SEGUNDA PARTE
LA PROTECCIÓN ESPECIAL
Quienes evolucionan de manera natural, sin asumir un trabajo específico de colaboración consciente con el propio progreso y con el progreso de la humanidad en general, permanecen bajo las leyes comunes que rigen los planos más materiales de la vida. De manera que, si por ejemplo quisieran estar presentes en determinado lugar, necesitarán transportarse físicamente hacia allá; si sintieran afecto o quisieran recibirlo, eso lo tendrán que demostrar tanto probando que lo están dando como expresando que lo están deseando; y si tuvieran un pensamiento que transmitir, deberán manifestarlo transformándolo en palabras escritas o habladas. En fin, viven situaciones elementales, situaciones que ocurren bajo las leyes de los niveles físico, emocional y mental de la vida.
Al asumir el proceso evolutivo y al aspirar a tornarse consciente en todos los niveles en los que tiene su propio ser, a cierta altura podrá ocurrir que el hombre no necesite desplazarse físicamente y sólo necesite dejarse transportar en consciencia, por la acción del yo superior, hacia los sitios en los que debe estar. A través de leyes que no suelen ser conocidas en los planos terrestres, y a las cuales pasa a someterse al profundizar su contacto con áreas sutiles de su vida, él PUEDE dejar su cuerpo denso e ir a cualquier punto del universo. Eso puede ocurrir hasta durante el período en el que está encarnando y viviendo sobre la Tierra.
La misma libertad podrá ocurrir en el nivel emocional. También en éste el hombre puede librarse del condicionamiento a las leyes naturales. Si está unido a la esencia divina de alguien, y si eso es un hecho interno ya reconocido y vivido por él, ciertamente no hay necesidad de demostración palpable o visible alguna del amor que siente, y tampoco de que otros lo perciban o lo retribuyan. Del mismo modo, estando sometido a las leyes de los niveles superiores, él será, por ejemplo, capaz, en la encarnación actual, de reconocer a alguien con quien puede no haber tenido contacto durante siglos aquí, en el plano físico.
El plano mental también puede pasar por una ampliación. Como vimos, en la vida común, regida por las leyes naturales, el hombre necesita exteriorizar sus pensamientos y, a veces, esforzarse para hacerse entender claramente. Cuando la mente de su interlocutor está hecha de energía diferente de la de él, o hasta opuesta, la comprensión mutua, en ese nivel natural, puede ser imposible. Entretanto, si él está empeñado específicamente en su propia evolución, y si está dispuesto a cooperar con la de todos los seres, puede ver emerger una comprensión profunda y firme en su relación con el otro. Es que el «pensamiento» interior, el pensamiento del yo superior, no necesita del plano mental concreto ni del cerebro físico para ser transmitido. Del yo superior hacia el yo superior se comunica, recibe y absorbe una idea sintética, cualesquiera que sean las características de los cuerpos mentales de las personas implicadas. La relación entre dos seres, al ocurrir así, en nivel sobrenatural e interior, es independiente de diferencias externas circunstanciales. Es más estable y no está sujeta a las diversas características que los individuos presentan en cada nueva encarnación.
La calidad de lo que nos ocurre depende, por tanto, de la profundidad en la que estamos viviendo conscientemente. Al ser esto así, quien colabora con las leyes evolutivas y no limita su propia existencia a los niveles físicoetéricos, emocional y mental entra en una esfera de protección especial, ya que pasa a estar bajo la jurisdicción de leyes universales más vastas.
Cuando una ley abarca sólo esferas naturales de la existencia, todo lo que ella tiene en cuenta, en sus corolarios, se reduce a los límites terrestres; así, el individuo permanece circunscripto a posibilidades estrechas. Empero, cuando la vida y la consciencia empiezan a crecer, tomando rumbos más abarcantes, el ser pasa a estar regido por los aspectos de la ley que tiene características de los espacios más amplios, o sea, por leyes más vastas. Ocurre entonces lo que comúnmente se llama «milagro».
Milagro es una palabra inadecuada con la que solemos denominar un acontecimiento que para nosotros es extraordinario y que, no obstante, es normal y común para la consciencia supramental. Se torna posible cuando están en vigor los aspectos más inmateriales de las leyes, aspectos en general desconocidos, y raramente experimentados si nos limitamos a la vida humana natural. Por ejemplo, mientras en el nivel de la personalidad es real que un individuo necesite trabajar para comer y mantenerse, esa necesidad no existe en los niveles supramentales. Cuando alcanzamos una consciencia superior, el alimento para nuestro cuerpo físico deja de venir de nuestros esfuerzos materiales para adquirirlo, pasando a ser tan sólo el resultado de nuestro contacto con la realidad suprafísica e imponderable que provee los medios concretos para que él llegue hasta nosotros. El don de esa realización está disponible para todos los hombres, bastando que cada uno pase a ser regido por leyes espirituales superiores, como, por ejemplo, la ley del Servicio Altruista.
Todo lo que es necesario está, en principio, disponible para todos. Traer los niveles de la realidad superior hacia dentro de los niveles de la realidad que llamamos natural y humana es una obra creativa de considerable valor hoy en día. Habiendo llegado el momento cíclico de la humanidad para que reconozca valores suprahumanos para que pueda trascender los niveles en los que en la actualidad funciona, las limitaciones de la vida terrestre de cada hombre crecerán si éste no percibe el nuevo camino que tiene que tomar. Tales dificultades se presentarán justamente como un medio para forzarlo a despertar y seguir direcciones más actuales para sí y para el planeta en general.
