróleo como geólogo experto en computadoras y vivía en un pequeño apartamento en Denver. Como miembro del departamento recién creado de servicios técnicos, pasaba la mayor parte de mis días, tardes y fines de semana aprendiendo los detalles de las nuevas computadoras y aplicando lo aprendido a los conceptos tradicionales de geología del petróleo. En realidad, no había considerado tener una mascota, simplemente porque nunca estaba en casa el tiempo suficiente para cuidar de ella.

Un fin de semana, un amigo que vino de visita me trajo un regalo inesperado: un hermoso gatito naranja y beige de unas cinco semanas de edad. Era el escuálido de la carnada y le puse de nombre Tigger como el tigre del libro infantil clásico Winnie-the-Pooh. Aunque no me permitían tener mascotas en mi apartamento, me sentí de inmediato atraído por Tigger y descubrí que la enorme presencia de su cuerpecillo le brindaba tanto a mi vida hasta extrañarlo cuando no estaba a mi lado. Me dije que sería algo temporal, decidí romper un poco las reglas y lo conservé. Y así, Tigger y yo nos convertimos en una familia.

Enseguida, entrené a mi nuevo amigo para que honrara las «zonas prohibidas» de nuestro hogar. Le enseñé a mantenerse alejado de los sofás, los estantes, y a no subirse a la nevera. Y sobre todo, no podía encaramarse en el alféizar de la ventana, para que todo el mundo lo viera, mientras yo estaba trabajando. Todos los días cuando regresaba a casa lo encontraba durmiendo en uno de los lugares permitidos. Todo parecía funcionar de maravilla en nuestra relación secreta.

Un día, regresé a casa de mi trabajo un poco más temprano de lo usual. Cuando abrí la puerta del apartamento, Tigger se despertó de un sueño felino profundo, justo en el estante de la cocina al lado del lavaplatos, un lugar que había sido definitivamente identificado como prohibido. Se sorprendió tanto de verme pasar por la puerta como yo de verlo sobre el estante. De inmediato, dio un brinco y se bajó regresando a su lugar sobre la cama, y esperó a ver mi reacción. Ahora, yo sentía curiosidad: ¿habría sido un incidente casual, o era una señal de lo que realmente ocurría cuando me iba de la casa a diario? ¿Conocía mis patrones tan bien que podía estar en el lugar correcto a la hora correcta cada vez que yo llegaba a casa en la tarde?

Ese día realicé una prueba. Salí al balcón, que daba a una hermosa zona verde, me escondí detrás de las cortinas y esperé pretendiendo que me había ido a trabajar. Al cabo de unos minutos, Tigger saltó de la cama y se fue directamente a la cocina.

Creyendo que me había ido, volvió a encaramarse en el estante al lado de la tostadora y de la máquina extractora de jugos. Estaba tan cómodo en su lugar que pronto comenzó a cabecear y se quedó dormido al lado del lavaplatos, un lugar al que nunca iba si sabía que yo estaba en casa.

Fue entonces cuando hablé con algunos amigos que también tenían gatos y aprendí algo que probablemente todos los dueños de felinos ya han descubierto. ¡Uno no entrena a un gato! Pues, aunque hay excepciones, por lo general los gatos hacen lo que quieren. Les gustan los lugares altos y gravitan alrededor de estantes, neveras y alféizares prohibidos. Aunque honren nuestras reglas en nuestra presencia, cuando están solos, los gatos gobiernan en sus propios mundos.

LOS ESPEJOS ESTÁN EN TODAS PARTES

La razón por la cual comparto esta historia es debido a lo que la conducta de Tigger «causó» en mí. Ante lo que él representaba, un simple gato, descubrí que me sentía frustrado, casi hasta la ira. Me miró directamente a los ojos y supe que estaba consciente de sus límites. Aún así, actuaba en contra de su entrenamiento y hacía lo que había decidido hacer, cuando decidía hacerlo.

Quizá no fue coincidencia que durante la época de mis problemas con Tigger advirtiera paralelos con las frustraciones en mi trabajo. De hecho, parecía que las personas que yo supervisaba estaban haciendo exactamente lo mismo que Tigger: ignorando las instrucciones que yo les daba para nuestros proyectos. Después de una tarde particularmente difícil, una de mis colegas vino y me preguntó por qué no la dejaba hacer su trabajo en paz. Le había asignado un trabajo y ella sentía que yo quería controlar cada paso de lo que hacía. Ese día, más tarde, cuando llegué a mi apartamento encontré otra vez a Tigger en la zona prohibida del estante de la cocina. Y esta vez, cuando me miró, ni siquiera se dignó a bajarse. ¡Yo estaba furioso!

Cuando me senté en el sofá a pensar, advertí el paralelo entre la «falta de respeto» de Tigger por mis reglas y la actitud que parecían adoptar mis colegas. En dos experiencias simultáneas, en apariencia no relacionadas, tanto Tigger como mis colegas me estaban mostrando algo importante de mí. Cada uno de ellos estaba reflejando un patrón tan sutil del que no había sido consciente hasta ese preciso momento. Se convirtió en el primero de una serie de espejos que tuve que reconocer en mi interior, antes de sanar otros más poderosos y delicados en mis relaciones.

Durante las décadas de los sesenta y los setenta era común que los profesionales de autoayuda nos dijeran que si no nos gustaba el mundo ante nosotros, deberíamos observar nuestro interior. Nos enseñaron que todo – desde la ira de nuestros colegas hasta las traiciones a nuestra confianza – es un reflejo de nuestras creencias más profundas. Los patrones con los que nos identificamos más fuertemente son a menudo los que no podemos ver en nuestras propias vidas. Este escenario es precisamente lo que estaba ocurriendo respecto a Tigger y a mis compañeros de trabajo.

No estoy sugiriendo que mis colegas estaban conscientes de cómo me estaban reflejando o del papel que este patrón estaba jugando en mi vida, estoy casi seguro de que no era así. Simplemente, por medio de nuestra dinámica, ellos hicieron surgir en mí algo que yo también descubrí. En esa época de mi vida, yo era el espejo del control. Puesto que el reflejo ocurrió en el momento, en vez de horas o días más tarde, pude ver la conexión entre mi conducta y sus reacciones. La clave de mi lección fue la respuesta inmediata.

EL ESPEJO DEL MOMENTO

Si observamos los estudios antropológicos de tribus escondidas en Asia, descubrimos lo importante que es reconocer la relación entre lo que hacemos y lo que pasa en el mundo. Cuando unos exploradores descubrieron una de las tribus «perdidas» (obviamente, sólo estaban perdidas para nosotros, pues ellos sabían exactamente quiénes eran y en dónde estaban localizados), se sorprendieron al encontrar que sus miembros no relacionaban el sexo con el embarazo. El espacio de tiempo entre el acto sexual y el momento del nacimiento era tan largo, que el nexo entre los dos eventos no era obvio para ellos. Éste es el valor de nuestros espejos, su inmediatez nos ayuda a comprender las conexiones reales y subyacentes entre eventos en apariencia dispares.

Si estamos viendo nuestras creencias representadas a través de nuestros espejos, entonces están ocurriendo ahora mismo. Cualquier reflejo que veamos nos brinda un momento de una oportunidad preciosa. Una vez que es reconocido, un patrón negativo puede ser sanado ¡en un santiamén! Reconocerlo es la primera clave respecto a la razón de su existencia. Con mucha frecuencia descubrimos que los patrones negativos reflejados en nuestras vidas están enraizados en uno de los tres miedos universales explorados en el capítulo anterior.

Cuando vemos nuestras creencias reflejadas en tiempo real en nuestras relaciones con los demás, experimentamos el primero de nuestros espejos, y es justamente eso: el espejo del momento.

Algunas veces, sin embargo, el reflejo del momento puede estar mostrándonos algo más sutil de lo que estamos haciendo en nuestras vidas; a veces nos revela lo que juzgamos en nuestras vidas. Cuando lo hace, experimentamos el segundo espejo de la relación.

EL SEGUNDO ESPEJO: REFLEJA LO QUE JUZGAMOS EN EL MOMENTO

«Reconoce lo que estás viendo, y aquello que estaba escondido de ti, se volverá evidente ante ti»

Evangelio de Tomás

En la década de los setenta, uno de mis instructores de artes marciales nos compartió el secreto de leer a un oponente: «Cada persona con la que compites es un espejo para ti. Como tu espejo personal, tu oponente te mostrará quién eres en el momento. Al observarlo, mientras se acerca a ti, estás viendo su reacción según cómo te percibe». A lo largo de mi vida, a menudo recuerdo las palabras de mi instructor y pienso en ellas. Más tarde, comencé a aplicar lo que dijo respecto a la competencia en el dojo con la forma en que las personas se comportaban en la vida. En 1992, me encontré involucrado en una experiencia en donde este espejo no tenía sentido en absoluto…, fue cuando descubrí la sutilidad del segundo espejo de las relaciones.

