«No tienes el aspecto de una estrella de cine».
Esa frase fue el telón de fondo de mis veintes. Recuerdo el frío en los estudios de Nueva York y el olor a café quemado mientras esperaba horas para audiciones de comerciales de cereales que nunca conseguía. Me decían que mi nariz era demasiado grande, que mi voz era demasiado nasal y que era «demasiado intelectual» para conectar con la audiencia. Me sentía como un error de casting en mi propia vida, un hombre ordinario intentando habitar un mundo de dioses de porcelana.
Hubo una tarde gris en la que caminé por Central Park pensando seriamente en volver a mi pueblo y aceptar que la actuación era solo un delirio de juventud. Me sentía invisible, una pieza de un rompecabezas que simplemente no encajaba en ninguna parte de la industria.
Hoy, esa «normalidad» es la que me ha dado dos Oscar y el respeto de la profesión que amo.
Aprendí que la belleza se marchita, pero la verdad es indestructible. No traté de ser el galán que ellos querían; decidí ser el hombre real que yo era. Cuando dejas de intentar impresionar, es cuando finalmente empiezas a conmover.
No cambies tus rasgos para gustar al mundo. Espera a que el mundo necesite a alguien que sea exactamente como tú.
Dustin Hoffman
Foto: Dustin Hoffman
Fuente: El Relicario del Saber
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