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En la vida del individuo que asume su proceso evolutivo ocurren muchos cambios. Habiendo ampliado su estado de consciencia, él entra en un karma más general y pasa a ser regido por un destino que es la interacción de varios destinos: el del planeta, el del país, el de grupos y, finalmente, el suyo propio. Su vida se torna más universalizada y, por tanto, ligada a fuerzas de mayor potencia y de más amplio alcance. Así, él se libera del círculo limitado, de acontecimientos puramente personales, para participar, de forma activa, en la obra infinita de la creación universal. Elévase a otro nivel de existencia y, a través de sí, la energía creadora puede fluir con libertad.
Con frecuencia, ocurre que hay personas que se empeñan en evolucionar y siguen monótonamente con su vida de ritmos exteriores casi inalterados. Por falta de una comprensión mayor, ellas piensan que no están avanzando o que nada les está ocurriendo. Entretanto, no es exactamente eso lo que ocurre. Por el hecho de haberse decidido a trabajar con seriedad por la propia evolución, y de estar por ello siendo intensamente transformadas, muchos eventos DEJAN de ocurrirles. Así, pueden aplazarse desencarnaciones, transferirse enfermedades y mitigarse situaciones dolorosas en función del desarrollo especial de determinadas cualidades. Eso ocurre porque, después que pasamos a ser más útiles, nuevos elementos y condiciones que incluyan la supresión de necesidades más amplias que las individuales se convierten en parte de nuestra vida.
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Dentro de la protección especial que pasamos a tener cuando vivimos bajo los aspectos superiores de las leyes que rigen los acontecimientos antes considerados solamente «naturales», la realidad de los accidentes, de los malestares y de las bacterias y los virus se presenta muy diferente para nosotros; nuestra relación con esos hechos no es más la misma.
¿Qué es, por ejemplo, un accidente? Desde nuestro nuevo punto de vista, es el resultado del desequilibrio acarreado por las vibraciones de desarmonía en algún nivel de la consciencia. Donde se cultiva normalmente el orden y la armonía no existen los accidentes, o son raros. Los pocos que ocurren son la consecuencia de algún desorden interior, a veces remoto, que el individuo o el grupo del que forma parte puedan haber provocado.
En la naturaleza existen siempre fuerzas opuestas y confrontadas, y donde el conflicto se acentúa, se manifiestan los accidentes. Según una gran ocultista, es a partir del conflicto entre las fuerzas del progreso y las de la destrucción que ocurren los desastres en los planos físico, emocional y mental, pero también están los que son provocados por el desorden temporario producido por el predominio de las fuerzas involutivas y caóticas.
En muchos momentos y lugares en la vida de un hombre hay campo para accidentes. Empero, si de parte de él no hubiera sintonía con el desequilibrio, la lucha y la desarmonía, no habrá de sufrir al manifestarse eso, a menos que se trate de un momento favorable para el retorno kármico de acciones practicadas anteriormente, como ya dijimos. Los estados de pesimismo y depresión, que son resultado de que el hombre se haya distanciado telepática o afectivamente del centro de su propia consciencia, abren la posibilidad de que le ocurra un accidente, o hasta de que se vea envuelto en alguno. El miedo de sufrirlo es también camino cierto para que pase por ellos.
Empero, cuando la mente se dirige hacia el aspecto positivo de la vida, sin detenerse en elementos destructivos y caóticos, cuando la mirada no se demora en situaciones, hechos o ideas negativas, son remotas las posibilidades de que se viva la experiencia de un accidente en el plano físico o en otros.
Otra realidad que podemos ver de modo muy diferente son los malestares, también resultado del distanciamiento entre el yo consciente y la región más interior y profunda del ser. Cuando el individuo o una parte de él rechaza, incluso inconscientemente, la protección a la cual tiene derecho, sufre alguna indisposición más o menos prolongada y profunda. Pero las vibraciones y las fuerzas externas no tienen poder sobre quien está sintonizado con el núcleo interior de perfecto equilibrio que tiene dentro de sí.
Si perdemos la consciencia de que estamos permanentemente bajo una protección inmensa, a través de ese descuido abriremos una grieta para que entren en nosotros fuerzas dispersivas y destructoras de nuestro equilibrio. Tener presente en la consciencia que ESTAMOS EN UNA ESFERA BENIGNA impide que el caos se establezca.
En cuanto a las bacterias y los virus, no pasan de materializaciones de la vibración caótica del etérico, del emocional y del mental individuales o colectivos. Tampoco tendrán poder sobre un hombre que no se vincule con las formas-pensamiento que los crean en esos niveles terrestres. Su falta de fuerza vital e interna es la que posibilita la instalación y el desarrollo de esos microorganismos en sí mismo. Muchas pueden ser las causas que, desde el mundo exterior, parecen inducir al hombre a que se desvitalice; pero, en verdad, ninguna de ellas actuaría sin la presencia de una causa primordial: la falta de conexión del yo consciente con la parte más interior del ser.
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En el subconsciente hay muchos miedos atávicos y, cuando se manifiesta uno de ellos, se abre la puerta hacia todo tipo de enfermedades. Como se sabe, el miedo puede hasta crear síntomas, aunque la enfermedad concreta no esté presente. Cuanto más nos concentramos en el fantasma que ese sentimiento es, tanto más crecerán los males, no sólo en el cuerpo físico y etérico, sino también en el emocional y mental.