En el otoño de ese año, en un periodo muy corto de tiempo, aparecieron tres personas nuevas en mi vida. A través de ellas, pude experimentar tres de las relaciones más poderosas y dolorosas que he conocido de adulto. Aunque no lo reconocí en el momento, cada uno de ellos fue un maestro en formas que jamás hubiera imaginado que podría serlo. Juntos me enseñaron la lección que me aseguró que mi vida jamás sería la misma. Aunque cada relación me sirvió como un espejo exacto en el momento preciso, al principio no reconocí lo que me estaban enseñando.

La primera relación fue con una mujer que había llegado a mi vida con intereses y metas tan similares a los míos que decidimos vivir y trabajar juntos. La segunda, fue con un socio profesional que me iba a ayudar con el apoyo necesario para establecer y organizar seminarios en todo el país. La tercera relación fue una combinación de amistad y negocios que involucraba un hombre que cuidaba mi propiedad cuando me iba de viaje de trabajo, a cambio de un lugar para vivir en una de las construcciones de mi propiedad que no estaba en uso debido a que estaba siendo renovada.

El hecho de que estas relaciones llegaran a mi vida al mismo tiempo debió haber sido mi indicación de que algo iba a ocurrir, algo grande. Casi de inmediato, los tres comenzaron a probar mi paciencia, mi determinación y mi resolución. ¡Sentía que me estaban volviendo loco! Había discusiones y desacuerdos con los tres. Debido a que viajaba mucho, mi tendencia era ignorar las tensiones, evitando encontrar una resolución. Me encontré en una actitud de «esperar a ver qué pasa» hasta que regresara de mi siguiente viaje. Cuando lo hacía, las cosas estaban exactamente igual a como las había dejado y a veces hasta peor.

En ese momento, tenía una rutina que seguía cuando llegaba al aeropuerto después de cada seminario. Recogía mis maletas del área de equipaje, sacaba dinero en efectivo de un cajero automático para gasolina y una comida, e iniciaba mi trayecto de cuatro a cinco horas a casa conduciendo mi auto.

Sin embargo, en un viaje en particular, algo ocurrió que me obligó a enfocarme por completo en estas relaciones. Después de recoger mis maletas, fui al cajero a sacar dinero. Quedé horrorizado cuando la máquina imprimió un recibo mostrando que mi cuenta no tenía suficiente dinero como ¡para sacar veinte dólares para gasolina!

Esto era especialmente terrible, pues había programado la renovación de unos edificios de adobe de cien años de antigüedad en mi propiedad, y había entregado cheques de esa misma cuenta a los restauradores. Además de los gastos de hipoteca, oficina, viajes y familiares, la máquina me estaba diciendo que no había nada, absolutamente nada, para cubrir ninguna de mis otras obligaciones.

Sabía que tenía que haber un error. También sabía que a las 5:30 P.M. un domingo por la tarde en Nuevo México no iba a poder hacer nada, todo estaba cerrado hasta el lunes. Después de convencer al empleado del estacionamiento de que le pagaría por correo la cuenta de varios días, inicié mi largo camino a casa pensando en lo sucedido.

Cuando llamé a mi banco la mañana siguiente, quedé todavía más sorprendido. No podía creerlo, el balance de cero en la cuenta no era un error, en verdad no quedaba un centavo. De hecho, había menos que nada, un retiro no autorizado realizado por la mujer en quien había confiado mi negocio, había vaciado por completo la cuenta. Debido a las multas que implicaban cada uno de los cheques sin fondos, también me encontré de repente con un balance negativo causado por cientos de dólares en cargos de sobregiros.

Quedé atónito e incrédulo. Rápidamente mis emociones se convirtieron en ira, y la ira se convirtió en cólera. Mi mente recorría velozmente todas las personas a quienes les había entregado cheques que ahora no podría cubrir además del resto de las obligaciones pendientes. La violación de mi confianza y el hecho de que hubieran hecho caso omiso de mi persona y de mis compromisos era más doloroso de lo que esperaba.

Para empeorar las cosas, más tarde ese día, mi sociedad de negocios llegó a su punto de ebullición. Cuando abrí mi correo y observé las cuentas de los seminarios que ya había terminado, encontré diferencias en los gastos, y en pocos minutos me encontré en el teléfono reclamando mi parte de las ganancias, línea por línea.

Durante la misma semana, descubrí que el inquilino que vivía en mi propiedad estaba enfrascado en intereses que no solamente estaban opuestos directamente a nuestro acuerdo mutuo, sino que, además, era visto con malos ojos en el estado de Nuevo México. Evidentemente, no podía seguir ignorando lo que estaba ocurriendo en mis relaciones.

HAY MÁS DE UN ESPEJO

A la mañana siguiente, recorrí el camino empolvado desde mi propiedad hasta una gran montaña donde se observa el valle detrás de mi casa. Oré en silencio, caminé con cuidado sobre los surcos profundos de lodo y sobre las piedras sueltas pidiendo sabiduría para reconocer el patrón que me estaban mostrando de manera tan abierta, aunque yo no pudiera verlo. ¿Cuál era el hilo que entretejía estas tres relaciones? Recordé lo que había dicho mi instructor de artes marciales y me pregunté: ¿Cuál es el reflejo en común que estas tres personas me estaban manifestando con sus acciones?

De inmediato, las palabras comenzaron a recorrer mi mente, algunas tan rápido que desaparecieron, mientras otras se destacaron con claridad. En segundos, cuatro palabras emergieron sobre las otras: honestidad, integridad, verdad y confianza. Me hice más preguntas: Si estas personas están reflejando lo que soy en este momento, ¿me están mostrando que soy deshonesto? ¿He violado de alguna manera la integridad, la confianza y la verdad en mi trabajo?

Mientras me hacía la pregunta en mi mente, brotó un sentimiento de lo más profundo de mi ser. Dentro de mí; una voz — mi voz — gritaba: ¡No! ¡Por supuesto que soy honesto! ¡Por supuesto que tengo integridad! ¡Por supuesto que soy sincero y confiable! Estas cosas son las bases esenciales del trabajo que comparto con las personas.

Exactamente en el siguiente instante, surgió otro sentimiento, volátil al comienzo, luego más claro y más fuerte, hasta que quedó sólidamente presente ante mí para verlo y reconocerlo. En ese momento, el espejo se volvió cristalino: las tres personas que había atraído tan hábilmente a mi vida no me estaban mostrando lo que yo era en él momento, sino que cada una me presentaba otro reflejo más sutil del que nadie me había hablado antes. En nuestros enfrentamientos respecto a las creencias y estilos de vida, en lugar de presentarme lo que yo era, ¡me estaban mostrando las cosas que yo juzgaba! Estos individuos exhibían las cualidades que activaban una gran carga emocional en mí, las mismas cualidades que yo sentía que ellos habían violado.

En ese momento de mi vida era cierto que juzgaba enormemente la seriedad con que las personas tomaban los atributos de honestidad e integridad. Con toda seguridad, mi carga emocional se había acumulado desde mi infancia. En un momento, de repente mis experiencias pasadas se aclararon. De inmediato, recordé las veces que habían sido violadas en mi vida estas mismas cualidades: relaciones románticas del pasado en donde mis parejas no fueron sinceras, promesas de adultos que no fueron cumplidas, amigos y tutores de negocios bien intencionados que hicieron promesas que no hubieran podido cumplir ni en un millón de años…, y mi lista seguía y seguía.

Mis juicios respecto a esos asuntos se habían acumulado durante años a un nivel tan minucioso que ni siquiera había sido capaz de reconocerlos. Ahora, constituían la esencia de algo que ¡ya no podía ignorar! La magnitud del hecho de tener una cuenta bancada vacía, me convenció que tenía que entender los mensajes de estas relaciones antes de seguir con mi vida. Ése fue el día que aprendí el misterio profundo y sutil del segundo espejo de las relaciones: el espejo de las cosas que juzgaba en mi vida.

¿RECONOCE USTED SUS ESPEJOS?

Lo invito a examinar sus relaciones con las personas más cercanas a usted. Ahora, reconozca los rasgos y características que lo irritan al máximo y parecen volverlo loco. Una vez que lo haga, formúlese la siguiente pregunta: ¿me están mostrando estas personas a mí mismo en este momento?

Puede ser que así sea. Si lo es, su instinto se lo dirá de inmediato. Sin embargo, si la respuesta es no, puede ser que le estén revelando algo más profundo y más poderoso que el espejo de lo que usted es, pueden estar mostrándole el reflejo de las cosas que juzga en su vida. Con el sólo hecho de reconocer y aceptar que el espejo existe comienza la sanación de su juicio.

LA SANACIÓN MEDIANTE EL EFECTO DE CASCADA

Al día siguiente de reconocer el espejo de mis juicios, visité a un amigo que vive y trabaja en las cercanías de la tribu de Pueblo Taos. Siendo de las comunidades indígenas más antiguas de Norteamérica, este sitio ha sido habitado sin interrupción por lo menos durante 1,500 años. Robert (no es su nombre real) tenía una tienda en Pueblo y era un artista y artesano excelente. Por todas partes en su tienda había esculturas, atrapasueños, música y joyería que habían sido parte de su tradición durante siglos antes de que este continente se llamara «América».

Cuando entré, él estaba trabajando en una escultura de más de dos metros de altura que estaba en el pasillo a su lado. Después de saludarnos, le pregunté por su familia y por su negocio y disfrutamos unos momentos actualizándonos. Me preguntó por lo que estaba ocurriendo en mi vida. Le relaté los eventos de la última semana, las tres personas y el dinero faltante. Después de escuchar mi relato, pensó por unos momentos y luego me contó una historia.

«Mi bisabuelo», comenzó, «cazaba búfalos en las planicies al norte de Nuevo México». Sabía que debía estar hablando de algo que había pasado hace muchísimo tiempo, porque hasta donde sé, hace años que no hay búfalos pastando en esa parte del estado. «Antes de su muerte me regaló su posesión más valiosa: la cabeza del primer búfalo que había cazado cuando niño». Robert me dijo entonces que esa cabeza de búfalo se había convertido también en su tesoro. Después de la muerte de su bisabuelo, fue una de las pocas reliquias tangibles que lo conectaban con la herencia de su pasado.

Un día, la propietaria de una galería de un pueblo cercano vino a visitar a Robert. Al ver lo hermosa que era la cabeza, le pidió que se la dejara usar como parte de una exhibición en su galería, y él aceptó. Después que pasaron unas semanas, Robert no volvió a escuchar nada de su amiga y se fue al pueblo a ver cómo le estaba yendo. Para su sorpresa, cuando llegó a la galería, no había nada. La tienda estaba completamente cerrada: las puertas tenían candados y las ventanas estaban cubiertas. La propietaria de la galería y su cabeza de búfalo se habían ido para siempre. Robert dejó de esculpir y me miró por un largo tiempo, suficiente para darme cuenta de lo mucho que le había dolido esa experiencia.

«¿Qué hiciste?» le pregunté. Esperaba oír que había seguido el rastro de la propietaria de la galería y que había recuperado su valiosa posesión.

Cuando sus ojos se encontraron con los míos, la sabiduría de su respuesta no quedó perdida en su simplicidad: «No hice nada, porque ella ‘vive’ con lo que hizo». Ese día dejé Pueblo Taos pensando en esa historia y en lo que significaba en mi vida.

Más tarde, esa semana, comencé a explorar las opciones legales para recuperar por lo menos algo del dinero que había desaparecido de mi cuenta. Muy pronto noté que aunque mi caso era válido, me esperaba un largo, agotador y costoso proceso. En vista de la naturaleza de lo ocurrido, se requería que entablara una demanda penal en vez de una civil. A partir de este punto, todo quedaría fuera de mis manos, y si la mujer responsable de los hechos era declarada culpable, entonces iría a la cárcel. Todo esto se sumaba a una prolongada relación emocional con alguien hacia quien ya no sentía ninguna conexión.

Mientras reflexionaba sobre las opciones que tenía, pensé una vez más en la conversación que había tenido con mi amigo en Pueblo y las lecciones que había aprendido. No pasó mucho tiempo antes de que llegara a una conclusión que me pareció correcta al instante: decidí no hacer nada. Casi de inmediato, algo inesperado comenzó a suceder: cada una de las tres personas que reflejaron mis juicios comenzaron a desaparecer de mi vida. Ya no sentía ira hacia ellos, ya no sentía rencor. A cambio, comencé a sentir una extraña sensación de «nimiedad» respecto a cada una. No tuve que hacer un esfuerzo intencional para alejarlas. Después, comencé a definir de nuevo lo que había ocurrido entre nosotros por lo que las experiencias habían sido, y no por lo que mis juicios habían hecho que fueran, por lo cual ya no había razón alguna para mantener a esas personas en mi vida. Cada una de ellas comenzó a desvanecerse de mis actividades diarias. De repente, hubo menos llamadas telefónicas y cartas, y pensaba cada vez menos en ellos durante el transcurso del día. Mis juicios habían sido el imán que mantenía en su lugar a esas relaciones.

A pesar de lo interesante de estos nuevos sucesos, al cabo de pocos días comenzó a ocurrir algo todavía más desconcertante e incluso curioso. Una vez más, sin un esfuerzo consciente de mi parte para terminar estas relaciones, me di cuenta que también comenzaron a desaparecer otras personas que llevaban mucho tiempo en mi vida; sencillamente, parecían haber dejado de tener sentido. En la rara ocasión en que decidí tener una conversación con uno de estos individuos, ésta fue tensa y artificial. En donde antes había algo en común, ahora sólo quedaba desasosiego.

Casi tan pronto como noté el giro en estas relaciones, me di cuenta de un nuevo fenómeno. Cada una de las relaciones que estaba apartándose de mi vida había estado basada en el mismo patrón que había atraído originalmente a aquellas tres personas…: el patrón era el juicio. Además de ser el imán que atraía hacia mí las relaciones, mi juicio también había sido el elemento cohesivo que las había mantenido juntas. En su ausencia, el pegamento se había disuelto. Advertí lo que parecía ser un efecto de cascada: una vez que el patrón fue reconocido en un lugar, en una relación, su eco se extendió a muchos otros niveles de mi vida.

Los espejos del juicio son sutiles, elusivos, y posiblemente no tendrán sentido para todo aquel que tenga conocimiento de ellos. Cuando mis amigos y familiares supieron mi decisión de «no hacer nada», creyeron que estaba negando lo ocurrido. «¡Ella se llevó tu dinero!» dijeron. «¡Violó tu confianza! ¡Te dejó sin nada!» En un sentido, sus observaciones eran bastante ciertas, todas esas cosas habían sucedido. Mi sentimiento era que si seguía el patrón típico de venganza y justicia, me encontraría en el círculo vicioso de ideas que sustentan dichas experiencias. Sin embargo, en otro nivel, siendo sencillamente quienes ellos eran, cada una de estas tres personas me había mostrado algo sobre mí que se convertiría en algo clave, en las decisiones de negocios que yo tomaría en el futuro. Había sido una poderosa lección en el discernimiento de la confianza.

Antes de eso, deseaba creer que la confianza era binaria. Es decir: o confiamos en alguien o no confiamos, y si lo hacemos, debemos confiar plenamente. Aunque no deseaba pensar distinto respecto al mundo, había aprendido de estas tres relaciones que hay niveles de confianza que debemos aprender a discernir en los demás. A menudo confiamos en los demás a un nivel mayor y con más responsabilidad de la que ellos mismos sienten hacia ellos. Y esto es precisamente lo que yo acababa de experimentar.

El reconocimiento del juicio reflejado en una relación es un descubrimiento poderoso, que tiene repercusiones que tocan cada aspecto de la vida. Agradezco a las personas que me ayudaron con mis lecciones. Y a aquellos que me mostraron mi naturaleza humana, les ofrezco mi más profundo respeto y gratitud por mantener ante mí el espejo de forma impecable. ¡Qué hermosa comprobación del misterio del segundo espejo de las relaciones!

(Nota: En la historia anterior, he aludido a reconciliar la carga del juicio sin describir precisamente cómo puede lograrse dicha reconciliación. Explico esto a cabalidad en mi libro, publicado en 2006 por Hay House llamado, Secrets of the Lost Mode of Prayer, como «El tercer secreto: bendecir es la liberación». En resumen, esta poderosa clave para transformar nuestros juicios, el antiguo secreto que nos libera del sufrimiento de la vida lo suficiente como para reemplazarlo por otro sentimiento, es bendecir. Cuando bendecimos a las personas o a las cosas que nos hacen daño, suspendemos temporalmente el ciclo del dolor. Ya sea que esta suspensión dure un nanosegundo o todo un día no constituye una diferencia. Independientemente del periodo de tiempo que dure, durante la bendición se abre un portal para que comencemos nuestra sanación y sigamos con nuestra vida. La clave es que durante un intervalo, nos liberamos del dolor lo suficiente como para dejar que entre algo más en nuestro corazón y mente: el poder de la «belleza».