Para disolverlo, el hombre, usando su imaginación creadora, debe reconocerse como un ser inserto en una Vida Única e Infinita, pues es exactamente por haber perdido la memoria de su filiación respecto de esa Omnipresencia y Omnipotencia que él se torna medroso y vacilante. La seguridad no puede instalarse mientras la consciencia no dedique suficiente amor a esa Vida que a todo y a todos comprende, y que, por tanto, no incluye limitaciones de especie alguna. Unirse a Ella es unirse a la totalidad de la cual nada está excluido, y ver, de esa manera, que el miedo desaparece.
Los individuos que están buscando conscientemente evolucionar necesitan saber que cuidados y concentración excesivos en el plano físico (y en sus solicitudes de defensa) los llevan hacia el terreno de las leyes naturales, dejándolos abiertos hacia la desarmonía que pueda estar ocurriendo en el campo de las fuerzas en lucha. De manera que no deberían estar previniéndose demasiado contra las posibles enfermedades.
En la vida de quienes están bajo la esfera de protección infinita ya no cabe, en términos generales, mucho cuidado respecto de la seguridad. Están aquellos que mantienen sus casas casi blindadas y pasan por la experiencia de ser asaltados, mientras las casas de los que están vinculados con los mundos superiores nunca son invadidas. La actitud positiva ante las leyes superiores, es decisiva.
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Para quienes adhieran conscientemente al trabajo evolutivo hay una protección siempre presente y la posibilidad de no implicarse con el desequilibrio. Cuando se olvidan de eso por un momento, o cuando vacilan en tomar contacto con las leyes superiores de convivencia pacífica con todo lo que existe en el universo, caen entonces en las esferas puramente físicas, etéricas, emocionales y mentales de ese mismo universo.
El choque entre dos corrientes antagónicas forma parte del desarrollo de ambas. El desafío presentado por la parte considerada negativa sirve muchas veces para desarrollar la positiva o la opuesta, en aquel sector del universo en el que surgió el conflicto, ya sea ese sector un grupo, un acontecimiento o un ser. Así, podemos ver, por ejemplo, que un niño encarna en un ambiente considerado por nosotros desfavorable para un crecimiento sano y comprobar, más tarde, que aquellas mismas circunstancias fueron los elementos ideales para ayudarlo a desarrollar fuerzas positivas, opuestas al caos circundante. ¡Cuántas veces el ambiente en el cual grandes personajes de la historia de la humanidad encarnaron estuvo lejos de serles favorable! Empero, eso no les impidió que hicieran lo que vinieron a hacer, pues la energía de la voluntad y del poder emergió en ellos en el momento oportuno, tornándolos aptos para dominar el desorden. Empero, no siempre el proceso de desarrollo se da así, y algunos seres tienden a sucumbir ante el lado negativo de la situación presentada. Pero aquí no nos referimos a esos casos, pues en este estudio destacamos lo que ocurre con aquellos que, por opción, se entregan a un trabajo consciente en sí mismos. Como vimos, para ellos la encarnación sobre la Tierra pasa a ser determinada por otro orden de leyes.
Las leyes de los niveles superiores no niegan las demás formas de su actuación en los planos más densos y psicológicos: no sólo las incluyen sino que, según ya dijimos, las amplían. Cuanto más trabajado es el ser, voluntaria o compulsivamente, más inmune es él, apto para estar dentro de toda situación desequilibrada. Pasando por esa maduración, y tornándose libre de influencias, hechos o situaciones externas, el hombre se transforma en colaborador de las fuerzas positivas, de la construcción y del progreso. Pero, mientras esté sujeto a sucumbir ante esta o aquella corriente de fuerzas negativas, él necesita aún ayuda, y poca utilidad tiene como dador de energía.
Dejar de usufructuar, para dar en abundancia, es lo que se propone a los hombres en esta nueva era de la Tierra, Descubriremos en nuestra propia vida, y a través de la propia evolución, que existe en cada ser una fuente inagotable de energía pura, que brota y fluye a medida que se da. Guardarla sólo para sí sería como obstruir un manantial de agua viva.
LA CUESTIÓN DEL SUFRIMIENTO Y DEL DOLOR
El sufrimiento, aunque no forme parte de la naturaleza del yo superior, es inherente a la personalidad del hombre por causa de sus vinculaciones con el pasado y del ejercicio de la fuerza del deseo aún no elevado hacia objetivos superiores. La energía propia de su alma, sin embargo, es la Alegría, un estado de ser totalmente unificado con el propósito de la Creación. Es de ese estado, que no proviene de la personalidad, sino de regiones más profundas, que emerge la beatitud en la que la paz va más allá de toda comprensión, y en la que hay entrega completa del ser interior al camino cósmico abierto frente a ella.
Empero, circunstancialmente, mientras el individuo está encarnado, el sufrimiento y el dolor, en sus diversos aspectos, forman parte de su vida. Comprender sus causas hasta donde es posible, y remover o transmutar los elementos que las vitalizan y mantienen, debería ser una de las metas por él contemplada.
Cuando la humanidad consiga elevar el propio deseo hacia objetivos superiores, evolutivos, que trascienden las necesidades normales y comunes creadas por la imaginación o por los condicionamientos del pasado y, principalmente, cuando prescinda de lo que es superfluo, lujoso y paliativo, el sufrimiento humano disminuirá cuanto sea permitido por la ley cíclica. Además de eso, cuando el hombre perciba que la actitud ante el sufrimiento y el dolor influye sobremanera en su actuación y sus efectos, mucho de lo que hoy aún le ocurre será eliminado. Esas son realidades vinculadas inclusive con el código genético aún vigente en el reino humano; eso será cambiado en un futuro próximo.