EL TERCER ESPEJO:

REFLEJOS DE LO QUE HEMOS PERDIDO, ENTREGADO O NOS HAN DADO

«El reino del Padre es como cierta mujer que llevaba una vasija llena de alimento. Mientras iba por el camino, todavía lejos de su casa, se rompió el asa de la vasija y el alimento cayó por completo sobre el camino detrás de ella. No se dio cuenta; no se percató del accidente. Cuando llegó a casa, depositó la vasija a sus pies y se dio cuenta que estaba vacía»

Evangelio de Tomás

Su amor, su compasión y su cariño son como el alimento en la vasija de la parábola precedente. A lo largo de su vida, son las partes suyas que confortan, nutren y apoyan a los demás (y a usted) en los momentos duros. Cuando perdemos a esas personas, lugares y cosas que apreciamos, es nuestra naturaleza amorosa y compasiva la que nos permite sobrevivir y superar esas experiencias.

Debido a que compartimos de buen grado el amor, la compasión y el cariño, estos se convierten también en nuestros elementos más vulnerables de perder, de ser entregados inocentemente o de ser arrebatados por las personas que tienen poder sobre nosotros. Cada vez que confiamos lo suficiente como para amar o darle cariño a alguien y esa fe es violada, perdemos un poco de nosotros en la experiencia. Nuestra renuencia a exponernos de nuevo a dicha vulnerabilidad es nuestra protección; es la manera en que sobrevivimos a nuestras heridas más profundas y a las mayores traiciones. Y cada vez que cerramos el acceso a nuestra verdadera naturaleza compasiva y cariñosa, somos como el alimento que cayó lentamente de la vasija que cargaba la mujer.

Cuando llegamos a un punto en la vida en que realmente nos abrimos y compartimos con otra persona, buscamos el amor en nuestro interior solamente para descubrir que se ha ido y ha dejado un gran vacío. Descubrimos que nos hemos ido perdiendo poco a poco en las mismas experiencias en que confiamos tanto y que a la vez permitimos en nuestras vidas.

La buena noticia es que esas partes nuestras que parecen ausentes jamás se han ido del todo. No quedaron erradicadas para siempre…, son parte de nuestra verdadera esencia, parte de nuestras almas. Y así como el alma jamás puede ser destruida, la base de nuestra verdadera naturaleza jamás puede perderse. Simplemente está escondida y enmascarada para salvaguardarla. Reconocer la forma en que la enmascaramos es embarcarnos en un camino veloz hacia la sanación. Invocar de nuevo las partes que hemos perdido puede ser la mayor expresión de nuestro dominio personal.

A comienzos de mi carrera en la industria de la defensa, trabajé como parte de un equipo de programación para sistemas de armamentos. Mis colegas y yo compartíamos un pequeño espacio de trabajo con escritorios, sillas y cubículos típicos de la Fuerza Aérea y pasábamos largas horas juntos en contigüidad. Como se puede imaginar, había poca privacidad. Puesto que las conversaciones telefónicas rebotaban en los paneles de yeso, y se desplazaban por encima de los cubículos, llegamos a conocernos muy bien, de hecho, tan bien que muy pronto nos convertimos en consejeros virtuales mutuos en todos los aspectos: desde las carreras hasta los noviazgos y los asuntos familiares y personales.

Varias veces a la semana salíamos a almorzar juntos; ocasionalmente cobrábamos nuestros salarios y hacíamos diligencias rápidas al mediodía. Fue durante una de esas aventuras a la hora del almuerzo, que tuve la oportunidad de ver en persona el espejo de una experiencia que creó un «infierno» personal en la vida de uno de mis colegas, un hombre que también se había convertido en mi amigo.

En un día cualquiera, mi amigo se «enamoraba» de la mujer que conocía durante una de esas diligencias. Podía ser la mesera que tomaba su pedido o la cajera del supermercado. Honestamente, era casi cualquiera que se cruzara en su camino durante el día (cualquier mujer, mejor dicho). Pasaba en cualquier lugar y el patrón era el mismo: miraba simplemente a los ojos de la mujer y «sentía una emoción» inexplicable. Sin comprender de qué se trataba, él asignaba la experiencia a la única explicación que podía encontrar. ¡Sentía que se había enamorado! Y se enamoraba varias veces al día.

La razón por la cual esto era un verdadero problema era que estaba casado. Tenía una esposa hermosa que lo amaba y un hermoso hijo y él los amaba muchísimo a los dos. Lo último que él deseaba hacer era herirlos de cualquier forma o destruir lo que habían creado juntos. Al mismo tiempo, sus sentimientos por las demás mujeres eran casi abrumadores y no entendía lo que pasaba.

En esta ocasión, acababa de regresar a la oficina después de un almuerzo rápido y una diligencia a la estación de gasolina y al banco. Fue en el banco que se metió en problemas. En el lugar donde depositamos nuestros cheques había una hermosa cajera trabajando en la ventanilla. (Esto ocurrió en los días antes de los depósitos electrónicos). Para cuando llegamos a la oficina, lo único que podía hacer era pensar en ella. No podía enfocarse en el trabajo y era incapaz de sacarla de su mente. «¿Qué tal que esté pensando en mí en este momento?», preguntaba. » ¿Qué tal que ella sea ‘la verdadera’?» Finalmente, tomó el teléfono, llamó al banco, encontró a la cajera y le preguntó si podían verse para tomar un café después del trabajo. Ella aceptó. Pero mientras estaban en la cafetería, miró a los ojos de la mujer que les estaba sirviendo el café y ¡se enamoró de ella!

Comparto aquí esta historia porque por razones que él no entendía: este hombre se sentía impulsado a iniciar contacto con mujeres hacia quienes honestamente creía que sentía algo. Al hacerlo, estaba arriesgando todo lo que amaba incluyendo a su esposa, su hijo y su carrera. ¿Qué le ocurría?

¿Alguna vez ha tenido una experiencia similar (aunque espero que en un menor grado)? ¿Alguna vez se ha sentido perfectamente feliz y comprometido en una relación cuando de repente «algo» pasa? O quizá no está en una relación y ni siquiera buscando una cuando — sin previo aviso — se encuentra caminando en una calle llena de gente o en un centro comercial, supermercado o aeropuerto, y tiene «la experiencia». Alguien que no ha visto nunca pasa a su lado, en ese instante sus miradas se encuentran y — ¡zas! — lo siente. Quizá es simplemente un sentimiento de familiaridad o posibilidad, o un impulso abrumador de estar más cerca a esa persona, conocerla mejor, incluso iniciar una conversación. En mis talleres, he formulado muchas veces esta pregunta y he descubierto que si somos verdaderamente honestos con nosotros mismos, este tipo de conexión no es tan excepcional.

Cuando ocurre, el encuentro por lo general sucede de la forma siguiente: aunque las dos miradas se han encontrado y obviamente han sentido la «emoción», uno de ellos hará caso omiso de lo sucedido. Sin embargo, por una breve fracción de segundo, algo innegable ocurre… hay un estado alterado y un sentido de irrealidad. En ese instante veloz, más allá de la mirada casual, sus ojos se han comunicado un mensaje. Cada persona le dirá algo a la otra en ese momento que probablemente ninguno se dé siquiera cuenta.

Enseguida, casi al unísono, sus mentes racionales crearán una distracción, algo para romper la ansiedad del contacto. Puede ser el sonido de un auto o de otra persona que pasa a su lado. Puede ser tan simple como una hoja volando del otro lado de la calle o un estornudo. ¡Puede ser hasta mirar de soslayo una goma de mascar en la acera! El punto es que usando cualquier cosa como excusa, una de las personas retirará su atención y el momento se terminará, ¡así no más!

Cuando uno tiene una experiencia de este tipo, ¿qué acaba de ocurrir?

ENCONTRANDO EN OTRAS PERSONAS LO QUE HEMOS PERDIDO

Cuando nos encontramos en estas situaciones, nos enfrentamos a una oportunidad poderosa de conocernos de una manera muy especial, es decir, si reconocemos de lo que trata el momento. Si no lo hacemos, entonces, como descubrió mi amigo el ingeniero, este tipo de conexión puede volverse algo muy confuso ¡y hasta atemorizante! El secreto de dichos encuentros es la esencia del misterio del tercer espejo.

Para sobrevivir en nuestras vidas, todos hemos comprometido grandes partes de lo que somos. Cada vez que lo hacemos, perdemos algo por dentro de forma sociablemente aceptable, pero así y todo dolorosa. Asumir el papel de adultos y dejar ir la infancia tras una ruptura familiar; perder la identidad racial al fundirse las culturas y sobrevivir un trauma de nuestra juventud reprimiendo las emociones de dolor, ira y cólera son ejemplos de partes de nosotros mismos que perdemos.

¿Por qué haríamos algo así? ¿Por que traicionaríamos nuestras creencias, amor, confianza y compasión sabiendo que son la pura esencia de lo que somos? La respuesta es sencilla: para sobrevivir. Cuando niños, es posible que hayamos descubierto que es más fácil permanecer en silencio que emitir una opinión bajo el riesgo de ser ridiculizados o invalidados por padres, hermanos, hermanas y compañeros. Igual al tema de abuso en una familia es mucho más seguro «transigir» y olvidar, en vez de oponerse a aquellos que tienen poder sobre nosotros. Como sociedad, aceptamos el asesinato de personas durante la guerra, por ejemplo, y lo justificamos como circunstancias especiales. Todos hemos sido condicionados a ceder ante el conflicto, las enfermedades y las emociones abrumadoras en formas que solamente ahora estamos comenzando a entender. En cada caso, tenemos la oportunidad de ver una poderosa posibilidad en vez de juzgar lo que es bueno y malo.

Por cada parte de nosotros que cedemos para llegar a ser lo que somos, queda una vacío esperando ser llenado. Estamos buscando constantemente lo que sea que pueda llenar ese vacío en particular. Cuando nos encontramos con aquel que tiene las mismas cosas que hemos entregado, se siente bien estar a su lado. La esencia complementaria de la persona llena nuestro vacío interior y nos hace sentir enteros de nuevo. Esta es la clave para comprender lo que le ocurría a mi amigo ingeniero y en los otros ejemplos previamente tratados.

Cuando encontramos en los demás nuestras piezas «faltantes», nos sentimos poderosa e irresistiblemente atraídos hacia ellos. Incluso podemos pensar que los «necesitamos» en nuestras vidas, hasta que recordamos que nos sentimos tan atraídos hacia ellos por algo que todavía tenemos en nuestro interior… solamente que está dormido. En la conciencia de que seguimos poseyendo esas características y rasgos, podemos desenmascararlos y reincorporarlos a nuestras vidas. Y cuando lo hacemos, descubrimos de repente que ya no nos sentimos poderosa, magnética e inexplicablemente atraídos hacia la persona que nos reflejó esas características originalmente.

Reconocer nuestros sentimientos hacia los demás por lo que son, y no por lo que nuestro condicionamiento ha hecho de ellos, es la clave del tercer espejo de las relaciones. Esa emoción inexplicable que sentimos cuando estamos con alguien, ese magnetismo y ese fuego que nos hacen sentir tan vivos, ¡somos realmente nosotros! Es la esencia de esas partes nuestras que hemos perdido y nuestro reconocimiento de que las deseamos de nuevo en nuestras vidas. Con esto en mente, regresemos entonces a la historia de mi amigo ingeniero.

Ciertamente, hay muchas posibilidades de que, sin saberlo conscientemente, mi amigo veía en esas mujeres piezas de él que había perdido, entregado o le habían arrebatado durante su vida. Hay muchas probabilidades de que le hubiera ocurrido igual con los hombres, pero él no se permitía sentir lo mismo debido a su condicionamiento. En su experiencia, las cosas que había perdido eran tan predominantes que las encontraba en casi todas las perso- ñas que conocía.

No obstante, al no entender sus emociones, se sentía impulsado a seguirlas de la única forma que conocía. Él creía honestamente, que cada encuentro era una oportunidad de ser feliz porque se sentía bien cuando estaba con las mujeres. Aun así amaba muchísimo a su esposa y a su hijo; cuando le pregunté una vez si los dejaría, me miró estupefacto. No deseaba terminar su matrimonio, pero seguía el impulso que sentía hacia situaciones comprometedoras hasta que la pérdida de su familia se convirtiera en un peligro inminente.

CÓMO DESCUBRIR LO QUE SUS SENTIMIENTOS DE ATRACCIÓN LE ESTÁN DICIENDO

Cada uno de nosotros ha entregado de forma maestra las partes de nosotros mismos que sentíamos era necesario entregar en el momento para nuestra supervivencia física o emocional. Al hacerlo, es fácil vernos como «menos que» y quedar atrapados en nuestras creencias sobre lo que queda. Para algunas personas, el canje ocurre sin darnos cuenta sin darnos cuenta de lo ocurrido; para otras personas, es una decisión consciente.

Una tarde, mientras trabajaba en la misma corporación de defensa con mi amigo ingeniero, una invitación inesperada llegó a mi escritorio. Era una presentación informal para la Casa Blanca y los oficiales militares del sistema de armamento recién desarrollado llamado: Iniciativa Estratégica de Defensa (SDI por sus siglas en inglés), popularmente llamado «Guerra de las galaxias.» Durante la recepción, después del evento, tuve la oportunidad de escuchar una conversación entre uno de los oficiales militares de alto rango y un director general de nuestra compañía.

La pregunta que hizo el director estaba relacionada con el costo personal en el que el otro hombre había incurrido en su posición de poder. «¿Qué sacrificios ha tenido que hacer para llegar donde está hoy en día?» le preguntó. El oficial describió cómo había escalado los rangos militares y del Pentágono hasta una posición de autoridad en una enorme corporación multinacional. Yo escuchaba al hombre responder con un candor y una honestidad poco usuales.

«Para llegar donde estoy,» comenzó, «tuve que entregarme al sistema. Cada vez que avancé en el rango perdí una parte de mí mismo en mi vida. Un día me di cuenta que estaba en la cima y miré mi vida en retrospectiva. Lo que descubrí es que había dado tanto de mí que no quedaba nada. Las corporaciones y el ejército son mis dueños. Dejé ir las cosas que más amaba: mi esposa, mis hijos, mis amigos y mi salud. Cambié esas cosas por poder, riqueza y control».

Quedé sorprendido ante su honestidad. A pesar de que este hombre había admitido que se había perdido en el proceso, estaba consciente de lo que había hecho. Estaba triste, pero para él era un precio que había valido la pena pagar por su posición de poder. Aunque probablemente, no por las mismas razones, cada uno de nosotros ha podido hacer cosas similares en el transcurso de su vida. Sin embargo, para muchos de nosotros, la meta es menos cuestión de poder y más de supervivencia.

Cuando se encuentre con alguien en su vida que active un sentimiento de familiaridad lo invito a que se sumerja en el momento. Algo raro y precioso está ocurriendo en ambos: acaba de encontrar a alguien que guarda las piezas que usted está buscando: a menudo es una experiencia mutua, ¡y la otra persona se siente atraída hacia usted por la misma razón! Usando su poder de discernimiento, si siente que es apropiado, inicie una conversación. Comience por decir algo, cualquier cosa, para mantener el contacto visual. Mientras habla, hágase mentalmente esta sencilla pregunta: ¿Qué veo en esta persona que he perdido en mí, que he entregado o que me han quitado?

Casi de inmediato le llegará una respuesta a su mente. Puede ser tan simple como un sentimiento de comprensión, o tan claro como una voz en su interior que usted reconoce y que ha estado con usted desde su infancia. Las respuestas son a menudo palabras sencillas o frases cortas, y su cuerpo sabe lo que es significativo para usted. Quizá sencillamente perciba en esa persona una belleza que siente le hace falta en su interior en ese momento. Puede ser la inocencia de esa persona en la vida, la gracia con la que camina por el pasillo del supermercado, o su confianza mientras realiza sus labores, o simplemente el brillo de su vitalidad.

Su encuentro sólo necesita durar unos segundos, quizá unos minutos máximo. Esos breves instantes son su oportunidad de sentir la alegría y la euforia del momento. Usted ha encontrado una parte suya en otra persona, algo que usted ya tiene, así como el sentimiento de que se despierte ese algo.

Para aquellos de nosotros que nos atrevemos a reconocer el sentido de familiaridad en dichos encuentros momentáneos, el espejo de la pérdida es probablemente algo con que nos encontramos cada día. Encontramos la plenitud en nuestros seres cuando los demás nos reflejan nuestra verdadera naturaleza. Colectivamente, estamos buscando nuestra plenitud, y como individuos creamos las situaciones que nos llevan a encontrarla. Desde los miembros del clero hasta los maestros, personas mayores y jóvenes, padres e hijos, todos somos catalizadores de sentimientos.