Otro punto importante, vinculado directamente con ese asunto, y más de una vez enfatizado, necesita también ser reconsiderado en este estudio. Se trata del principio básico producido por la ley de causa y efecto: mientras provoquemos el sufrimiento, lo tenemos en nuestra propia vida. En ese particular, el hecho de que la humanidad aún asesine animales le produce consecuencias incalculables.
El animal, cuya tendencia innata le hace tener al hombre (que, en la escala de la evolución, ocupa el lugar inmediatamente superior a él) en la misma consideración en que hoy tenemos a nuestro propio «dios», sufre un profundo impacto, de repercusión insondable, al ser asesinado por él. En el momento de la matanza, percibe que los aspectos exteriores de su ser serán destruidos, SABE lo que va a ocurrir y, porque ya desarrolló suficientemente el cuerpo emocional en su ciclo evolutivo, sufre. La cuestión del dolor nunca la empezaremos a aclarar si ese punto básico e inicial no estuviera, por lo menos como una semilla, en nuestra consciencia.
El número de seres humanos encarnados hoy en día que no están más vinculados con el uso de la carne en su alimentación es mayor de lo que podemos imaginar; empero, los yoes superiores ya preparados para ser vegetarianos, frugívoros o naturistas llegan la mayoría de las veces a ambientes terrestres aún condicionados por hábitos alimenticios retrógrados y por supersticiones arraigadas en cuanto al modo correcto de mantener al cuerpo. Por ello, muchos tardan en reconocer su propia condición interior.
La ingestión de productos de origen animal -en especial, carne- produce inercia en las células físicas, impidiendo que su potencial aún no revelado se manifieste plenamente. Es un poderoso obstáculo para el trabajo evolutivo que el hombre de hoy busca conscientemente llevar adelante. La carne tiene una vibración característica de un ciclo ya superado por él -el estado instintivo- y, cuando la usa en su alimentación, lo mantiene en un punto que ya no condice con los nuevos pasos que está por dar: el dominio de la intuición, el ejercicio de la telepatía superior, y la experiencia de la consciencia supramental, pasos que, de esa manera, pueden ser perjudicados y hasta retardados. Mientras no se sustituya la antigua forma con que los hombres tomaban contacto con los animales, la vibración instintiva quedará circulando en los cuerpos de sus personalidades durante mucho más tiempo del que sería necesario, ocupando espacio e impidiendo que la luz de la intuición y otras luces, de etapas aún más avanzadas, puedan instalarse en ellas.
Una relación verdadera y actual necesita desarrollarse entre nosotros y los animales, relación en la cual los últimos se beneficiarán con nuestros servicios y con nuestra gratitud por el papel que tuvieron en el desarrollo de la humanidad. Se sabe que para que un reino de la naturaleza tenga una evolución especial y rápida, como ocurrió con el humano hasta que alcanzó el ciclo mental-intuitivo, es necesario que algún otro reino, en el mismo sistema solar, renuncie a ciertos pasos importantes, habiendo así un equilibrio. Eso fue lo que se dio en el reino humano y en el reino animal. Para que el primero pudiese haber acelerado de modo excepcional su proceso evolutivo, el reino animal permaneció en ritmo mucho más lento del que le habría sido posible. La distancia entre la consciencia de un animal de mediano desarrollo y la de un hombre no sería tan grande si el reino animal, como grupo, no hubiese aceptado esa condición, dándonos paso, de esa manera, hacia los caminos superiores por los cuales nos encauzamos.
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El sufrimiento y el dolor tienen funciones espirituales, morales y físicas para el hombre terrestre. Es posible que esa situación no sea la misma en planetas más avanzados que el nuestro, en los cuales existe también humanidad, tal vez en otras dimensiones. Pero en el esquema planetario en que vivimos, ellos son, empero, importantes elementos para la evolución del hombre, a pesar de que no representen la tendencia de sus yoes superiores, como se vio.
El valor espiritual y evolutivo del sufrimiento y del dolor se encuentra en el hecho de que el hombre es llevado por ellos a concentrar sus fuerzas mentales en descubrir el motivo que lo llevó a tenerlos, y ser ayudado con ello a desidentificarse de su propio ego humano, núcleo que, como se sabe, está lleno de vicios y hábitos pasados. Separarse del ego, aunque sea rápida y temporariamente, produce considerable beneficio al Espíritu cósmico que habita dentro del hombre, que puede así confirmar en él el verdadero origen no-egoico y no-terrestre de su naturaleza. Tal proceso, repetido sistemática y cíclicamente en el curso de su vida, produce transformaciones profundas y benéficas en su consciencia.