En esos sentimientos, encontramos las cosas que anhelamos para nosotros, las cosas que siguen con nosotros, pero que están escondidas tras las máscaras de lo que creemos que somos. Es natural y es humano.

Comprender lo que nuestros sentimientos hacia los demás nos están diciendo, en realidad, puede convertirse en una poderosa herramienta para descubrir nuestro mayor poder.

EL CUARTO ESPEJO: REFLEJOS DE NUESTRA NOCHE OSCURA DEL ALMA

«Lo que temen los salvará si lo sacan a la luz desde su interior»

Evangelio de Tomás

Durante el auge de la alta tecnología a comienzos de la década de los noventa, Gerald (no es su nombre real) trabajaba como ingeniero en Silicon Valley, California. Tenía dos hermosas hijas jóvenes y estaba casado con una mujer igual de hermosa.

Llevaban juntos casi quince años. Cuando lo conocí, su compañía acababa de premiarlo por su quinto año como localizador de averías, experto en un tipo especial de programa informático. Su posición lo había convertido en un activo invaluable para la compañía, y la necesidad de su experiencia iba mucho más allá del horario típico de trabajo de las ocho de la mañana a las cinco de la tarde.

Para cumplir con la demanda de sus habilidades, Gerald comenzó a trabajar durante las noches y los fines de semana y a viajar a ferias y a exposiciones fuera de su ciudad con su programa de informática. Al cabo de poco tiempo, se encontró pasando más tiempo con sus colegas que con su familia. Podía ver el sufrimiento en sus ojos cuando me describía como se separaban cada vez más y más. Para cuando llegaba a casa en las noches, su esposa y sus hijas estaban dormidas, y se iba a la oficina antes de que ellas siquiera comenzaran su día. Pronto empezó a sentirse como un extraño en su propia casa. Sabía más acerca de las familias de sus compañeros de oficina que de la suya propia.

En ese momento, la vida de Gerald dio un giro dramático. Vino a verme para una sesión de consejería en la época en que escribía mi libro Walking Between the Worlds: The Science of Compassion, en donde describo cómo los «espejos» de las relaciones se manifiestan en nuestras vidas. Hace más de 2,200 años, los autores de los Rollos del Mar Muerto identificaron siete patrones específicos que podemos esperar en nuestras relaciones con los demás. Mientras se desarrollaba la historia de Gerald, era evidente que él estaba describiendo uno de estos patrones, el reflejo en la vida de nuestro mayor miedo, comúnmente llamado: «la Noche Oscura del Alma». 

Entre los ingenieros de su oficina había una joven y brillante programadora que tenía cerca de su misma edad. Se encontró haciendo equipo con esta mujer para asignaciones que a veces duraban días, a la vez y los llevaban a ciudades por todo el país. Antes de que se diera cuenta, la conocía mejor que a su propia esposa. En este punto de la historia, sospeché que ya sabía en donde terminaría. Lo que no sabía fue lo que ocurrió después y por qué Gerald estaba tan molesto.

Al cabo de poco tiempo, él creía que estaba enamorado de su colega, y tomó la decisión de dejar a su mujer y a sus hijas para comenzar una nueva vida con ella. Esta decisión tenía todo el sentido del mundo, puesto que tenían tantas cosas en común. Al cabo de pocas semanas, sin embargo, su nueva compañera fue transferida a un proyecto en Los Ángeles. Solicitando unos cuantos favores y usando varias artimañas, Gerald logró ser transferido a la misma oficina.

Inmediatamente, las cosas empezaron a salir mal, y Gerald descubrió que había perdido más de lo que había ganado. Los amigos que él y su esposa habían tenido por años, de repente se volvieron distantes e inaccesibles. Sus colegas pensaban que «había perdido la cabeza» al dejar su posición y sus proyectos por los cuales había trabajado tanto. Incluso sus padres estaban enojados por haber dejado a su familia. A pesar de su dolor, Gerald pensaba que era sencillamente el precio a pagar por el cambio. Estaba rumbo a una nueva vida. ¿Qué más podía pedir?

Aquí fue cuando apareció el espejo del equilibrio y llegó la Noche Oscura el Alma. Justo cuando todo parecía empezar a ponerse en su lugar, Gerald descubrió que, en realidad, ¡todo estaba derrumbándose! Al cabo de unas semanas, su nuevo amor le anunció que su relación no era lo que ella esperaba. La terminó de repente y le pidió que se fuera. Así como así, se encontró totalmente solo y devastado. «Después de todo lo que he hecho por ella, ¿cómo pudo?» se quejaba. Había dejado a su mujer, a sus hijas, a sus amigos, su trabajo, en fin, había entregado todo lo que amaba.

Pronto comenzó a desempeñarse mal en su trabajo. Después de varias advertencias y de una revisión de funciones mucho menos que estelar, finalmente lo despidieron. Según el desarrollo de la historia de Gerald, era evidente lo que había ocurrido: su vida había pasado de lo más elevado, con todos los prospectos de una nueva relación, un nuevo empleo y un mayor salario, hasta lo más bajo, cuando desaparecieron todos esos sueños. Esa noche Gerald vino a verme, me hizo una sola pregunta: «¿Qué ocurrió?» ¿Cómo podía ser que algo que parecía tan bueno hubiera terminado saliendo tan mal?

NUESTRA NOCHE OSCURA DEL ALMA: CÓMO RECONOCER LO QUE LA DESENCADENA

Para cuando conocí a Gerald, había perdido todo lo que amaba. La razón de esto es la clave de esta historia. En vez de haber dejado todo lo que amaba porque se sentía completo y estaba avanzando, había tomando sus decisiones solamente cuando creía que había algo mejor para reemplazar lo que tenía. Es decir, jugó a lo seguro. A causa de su miedo de no lograr encontrar algo mejor, se quedó físicamente con su matrimonio y su familia mucho tiempo después de haberse ido emocionalmente. Hay una diferencia sutil, pero significativa entre dejar nuestros empleos, amigos y relaciones amorosas porque nos sentimos completos y quedarnos con ellos por miedo ¡a que no haya nada mejor para nosotros!

Puede haber una tendencia en todo tipo de relaciones a aferrarse a un estado hasta que llegue algo mejor. Este apego puede ser causado por nuestra inconsciencia de lo que estamos haciendo, o porque tenemos miedo de remover todo y enfrentar la incertidumbre de no saber qué sigue después. Aunque puede muy bien representar un patrón del cual no somos conscientes, sigue siendo un patrón. Ya sea un empleo, una relación amorosa, o nuestro estilo de vida, podemos descubrir que seguimos un patrón en donde no estamos verdaderamente felices, pero no se lo comunicamos con honestidad a las personas en nuestras vidas. Entonces, aunque el mundo cree que nuestras vidas siguen por el camino normal, por dentro, estamos pidiendo a gritos un cambio y nos sentimos frustrados porque no sabemos cómo compartir esta necesidad con las personas cercanas a nosotros.

Este es un patrón que acumula negativismo. Nuestros verdaderos sentimientos se disfrazan de tensión, hostilidad o a veces simplemente estamos ausentes en la relación. Cada día que pasa, somos como autómatas en nuestros empleos o compartiendo la vida y el hogar con otra persona, mientras que nos distanciamos emocionalmente y estamos en otro mundo. Ya sea que tengamos problemas con un jefe, una pareja o incluso nosotros mismos, buscamos excusas, transigimos y esperamos. Entonces un día, así como así —¡pum!— ocurre. Aparentemente de la nada, aparecen de repente en nuestras vidas todas esas cosas por las que esperábamos y que tango anhelábamos. Cuando lo hacen, nos lanzamos de lleno hacia ellas como si no existiera un mañana.

En el caso de Gerald, cuando se mudó a una nueva ciudad con su nueva relación, dejó tras él un vacío sin resolver en el cual su mundo colapso. Ahora, después de perder todo lo que amaba, Gerald se sentó frente a mí con gruesas lágrimas rodando por sus mejillas. «¿Cómo puedo recuperar mi empleo y mi familia? ¡Sólo dígame que tengo que hacer!»

Le pasé una caja de pañuelos faciales que mantenía cerca de mi mesa para momentos así. Le dije algo que lo tomó completamente por sorpresa: «Este momento de su vida no es para recuperar todo lo perdido, aunque eso es lo que acaba de ocurrir. Lo que usted ha creado para sí mismo trasciende su empleo y su familia. Acaba de despertar una fuerza en su interior que puede convertirse en su más poderosa aliada. Cuando uno ha pasado por una experiencia así, obtiene una nueva confianza que es inquebrantable. Acaba de entrar en una época que los antiguos reconocían y llamaban: la Noche Oscura del Alma».

Gerald se secó sus lágrimas, se recostó en su silla y preguntó: «¿Qué quiere decir con la ‘Noche Oscura del Alma’?»  «¿Cómo puede ser que jamás haya oído hablar de eso?»

«Una Noche Oscura del Alma es una época de su vida en que atrae una situación que representa lo que para usted son sus peores miedos», respondí. «Una época así por lo general llega cuando uno menos lo espera, y por lo general sin advertirnos de su llegada. La cuestión es», proseguí, «que uno solamente puede ser atraído hacia esta dinámica ¡cuando su maestría de la vida envía la señal de que está listo! Entonces, justo cuando todo en la vida parece perfecto, el equilibrio que usted ha adquirido es la señal de que está listo para el cambio. El señuelo para crear el cambio será algo que usted ha anhelado toda su vida, algo a lo que sencillamente no puede resistirse. De lo contario, ¡uno jamás daría el salto!»

«¿Quiere decir un señuelo como una nueva relación?», Gerald preguntó.

«Precisamente como una nueva relación», respondí.

«Una relación es el tipo de catalizador que promete que avancemos en la vida». Pasé a explicar cómo aunque sepamos que somos perfectamente capaces de sobrevivir sin importar lo que la vida nos lance a la cara, no es nuestra naturaleza levantarnos una mañana y decir: «A ver… creo que hoy voy a renunciar a todo lo que amo y a entrar en mi Noche Oscura del Alma». ¡Parece que no es así que funcionamos! Como es a menudo el caso, las grandes pruebas de nuestra Noche Oscura parecen llegar en el momento en que menos las esperamos.

Tiene perfecto sentido la posibilidad de que la vida nos brinde exactamente lo que necesitamos en el momento justo en que lo necesitamos. Así como no podemos llenar un vaso de agua hasta no abrir la llave, llenar la caja de herramientas emocionales es lo que desencadena la señal del grifo de la vida para atraer el cambio. Hasta que no activamos el flujo, nada ocurre. La otra cara de esta dinámica es que cuando nos encontramos ya en una Noche Oscura del Alma, puede ser tranquilizador saber que la única manera de habernos llevado a ese punto de la vida es porque nosotros fuimos quienes encendimos el interruptor. Lo sepamos o no, siempre estamos listos para lo que la vida nos puede servir.

NUESTROS PEORES MIEDOS

El propósito de la Noche Oscura del Alma es que experimentemos y sanemos nuestros peores miedos. Lo realmente interesante de la Noche Oscura es que como los miedos de todo el mundo son distintos, lo que puede parecer como una experiencia terrible para una persona, puede no ser nada del otro mundo para otra. Por ejemplo, Gerald admitió que su peor miedo era quedarse solo. Esa misma tarde había conversado con otra mujer que me había dicho que «estar sola» era su mayor alegría.

No es poco común que alguien que le tema a la soledad se convierta en un maestro en el tipo de relaciones en que experimenta su miedo. Gerald, por ejemplo, describió relaciones amorosas, amistades y empleos de su pasado que ¡no hubieran durado por nada del mundo! No obstante, él creía que cuando se terminaban era porque la relación había «fracasado». En realidad, tuvieron tanto éxito que cada una de ellas le permitió ver pasar su peor miedo de quedarse solo. Sin embargo, como nunca se había sanado, ni siquiera había reconocido el patrón, se encontraba en situaciones en donde su miedo se volvía cada vez menos sutil. Finalmente, la vida lo llevó al punto en donde esta emoción estaba tan presente que tuvo que enfrentarla antes de seguir adelante.

Aunque podemos pasar muchas Noches Oscuras del Alma a lo largo de nuestras vidas, por lo general la primera es la más dura. También es con frecuencia la que origina el cambio más poderoso. Una vez que comprendemos por qué nos duele tanto, la experiencia comienza a adquirir un significado diferente. Cuando reconocemos las señales de una Noche Oscura, podemos decir: «¡Aja! ¡Conozco este patrón! Seguro que se trata de una Noche Oscura del Alma. Entonces, ¿qué es lo que se me ha pedido que aprenda o domine?»

Conozco personas que se sienten tan empoderadas una vez que logran sanar las experiencias de su Noche Oscura, que casi se atreven a retar al universo, ¡para que le envíe la siguiente! Lo hacen sencillamente porque saben que si sobrevivieron a la primera, pueden sobrevivir a cualquier cosa. Es sólo cuando tenemos dichas experiencias sin comprender lo que son o por qué las estamos viviendo, que podemos enfrascarnos en años, o hasta en vidas, de un patrón que puede robarnos literalmente las cosas que más amamos… incluyendo la vida misma.

EL QUINTO ESPEJO: REFLEJOS DE NUESTROS MAYORES ACTOS DE COMPASIÓN

«Muéstrame la piedra que los constructores han rechazado. Esa será la piedra angular»

Evangelio de Tomás

A finales de los ochenta, mi oficina se encontraba en un edificio enorme de varios pisos al pie de las colinas de Denver. A pesar de que la construcción era gigantesca, el final de la Guerra Fría y los recortes en los gastos del gobierno hicieron que la compañía en donde trabajaba redujera su personal y se consolidara. Cuando otras divisiones de la compañía se trasladaron a nuestras oficinas, el espacio era muy apreciado. Yo compartía mi oficina con otro empleado: una mujer que desempeñaba una función muy distinta a la mía en el mismo departamento. No había competencia ni compartíamos ninguna responsabilidad, y pronto nos hicimos buenos amigos, intercambiábamos historias de nuestros fines de semana con la familia, los amigos y las alegrías y las tristezas de la vida fuera de la compañía.

Un día, acabábamos de regresar del almuerzo y ella escuchaba los mensajes de su correo de voz. Con el rabillo del ojo, la vi quedarse inmóvil y sentarse con la mirada perdida. Había palidecido, excepto por el maquillaje sobre sus labios y mejillas, se veía totalmente blanca. Después de que colgó el teléfono, le di un momento para que se recobrara y luego le pregunté qué había ocurrido. Me miró y comenzó a contarme una historia que me pareció triste y poderosa al mismo tiempo.

Una buena amiga de ella tenía una hija muy joven con una combinación muy envidiable de belleza, habilidades atléticas y talentos artísticos, todos los cuales ella había cultivado desde su tierna infancia. Al crecer, la chica buscó la forma de combinar todos sus atributos en una sola carrera y escogió ser modelo de pasarela. Su familia apoyó su decisión y la ayudó de todas las formas posibles para que su sueño se hiciera realidad. Mientras enseñaba su portafolio a las agencias de publicidad, descubrió que muchas respondían con entusiasmo. Recibió ofertas de viajes, educación y más apoyo de lo que había imaginado. Para todas las personas externas a ella, su vida no podía ser mejor.

Sin embargo, en un nivel sutil, casi imperceptible, aquellos que la conocían realmente pudieron notar que algo estaba cambiando. Su entusiasmo se estaba convirtiendo en preocupación. Las agencias con las que estaba trabajando buscaban un cierto tipo de apariencia en las mujeres que deseaban promover. A pesar de que la belleza de esta jovencita era única, no era exactamente lo que las agencias buscaban a finales de los ochenta. Acosada por lo que tenía que llegar a hacer para obtener ese algo tan especial, la joven le pidió ayuda a su familia para realizar una serie de procedimientos cosméticos para modelar su cuerpo según lo que ella creía que la industria estaba buscando.

Comenzó con las mejoras más obvias, recortes aquí y rellenos allá. Cuando se acercó a su meta, seguía sin tener la «apariencia» y comenzó a hacerse operaciones más radicales. Desde su infancia, había tenido una ligera sobre mordida, la barbilla y la mandíbula estaban ligeramente desfasadas. Aceptó una reestructuración que consistía en deshacer y reconstruir su mandíbula para crear una mejor simetría. Su boca estuvo cerrada con alambres por seis semanas mientras sus huesos se sanaban y durante esa época solamente se alimentó de líquidos. Una vez que le retiraron los alambres, tenía un rostro simétrico con los pómulos acentuados y la sobre mordida era cosa del pasado. Al mirar una fotografía que mi compañera de oficina tenía de la hija de su amiga, personalmente no pude ver gran diferencia entre las imágenes antes y después de la cirugía.