A través de la concentración, aunque sea momentánea, en un estado que no es del ego humano, la Fe puede descender de la cuarta dimensión hacia el yo consciente, y puede manifestarse la energía de la Voluntad-Poder, que nos posibilita mantener el orden, el coraje y la calma. En situaciones normales de felicidad, o de tranquilidad aparente, esa energía, aún escasa para el hombre común, tiene menos ocasión de llegar hasta el área en la que él es consciente; sólo es capaz de atraerla una necesidad mucho mayor,
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Desde el punto de vista moral, puede decirse que en el hombre no existe un carácter maduro y firme si él no se hubiera enfrentado aún con ciclos de sufrimiento y dolor. Quien ciertamente ya lo formó, lo conquistó así a través de experiencias vividas en el pasado, en la encarnación actual o en las anteriores. El éxtasis, que ocurre cuando el hombre se deslumbra por la manifestación de todo su propio potencial interior, sólo es posible cuando ya existe en él suficiente desarrollo en ese sentido; en caso contrario, allí medraría el orgullo.
Por carácter formado entendemos la capacidad de asumir el momento presente sin la menor vacilación; eso nada tiene que ver, en esencia, con aquello que denominamos temperamento. Mientras el temperamento es resultado de una situación circunstancial, que cambia a cada instante según el rayo energético del individuo o del ambiente que lo rodea, el carácter es resultado de una evolución superior. El temperamento produce elementos que continuamente deben ser trabajados y elevados, en cada encarnación, inclusive por la fusión y la mezcla con temperamentos opuestos que existen dentro del mismo ser. En el libro La Energía de los Rayos en Nuestra Vida, expuse exhaustivamente ese asunto, de forma que se pudiese ver cómo el carácter del individuo se desarrolla a través del trabajo en el temperamento.
Desde el punto de vista evolutivo y espiritual, el sufrimiento y el dolor, cuando se los acepta, son factores que impulsan el progreso; empero, cuando son rechazados por las capas superficiales del ser, dejan de producir ese hecho y pasan a constituir sólo una purificación de residuos de acciones, sentimientos y pensamientos negativos del pasado. Hablar del propio sufrimiento, compartiéndolo con otras personas por mero desahogo, o reaccionar contra su presencia, impide que el valor moral y espiritual, que sería producido por él, se instale en el carácter del individuo. En ese caso, lo que él experimenta no pasa de ser un mero hecho físico o psicológico.
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Dentro de los motivos de sufrimiento moral más conocidos, se hallan algunas situaciones de «separación». No obstante, ellas son sólo aparentes. En verdad, no es posible que dos seres estén realmente separados, puesto que cada Espíritu individual es una pequeña prolongación del Espíritu Único, dentro del cual todos están esencialmente unidos. Sólo en las dimensiones físico-etérica, emocional y mental tenemos la ilusión de la ausencia del otro, cuando éste deja de ser percibido por nuestros sentidos corporales.
La experiencia de la «separación», que incluso tiene importante función en la formación del carácter, lleva finalmente al hombre a reconocerse unido indisolublemente con todo y con todos, y a saber que nada ni nadie está ausente de él en realidad. Tal percepción se alcanza a través de la correcta comprensión y aceptación del dolor producido por la separación aparente.
Las personas que tienen la propia mente trabajada transforman ese sentimiento en motivo de reflexión. A través del raciocinio y del estudio sobre tos diversos aspectos de una separación, su capacidad de ponderación crece y su discernimiento se depura, hasta que ellas lleguen a un estado de consciencia más elevado, en el que el amor desinteresado y altruista es posible. El amor incondicional no se desarrollaría en ellas si el sentido de posesión continuase confirmándose. Habiendo desarrollado la ponderación y perfeccionado el discernimiento, el hombre verá desde otro ángulo los impulsos, deseos y sentimientos, al igual que los diversos trastornos que lo afligen, y así será inducido a curarse en diversos niveles.
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A su vez, el sufrimiento físico disminuirá en intensidad si no le damos importancia excesiva y sólo lo tratamos según sea necesario. Por otro lado, crecerá si lo alimentamos con miedos, dudas o rechazos -energía extra que sobre él colocamos. Ya sea que lo produzca alguna enfermedad, un accidente o cualquier otra molestia, el sufrimiento, en general, viene a advertirnos que algo que está fuera de orden sea reexaminado y transformado en nuestra vida. Empero, puede ocurrir que, en vez de volvernos hacia ese descubrimiento, seamos inducidos por nuestro cuerpo emocional a hallar satisfacción en aguzar el dolor, por no sentirnos compensados por la ayuda o por la compasión que a través de él obtenemos de nuestros semejantes. Cuando nos encauzamos por ese camino, el sufrimiento físico acaba por no cumplir totalmente el papel que tiene en nuestra evolución.
La primera de sus tareas, según la sabiduría antigua, es preparar al cuerpo para que sea menos susceptible a los desequilibrios, en las encarnaciones que se suceden. Por la acción de un dolor, muchos residuos de antiguos comportamientos desarmoniosos son «quemados» en las células, lo que las inmuniza contra futuras consecuencias que la ley del karma por cierto nos produciría.
La segunda tarea del sufrimiento físico es la de inducir al cuerpo a que aprenda a no pasar más por dolores agudos, siendo cumplida tras el comienzo de la conveniente expulsión o transformación de los referidos residuos. Por tanto, sólo puede desempeñársela si, por lo menos hasta cierto punto, se llevó adelante la primera, con la ayuda de nuestra comprensión. Si tuviéramos una actitud correcta ante el dolor, esto es, si no nos quejáramos y no nos tornáramos ansiosos por vernos libres de él, observaremos que irá a desaparecer cuando alcance cierto grado de intensidad. Saber que el cuerpo físico, al igual que los demás cuerpos del hombre, es capaz de soportar perfectamente lo que le cabe como experiencia inevitable, o sea, como experiencia enviada por los niveles superiores de su consciencia, puede auxiliarnos para que nos ubiquemos correctamente en relación con ello.
Una tercera tarea de la actuación del dolor se halla en un ciclo más sutil del desarrollo de la consciencia, y por él el individuo puede pasar sólo tras haber experimentado la consecución de las dos primeras. En ese ciclo, el sufrimiento pasa por una metamorfosis y aparece como un sentimiento de comodidad nunca antes experimentado, ni siquiera dentro de la mayor felicidad que pueda haber estado al alcance del hombre. Así, él aprende a percibir que la Alegría divina existe en cualquier situación y que puede hacerse aún más visible en los momentos de los cuales, al principio, parecía estar ausente.
Para nosotros se abrirá una etapa aún más avanzada que esa si aquellas tres primeras fueran desempeñadas por el sufrimiento físico. En ellas, las células manifiestan la luz que existe en su centro, irradiándola. A ese respecto, veremos una interesante experiencia que cierta vez me relataron.
LA PURIFICACIÓN DE LAS CÉ LULAS
El camino más adecuado para vivir las etapas de sufrimiento y dolor es atravesar con decisión y valor las pruebas que se nos presentan, tras haber comprendido el mecanismo que las mueve. Si a ello sumáramos la aspiración hacia la verdad, tendremos la llave para que crezcamos dentro de cualquier circunstancia. La paz que podemos experimentar a través de esos acontecimientos es mucho más real y amplia que aquélla, efímera, de los momentos de felicidad conocida por la personalidad en su vida común sobre la Tierra.
Tales verdades, que ya habían sido enunciadas por instructores que experimentaron, en sus cuerpos, el trabajo hecho por el sufrimiento, me fueron confirmadas a través de dos casos que tuve oportunidad de asistir. El primero de ellos era el de una mujer que tenía un tumor maligno en el cerebro; el segundo, el de un hombre que escondía en aquella encarnación un tumor maligno en los intestinos, finalmente generalizado por todo el cuerpo. La experiencia de ambos fue edificante, desde el punto de vista de la ampliación de sus consciencias, ampliación que se reflejó en profundas transformaciones en las células de sus cuerpos físicos.
En los últimos días de aquella encarnación suya, la mujer, que padecía muchos dolores, me declaró que no sólo había aprendido a convivir con ellos, sino que también sentía un gran alivio en sus momentos más agudos. Me expresó que no existían palabras para describir en cuántos sentidos había cambiado sus puntos de vista sobre la mayoría de los hechos de la vida. Recuerdo que ella me transmitía un hondo contento, como si hubiera cumplido su tarea y, al verla, percibía de una forma sutil e intuitiva que mi mundo interior recibía muchos reflejos de lo que estaba ocurriendo con ella. Podía sentir con claridad como si a sus células físicas se las estuviera limpiando de antiguas impurezas que hasta entonces habían creado obstáculos para la gran liberación que, por fin, comenzaba a sentirse. De esta manera, por los efectos que observaba en mí mismo, vi el servicio que alguien que sufre puede prestar con coraje y equilibrio. Junto al testimonio de vida verdadera e inalterable, de ella se irradiaba indudablemente una fuerte energía, reforzando las convicciones más profundas de mi ser.
El hombre que tenía el tumor en los intestinos, a su vez, llegó a un grado de comprensión aún más vasto. Su experiencia confirma las etapas de desarrollo de la consciencia, enunciadas al final del capítulo anterior, siendo por eso útil relatarla aquí. Era médico, estudioso y, por tanto, conocía y acompañaba, inclusive en términos técnicos, la trayectoria de la enfermedad que le fue dado vivir y, desde su comienzo, sabía que tendría que aprender a convivir con el dolor. El abuso que hiciera, cuando joven, de la energía sexual, se reflejaba ahora, según decía, en el proceso final de su encarnación. Siempre que sus órganos genitales sufrían, le venía a la mente el uso que hiciera de aquéllos, y era como si todos los antiguos conceptos que tenía sobre la utilización de la energía se reformularan en un nivel muy profundo de su ser. «Me duelen terriblemente los testículos», me dijo un día, «pero, de una forma misteriosa, ese hecho no me perturba más». Finalmente, cierta tarde de agonía, vio que un dolor muy agudo se transformó por entero en Alegría.
Me contaba de buen grado sus vivencias, pues consideraba que eso era una forma de compartirla con los otros. Lo que estaba ocurriendo en su cuerpo físico y en todo su ser le parecía, según me dijo, un modo de servir a la humanidad. No pensaba que todo aquello fuera sólo una experiencia suya sino que consideraba que ella implicaba una contribución para que los demás estuviesen abiertos al mismo proceso de purificación.
Cierta vez, volviendo del estado de sueño, sin estar, sin embargo, completamente despierto, se encontró en un lugar que no era físico, pero que era perceptible a su consciencia. Allí oía, con los órganos interiores de los sentidos, «sonidos» que producían en su ser una elevación indescriptible en la cual toda su sensibilidad se refinaba, hasta que comenzó a percibir un punto luminoso dentro de cada célula de su cuerpo «doliente». La red formada por ellas se tornaba cada vez más nítida, y todo su cuerpo, visto desde el centro de cada célula, se transformaba para él en una sola luz. Durante esa experiencia, él comprendía que la vida es indestructible, y que está presente, en esencia, dentro y fuera del cuerpo, como una totalidad. El no podía sentirse separado de cosa alguna: sólo veía que brillaba una luz única.