A causa de todo el peso perdido después de semanas en dieta líquida, esta hermosa mujer comenzó a notar que su cuerpo ya no tenía la forma en V de antes de la cirugía. La realidad era que debido a la perdida de peso, su torso había perdido el tono muscular que le había dado las proporciones de «modelo». Sin embargo, su percepción era que se trataba de un problema que podía ser remediado por medio de una cirugía que retirara sus costillas inferiores «flotantes» con el fin de crear mayor definición y proporciones.

El estrés causado por todas estas operaciones puso su cuerpo en un colapso emocional. Descubrió que no podía controlar el aumento o pérdida de una libra aquí y una allá. Su cuerpo estaba en el modo de «perder peso» y lo estaba perdiendo día a día. Para cuando sus padres se dieron cuenta de lo que le estaba ocurriendo y la hospitalizaron, era demasiado tarde: atribuido a una serie de complicaciones, (no a una sola), la hija de la amiga de mi colega acababa de morir esa mañana. Ese fue el mensaje telefónico que ella había recibido después del almuerzo.

Puede ser que usted conozca personas en un camino similar, aunque espero que menos extremo. Uso este ejemplo para enfatizar un punto. La joven de la historia tenía una imagen de perfección en su mente. Y esta imagen se convirtió en su medida estándar de comparación. Se veía constantemente a la sombra de ese punto de referencia, usando su imagen mental como medida de comparación para su apariencia física. Sus creencias decían que ella era imperfecta como era, y que sus «imperfecciones» podían arreglarse por medio del milagro de la tecnología moderna. Sin embargo, lo que le ocurrió a esta mujer, va mucho más allá del procedimiento para arreglar sus supuestos defectos. Va directamente al corazón de este espejo.

¿Por qué la mujer sintió que dichos extremos eran necesarios para lograr el éxito? ¿Por qué su familia y amigos la apoyaron en su búsqueda de perfección? ¿Por qué esta joven, hermosa por su propio derecho, se sentía impulsada a convertirse en algo tan distinto a lo que era desde su nacimiento? ¿Qué miedo (o miedos) se volvió tan poderoso en su vida como para intentar cambiar su apariencia para conseguir la aprobación ajena? Quizá la mejor pregunta es: ¿Qué podemos aprender de su experiencia? ¿Qué usamos como nuestro criterio de comparación? ¿Cuál es el punto de referencia al que nos sujetamos cuando calibramos nuestros éxitos y fracasos en la vida?

LAS IMPERFECCIONES SON LA PERFECCIÓN

A menudo comparto esta historia en mis talleres. De inmediato, le pido a los participantes que realicen un pequeño cuadro en donde se evalúan en áreas tales como sus logros educativos, románticos, profesionales y atléticos. El sistema de calificación consiste en cuatro categorías que varían de «muy bueno» a «muy malo». La clave es que les doy muy poco tiempo para responder los formularios. Y lo hago por una razón. La respuesta real sobre el papel es menos importante que el proceso mental para llegar a las respuestas.

Sin importar las respuestas, la realidad es que cualquier cosa menos que perfecto, es un juez participante juzgándolo a él o a ella. La única forma en que las personas pueden clasificarse como éxito o fracaso es comparándose con algo fuera de su experiencia.

Como todos sabemos, somos nuestros críticos más duros. Por esta razón, este espejo se nos muestra como nuestro acto de compasión mayor. Se trata de la compasión hacia nosotros mismos, hacia lo que somos y lo que nos hemos convertido.

Es a través del espejo de nosotros mismos que nos piden que aceptemos con compasión la perfección que ya existe en cada momento de la vida. Esto es cierto sin importar lo que los demás ven en ese momento o cómo resulte. Mientras le adjudiquemos una importancia de nuestra propia invención al resultado, toda experiencia es sencillamente una oportunidad de expresarnos… nada más ni nada menos.

¿Cómo sería de distinta su vida si permitiera que todo lo que hace fuera perfecto tal como es, sin importar como resulten las cosas? Si hacemos y creamos todo al máximo de nuestras capacidades, entonces al menos que lo comparemos con algo distinto, ¿cómo puede ser menos que grandioso? Si un proyecto profesional, una relación, una tarea escolar no resulta como lo esperábamos, podemos siempre aprender de nuestras experiencias y hacer las cosas de forma distinta la siguiente vez. En la Matriz Divina, es como nos sentimos respecto a nosotros mismos, nuestro desempeño, apariencia y logros, lo que se refleja de regreso en la realidad de nuestro mundo. Con esto en mente, la sanación más profunda de nuestras vidas también se puede convertir en nuestro mayor acto de compasión. Es el cariño que nos damos a nosotros mismos.

MÁS ALLÁ DE LOS ESPEJOS

Aunque ciertamente hay otros espejos que nos muestran secretos todavía más sutiles de nuestra verdadera naturaleza, los que acabo de describir aquí son los cinco espejos que nos permiten la mayor sanación en las relaciones de la vida. En este proceso, descubrimos nuestro poder más verdadero como creadores en la Matriz Divina. Cada espejo es un peldaño hacia un nivel mayor de dominio personal. Una vez que los conoce, ya no puede «desconocerlos». Una vez que los ha visto recrearse en su vida, no puede «dejar de verlos».

Cada vez que usted reconoce uno de los espejos en un lugar particular de su vida, hay muy buenas posibilidades que descubra el mismo patrón que también se está manifestando en otras áreas.

Por ejemplo, los asuntos respecto a tener el control que causan fuertes emociones con su familia en el hogar, pueden surgir con menor intensidad cuando está tratando de conseguir el mejor precio mientras le compra un automóvil usado a un extraño. La razón por la cual usted es más moderado es porque probablemente no tiene el mismo nivel de intimidad con el vendedor que con su familia y amigos. Aunque los patrones son menos intensos, siguen ahí. Y esta es la belleza del patrón holográfico de la conciencia. La resolución que usted encuentra en su relación con el vendedor de autos, el cajero del supermercado, o el mesero que le sirve un plato de comida quemada en su restaurante favorito, se destila en sus relaciones en el hogar. Así debe ser, ya que es la naturaleza intrínseca del holograma. Una vez que un patrón cambia en un lugar, todas las relaciones que comparten el mismo patrón se benefician.

Los cambios a veces nos llegan cuando menos los esperamos. Si no lo hicieran, quizá jamás nos levantaríamos en la mañana y diríamos: «Hoy pienso enfrentar las relaciones que me muestran los espejos más fuertes de mis juicios más profundos». ¡Parece ser que no es así que funcionamos! Más bien, nuestras oportunidades de sanar a través de nuestros espejos, a menudo surgen cuando vamos de camino a recoger el correo en el buzón o a ponerle aire a las llantas de nuestro auto.

No hace mucho, conocí a un amigo que acababa de renunciar a su carrera, familia, amigos y una relación en otro estado, para mudarse al desierto del norte de Nuevo México. Le pregunté por qué había dejado tanto tras de sí para vivir aislado en el alto desierto. Comenzó a decirme que había venido a encontrar su «sendero espiritual». Sin embargo, casi sin tomar aliento, me dijo que no había sido capaz de empezar porque nada parecía salir bien. Estaba teniendo problemas con su familia, con sus planes de negocios e incluso con los trabajadores que le estaban ayudando a construir su nuevo hogar «espiritual». Su frustración era obvia. Al escuchar su historia, le ofrecí una perspectiva que podría ayudarlo.

Desde mi punto de vista, somos incapaces de llevar una vida que no sea espiritual. Para decirlo con otras palabras, siendo seres espirituales, solos podemos vivir experiencias espirituales. Sin importar lo que parezca, creo que toda conducta en nuestros senderos nos lleva al mismo lugar. Desde esas creencias, las actividades de todos los días no pueden separarse de nuestra evolución espiritual: ¡SON nuestra evolución espiritual!

Le sugerí a mi amigo que quizá todos esos retos que estaban ocurriendo en su vida en ese momento eran su sendero espiritual. Aunque esta no era obviamente la respuesta que él esperaba, sintió curiosidad respecto a lo que eso significaba. Él se había hecho a la idea de que su espiritualidad sería lograda viviendo en soledad y en calmada contemplación cada día.

Le aclaré mis creencias, sugiriendo que aunque todas esas cosas pueden llegar a ser parte de su vida, la forma en que resolvía cada uno de los retos que estaba enfrentando, podría ser precisamente el sendero que él había venido a explorar. Me miró de reojo y con una apariencia de sorpresa en su rostro se despidió de mí diciendo: «¡Tal vez así es!»

 

Tomado del libro La Matriz Divina.

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