Poco a poco, el estado de vigilia empezó a predominar, mientras el sueño se iba alejando. A medida que eso ocurría, él retornaba a la experiencia con el dolor físico. Empero, percibía que aquélla no lo tocaba más, y tampoco le impedía continuar sintiéndose como «luz». Todo su ser había alcanzado un estado de consciencia más elevado.
Estuve con él pocas horas después de esa vivencia. A través del brillo que había en sus ojos, se podía ver la luz a la cual se refería en su relato. «Ahora el cuerpo está doliendo terriblemente», me decía, «pero es como si yo no lo sintiese». Además de que el dolor se había tornado inocuo a medida que lo asumía, ahora todos los conceptos antiguos que sobre él aún existían en el cuerpo mental habían sido eliminados por la consciencia recién adquirida.
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Uno de los últimos grandes instructores que, para auxiliar a la evolución de los hombres, encarnó sobre la Tierra, efectuó algunas declaraciones que aclaran ese proceso de purificación y reconocimiento de la luz existente en el cuerpo físico. Dijo que el cuerpo es capaz de «comprender» muchas cosas y que, si le hiciéramos entender metódicamente que él es la expresión exterior de una realidad interior, veremos desaparecer de nosotros el miedo al dolor, así como la depresión que el sufrimiento físico que pueda producir. Dijo también que, ante desastres, cataclismos o casos de desencarnación colectiva, si cada individuo explicara al propio cuerpo que los hechos del destino son previamente planificados, no ocurren por casualidad y obedecen a un Orden Universal, verá que él podrá comprender la situación y tener, en esas circunstancias, un comportamiento que está lejos de ser sólo automático o inconsciente.
Es bueno también que el cuerpo físico aprenda a desapegarse de la energía del alma que abriga en sí, para que, en el momento en que el individuo desencarne, la salida de esa energía sea fácil, llevando armonía al plano astral-emocional por el cual poco después pasa. En la actualidad, en que tantas transformaciones planetarias ocurren en todas las dimensiones de la órbita terrestre, en la que los efectos de la destrucción de antiguas formas de vida se hacen sentir tan fuertemente, es bueno tener conocimiento, de modo especial, de esas instrucciones prácticas.
En una fase más avanzada de esa relación consciente con el propio cuerpo físico, se le puede transmitir la confianza que se tiene en la realidad de la presencia de la energía cósmica en el centro del propio ser. Eso lleva tiempo para que se haga, pero tiene gran repercusión. Cuando con nuestra actitud confirmamos el dolor y el sufrimiento, los vemos crecer; pero, cuando afirmamos la presencia de la energía cósmica en nosotros, vemos que nuestro cuerpo presenta un comportamiento totalmente nuevo ante los procesos de purificación por los cuales pasamos.
En Salud y Curación en Yoga (Health and Healing in Yoga), antología de las experiencias de la Madre sobre la salud, se dice que la quietud y la concentración correcta de la energía en un punto central de la consciencia producen la paz en los cuerpos mental y emocional, hasta cuando el cuerpo físico sufre algún dolor. Si esa paz llega a alcanzar el polo de las energías emocionales, será conducida hacia donde el dolor se localiza. Sin embargo, no siempre eso es suficiente para resolver la cuestión del sufrimiento físico del hombre, pues, según ese librito, es necesario también que él lleve a cada célula la consciencia divina de su ser.
¿Cómo hacer eso?
Se transmite a las células del cuerpo físico la realidad de la presencia divina dentro de él «pensándose» en ella y desarrollando la capacidad de serena atención. Así, por la fidelidad a ese pensamiento, y por la fe en esa presencia, se va moldeando la propia mente hacia la nueva comprensión que desciende entonces de los niveles superiores. Para que ese proceso ocurra completa y profundamente, penetrando a todo el hombre con la vibración de su consciencia divina, nunca está de más tener presente, en esta época de caos, que la unidad de la vida es lo que cuenta, y no los fragmentos de ella, armoniosos o no, que se reflejan en los hechos aparentes. Por tanto, ninguno de ellos debería desviar al individuo de su pensamiento central. El camino más rápido y simple para la unificación de los cuerpos de su personalidad con su ser profundo es la fidelidad a esa idea básica, que va siendo amparada y renovada por el amor-sabiduría del impulso interior que lo colocó en esa búsqueda. Habiendo esa fidelidad, el amor estará siempre presente en toda circunstancia de su vida, incluso bajo formas que él no pueda aún comprender.
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Desde los orígenes de la Tierra hubo Instructores que entregaron a la humanidad la suma de sus conocimientos. Todo aquello que hasta el momento tuvimos condiciones de comprender, asimilar y practicar nos fue transmitido por ellos. En el principio de los tiempos, esa sabiduría (que era inclusive terrestre) nos fue pasada oralmente, y, después, habiendo quedado grabada en el éter planetario, pasó a ser «leída» por los clarividentes. Al ser esto así, incluso en ausencia de instructores encarnados, el conocimiento está disponible para todos aquellos que tengan acceso consciente a los planos más sutiles de la vida y, por procesos varios, ese conocimiento se renueva y amplía de modo continuo.
Es necesario aclarar aquí que hay gran diferencia entre videncia y clarividencia. Una persona muy evolucionada me dijo años atrás que meditar, verdaderamente, no sería ver cosas. Me dijo que, mientras yo estuviese «viendo» algo en aquellos momentos en que procuraba aquietarme, no estaría, de hecho, meditando. De inmediato comprendí intelectualmente esa instrucción, pero me faltaba vivirla. Empero, después de eso, la tendencia a «ver» cosas fue desapareciendo poco a poco, y los raros símbolos que me eran mostrados producían solamente lo indispensable para la comprensión de ciertas situaciones vivenciales, como el «sueño de la flor«, narrado al principio de este libro.
Entonces tuvo comienzo en mi vida un proceso en el que yo iba adquiriendo comprensión más profunda de los acontecimientos. A medida que pasaba a comprender sin «ver» ni «oír» interiormente, todo comenzaba a quedar más claro para mí. Hoy puedo percibir, en determinada situación, lo que necesito saber para mi acción inmediata. A pesar de estar consciente de que siempre existen otros diversos puntos de vista sobre el mismo asunto y, por tanto, la posibilidad de distintos modos de actuar ante una única situación vivencial, me siento más seguro hoy que cuando «veía» cuadros explicativos. Percibo que esto que participo puede ser útil a muchos que estén viviendo, hoy, esa misma experiencia.
En una visión existen siempre elementos de nuestro cuerpo mental, y es preciso aprender a percibir la realidad a través de esos residuos… Es cierto que se la puede «leer» en ellos de manera correcta, pero hay caminos más directos. Por ejemplo, en este momento, «sé» lo que es necesario purificar en mí enseguida y, junto con ese «saber», me viene la consciencia de la necesidad de permitir que eso acontezca. Como se sabe, la purificación está presente hasta el fin de la evolución que el individuo efectúa a través de sus encarnaciones sucesivas, y sigue ocurriendo incluso habiendo terminado la etapa reencarnatoria y estando en evolución en las dimensiones suprafísicas.
«Leer» en el éter no es, por tanto, como ver cuadros en un video: es un «saber». Ocurre a través de un proceso imposible de describir, pero tanto mejor que así sea, pues de esa forma cada individuo tendrá su propia experiencia en ese campo, sin posibilidad de compararla con la de otros, lo cual sería un hábito nocivo para su crecimiento interior. En verdad, nuestra vivencia puede servir para inspirar a quienes estén abiertos como para valerse de ella como un eventual punto de referencia, pero lo que cada uno tiene que vivir es sagrado y necesita ser vivido.
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Mientras el cuerpo físico duerme, o mientras el hombre trata de meditar, el ser puede pasar por un aprendizaje especial en otras dimensiones, hecho que también se considera una cura. Cuanto más sutiles sean, menos probabilidad tiene ese aprendizaje de reflejarse en la mente del individuo en la forma de una «visión». Comprenderla consciente y directamente es lo que llamamos aquí clarividencia.
Como ya dijimos, la actual ausencia de grandes instructores en la Tierra no significa que la enseñanza avanzada haya quedado fuera del alcance de los hombres; por el contrario, ella sigue accesible, como se ve inclusive por mucho de lo que hoy se capta a través de los extraterrestres. Las impresiones que se reciben en las otras dimensiones son asimiladas por el ser, independientemente de que lo «consciente» las registre. En ciertos casos, eso puede asegurar mayor pureza en la absorción de la enseñanza. Durante el sueño, por ejemplo, o en los intentos de meditación, la posibilidad de apertura hacia los niveles superiores de consciencia aumenta. El cuerpo astral-emocional del Individuo, o su cuerpo mental, puede entonces recibir, de modo más intenso, la irradiación y la instrucción de seres que consiguieron mayor grado de liberación.
Ese proceso, que lleva a la cura, es muy común hoy en día, pero normalmente no llega hasta el yo consciente, aunque el individuo tenga la capacidad de videncia. Empero, si mantuviera la Fe en la existencia de una vida única e infinita, y si la armonía fuera cultivada en sus actos, emociones y pensamientos, él podrá percibir, a través de la clarividencia, que la energía de cura penetra hasta los niveles más materiales de su ser, instalándose en ellos y reflejando allí la beatitud divina. Ese descenso de la energía de cura puede ocurrir, empero, hasta sin que se lo perciba. Ocurrirá a corto, mediano o largo plazo, dependiendo del estado de los cuerpos de la personalidad del hombre y, principalmente, de su decisión de dirigirse con firmeza hacia su meta única y evolutiva, sin dejarse engañar por metas secundarias.
Hay individuos que, a pesar de beneficiarse con la cura espiritual, no pueden percibirla clarividentemente por el hecho de que aún conservan en sí alguna forma de ambición. Como se sabe, la ambición puede seguir formando parte de la naturaleza humana, incluso cuando la consciencia ya alcanzó un ciclo más o menos avanzado de evolución. En ese caso, asume la forma de ansia por adquirir poder sobre los hechos espirituales. Muchos videntes sufren de ese mal, y por ello se les impide ampliar su percepción. Su visión seguirá oscurecida mientras el deseo y el egoísmo predominen en su ser y determinen su acción. Sin embargo, si en vez de seguir sus propios deseos, pasaron a atender necesidades reales y si, en vez de tener su atención centrada en sí mismos, se volvieran hacia sus semejantes, habrá posibilidad de que obtengan lucidez mental y de que actúen más correctamente. Manteniéndose en esa línea, sólo les restará observar los resultados producidos por la experiencia, para evaluar, a través de ellos, su acción, y ver dónde ella podría ser perfeccionada. Finalmente, una paz que trasciende toda comprensión regirá sus pasos.
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